Francisco Jiménez Amil o el silencio de nuestras abuelas
Francisco Jiménez Amil o el silencio de nuestras abuelas

Antonia Ceballos Cuadrado

26 septiembre 2023

Esta es la historia del duelo escondido y transmitido de nuestras abuelas. La historia de la represión que gana no solo cuando elimina los cuerpos, sino sobre todo cuando elimina los recuerdos. La historia de millones de personas en este país y, sin embargo, no es una historia cualquiera: es la mía.

20 de agosto de 1941. 3.30 de la mañana. A Francisco Jiménez Amil, de 60 años de edad, natural de Adamuz (Córdoba), casado con Catalina Molina Cuadrado, padre de seis hijos, le leen la sentencia que lo condena a morir en aquella madrugada de verano. Media hora después, entra en capilla para “que reclame los auxilios espirituales o de otra clase que estimare necesarios”. A las 5.50 lo fusilan y el médico Rafael Ortiz Ortiz certifica su muerte. Lo entierran en la fosa común del cementerio católico de San Rafael de Córdoba. Allí, comparte destino con más de 4.000 víctimas del franquismo, a 25 metros de la pared norte y 8 de la pared sur.

Aquella mañana, María Antonia Jiménez Molina, su hija, se acercó a la cárcel a llevarle una manta porque su padre le había dicho que pasaba frío. Cuando llegó, le dijeron que “ya no hacía falta”. Y eso fue todo. María Antonia se tragó su pena y se volvió a su pueblo a criar a sus hijos y nunca más fue al cementerio de Adamuz el día de Todos los Santos porque ni llorar a su padre le dejaron. Me lo contó mi madre, Catalina Cuadrado Jiménez, en un paseo por el campo, en el dos mil y bastante, solas las dos, a media voz. “¿Y por qué mataron a tu abuelo?”, le pregunté un poco para provocarla y un poco para saber algo más. “Porque era… (y aquí miró alrededor y bajó la voz más todavía) un poquillo rojillo”, me dijo.

Hasta tal punto lo habían borrado de la historia aquel 20 de agosto de 1941 que su nieta no sabía de él nada más que la historia de la manta y ni siquiera esa historia la compartía con facilidad.

Quise saber más, pero no había de dónde tirar. Mi madre no recordaba ni siquiera el nombre de su abuelo. Hasta tal punto lo habían borrado de la historia aquel 20 de agosto de 1941 que su nieta no sabía de él nada más que la historia de la manta y ni siquiera esa historia la compartía con facilidad. Olvidé aquella historia yo también en medio de la maraña de la vida. Quería saber al menos dónde había militado mi bisabuelo, pero lo cotidiano siempre imponía su ritmo. “Deberíamos buscar a tu abuelo”, le decía a mi madre de vez en cuando. Y ella a veces reaccionaba con ilusión y se imaginaba enterrando a su abuelo junto con su madre, y otras le afloraba ese miedo atávico que se hereda y que, sin saberlo, todas llevamos dentro. Ese miedo que, sin motivo racional alguno, hace que le tenga pánico a la Guardia Civil desde que soy pequeña y cualquier día me mate con el coche cuando voy conduciendo; los veo y me echo a temblar y soy incapaz de dar una.

Adamuz, el lugar de la desmemoria

Cuando entras a Adamuz, lo primero que ves es la “cruz de los caídos”, con su plaquita a los caídos por Dios y por la patria. Si llegas en un día que haya procesión y pasas por la calle Pedroche, verás una bandera preconstitucional en un balcón como si fuera la cosa más normal del mundo. Cuando yo era pequeña, en el Ayuntamiento había unos azulejos a la gloria de Franco que, afortunadamente, un día quitaron por fin. El colegio en el que yo estudié se llamaba y se sigue llamando, Laureado Capitán Trevilla, que ya os podéis imaginar de dónde le vienen los laureles. De la historia de lucha por la libertad y la democracia en mi pueblo, apenas han llegado ecos de que destruyeron a la Virgen del Sol, pero una mujer se guardó en su pecho al niño Jesús durante toda la guerra y por eso lo conservamos. De la resistencia de los maquis, lo único que queda es la historia de Claudio Romera, cuyo cuerpo exhibieron en la torre del reloj como advertencia ejemplarizante para todas.

Cuando entras a Adamuz, lo primero que ves es la “cruz de los caídos”, con su plaquita a los caídos por Dios y por la patria.

La Ley de Memoria Democrática ni está ni se la espera. Sin embargo, el silencio es tan atronador y vergonzante que este año el Ayuntamiento se vio obligado a realizar un pequeño homenaje y a enterrar los restos de tres personas encontradas en el cementerio ¡en 2015! Lo hizo discretamente, sin levantar muchas ampollas, lo justito para cumplir con la ley, pero insuficiente para reparar el horror. “En homenaje a todas las personas de este municipio que fueron represaliadas por sus ideales en la lucha por la libertad durante la Guerra Civil y la posguerra”, reza la placa. Me recuerda un poco a esos titulares vergonzantes de “muere una mujer”, como si las mujeres murieran solas, en lugar de asesinadas. “Fueron represaliadas”, ¿represaliadas por quién? En el cementerio de Adamuz fusilaron al menos a 44 personas. La investigadora Guadalupe Martín Gómez ha documentado 34 vecinos represaliados durante la guerra y 174 fueron fusilados tras un Consejo de Guerra. Y hay responsables: el alzamiento militar contra un régimen legítimamente constituido y el franquismo.

En la UGT y en el PSOE

Sus nombres, su recuerdo, no merecen estar en una placa, parece. Con todo, ese exiguo homenaje y algunas casualidades hicieron posible que yo encontrara el expediente del Consejo de Guerra al que sometieron a mi bisabuelo. Gracias a él, y pese a no conservar ni siquiera una foto, ya sé que Francisco Jiménez Amil, el padre de mi abuela materna, era un campesino analfabeto que militaba en la UGT y en el PSOE, y que no dudó en defender la República uniéndose a las milicias populares de Adamuz. Medía 1,63 cm, tenía pelo cano, era moreno y tenía una verruga en la mejilla izquierda.

A Francisco Jiménez Amil lo condenaron en base a la denuncia de una vecina, Francisca Luque Muñoz, que lo acusaba de haber matado a su marido. La denuncia fue en el año 40, el supuesto asesinato en el 36. En el Consejo de Guerra, figura de su puño y letra la acusación. También aparecen como testigos en el proceso otros dos vecinos del pueblo: Idelfonso Pérez Mendoza y Magdalena Delgado Pérez. Eso es todo lo que se necesita para que te quiten a tu padre: un dedo acusador y dos testigos. No hay ni una sola prueba más en todo el proceso.

Contraataque

Las historias tienen extraños vericuetos y llegan a nosotras de las maneras más insospechadas. En el año 2016 había leído la historia de mi bisabuelo sin saberlo. La editorial Contraseña había reeditado un libro de viajes de Ramón J. Sender por el frente republicano llamado Contraataque. Me impactó mucho el retrato que pintaba de mi pueblo, tan diferente del pueblo que yo conozco, con gente muy comprometida políticamente, llena de inquietudes y de vida.

Eso es todo lo que se necesita para que te quiten a tu padre: un dedo acusador y dos testigos. No hay ni una sola prueba más en todo el proceso.

Cuenta Ramón J. Sender que “el pueblo había estado en poder de los fascistas, que asesinaron y saquearon a placer. Cuando lo recuperaron los campesinos con sus escopetas de caza, cargadas con postas loberas y algún cartucho de dinamita, cogieron prisioneros a varios hijos de terratenientes de la comarca”. De haber participado en ese asalto es de lo que acusan a mi bisabuelo la denunciante y sus dos testigos.

“¿Dónde los tenéis?”, les preguntó Sender. “Fusilamos -nos decía un campesino- a tres que habían asesinado a los directivos del Sindicato de Campesinos. Pero estos otros, aunque los cogimos con las armas en la mano, son menos peligrosos”, continúa con su relato. Uno de esos tres era el marido de Francisca Luque Muñoz. Lo que no sabremos nunca es si el que apretó el gatillo fue o no mi bisabuelo.

Lo que ahora sí sé es que mi bisabuelo no era “un poquillo rojillo”, sino que era un militante de los pies a la cabeza, un hombre cabal, del campo, que soñaba con un mundo mejor para su descendencia, o sea, para mí y para mis hijos, y que no dudó en defenderlo. Pienso en aquella manta que nunca llegó y en el dolor de mi abuela, y se me parte el alma en pedazos. Pero quién sabe si el campesino del que habla Sender era él. A mí me gusta pensar que sí.

Antonia Ceballos Cuadrado

Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

Entradas relacionada

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies