Lola Fpalenzuela y Rocío Santos Gil
Brigitte Vasallo (Barcelona, 1972) habla con La Poderío en la presentación de su última publicación La fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico, en las ferias del libro de Granada y Málaga. En este ensayo nos presenta una desconstrucción de la experiencia de la diáspora rural en el sur de Europa -España e Italia- a partir de la historia íntima familiar de la escritora.
Brigitte Vasallo es hija de labriegas de Chandrexa de Queixa (Ourense) expulsadas de sus tierras y emigrados. Sin estudios universitarios, ha trabajado de limpiadora y de marinera. Es escritora, activista, dramaturga e investigadora, centrada en los procesos de alterización, las políticas afectivas y el capitalismo cognitivo.
En La fosa abierta (Anagrama,2026) Vasallo estudia las migraciones, del campo a la ciudad, en el sur de Europa, a partir de los años 50, los años del llamado milagro económico. La guerra, la dictadura y después la transición en el Estado español, son todo procesos de silencio y este libro va de pensar ese silencio como parte de la violencia. “Esa migración no fue un desplazamiento geográfico, sino que yo defiendo que fue un cambio de mundo, un desplazamiento ontológico, en el que hubo que aprender nuevas gramáticas para estar en ese mundo que nos proponían y del que las descendientes, ya nacidas y criadas en las ciudades ya somos mutantes”.
Vasallo reclama en este ensayo la memoria de las diásporas campesina para el presente e impugna el relato celebratorio del mundo industrial, del desarrollismo y del éxito del capitalismo y también reivindica, en tanto que hija de campesinas, ese legado epistémico que nos llega desde el mundo campesino.
“Una de las cosas que hay que poner en cuestión, dice Vasallo, son los marcos de pensamiento del mundo ganador de esa guerra de siglos contra el campesinado que nos ha generado una narrativa que dice que en el campo no hay nada que ir a mirar, que es un espacio que no nos sirve como herencia y del que no podemos recoger nada. Yo lo que busco, añade, no es una historia que sea mejor, no busco un mundo bueno, pues esos términos morales no me sirven para el análisis, no me interesan, pero lo que sí busco es una historia que sea propia”.
“La sierra de Queixa pertenece a la gente de Chandrexa de Queixa, y sus habitantes tenemos derecho de uso pero no de propiedad; esta sierra no es de nadie para que pueda ser para todos y para todas … // … Eres de Queixa si sale humo de tu hogar durante seis meses consecutivos: ese es nuestro permiso de residencia, nuestra nacionalidad, nuestra pertenencia y nuestro arraigo “.
Así comienza La Fosa abierta.

¿Quién eres, Brigitte?
Pues depende del contexto. Soy hija de campesinas, nacida en la ciudad. Soy una escritora, sin duda, es lo que me salva, me sana, es lo que me ayuda a hacer comunidad. Sí, soy una personita que tiene ganas de contribuir a que este presente sea otra cosa más vivible, más amplio.
¿De dónde nace tu último libro, La Fosa abierta?
Pues nace de una orfandad de significado, una orfandad de palabras, incluso para explicar quiénes somos en un sentido amplio. Nace para entender desde dónde estamos mirando la sociedad. Para entender, sobre todo, rehabilitar y reconocerme a mí misma como hija de inmigrantes internos. Reconocer que desde del privilegio que tenemos de ser migrantes blancas y por lo tanto que pasamos mucho más desapercibidas, la responsabilidad que tenemos también con el resto de migraciones de ponérselo fácil, de decirle a la sociedad: a nosotras nos faltó esto y nos sobró lo otro, las cosas se pudieron hacer de esta manera mejor, estas sí que funcionaron…Yo creo que tenemos una responsabilidad que es, desde la alegría que yo hablo de la responsabilidad, de entregarlo a la gente y de entregárselo a otras migraciones por si le es útil, por si le es útil la experiencia que nosotras hemos vivido.
Y qué quieres que pase con este libro, con este ensayo que te ha llevado seis años.
Seis años de trabajo, sí. Quiero que las historias subalternas encuentren un lugar. Quiero agradecer también a toda la gente que ha ido conservando nuestra memoria, contra todas las dificultades. Las dificultades del franquismo, las dificultades de la transición, las dificultades del relato celebratorio, de la industrialización y de eso que llaman un milagro económico, fíjate el milagro quién lo hizo. Pues quiero que estas historias estén y que las llevemos con orgullo. Un orgullo que nos haga decir: somos esto con todas las luces y todas las sombras. Quiero también las sombras, porque las sombras también somos nosotras y también nos enseñan cosas.
Quisiera ampliar esa posibilidad de enunciación y los lugares desde los cuales miramos. Y quisiera entregar algo que hable más sobre diversidad, la diversidad de lo que somos, de nuestros recorridos vitales, que reivindique la cultura oral que nos entregó nuestra gente y que reivindique… Yo quisiera que nuestra gente encontrase algo de agradecimiento en este libro ¿sabes? Mira, te voy a contar una historia, la de mi prima Flora, que la pobre es la protagonista de este libro, consensuada eso sí, pues ella está de acuerdo, pero al mismo tiempo el tener tanto foco le da un poco de cosa. Mi prima es campesina y muy lectora y cuando leyó el manuscrito -luego leyó el libro cuando ya estaba editado- y me senté con ella y le pregunté: bueno, ¿qué? Y ella me dijo: nunca hubiese pensado que yo iba a salir en un libro. Pues eso es también lo que yo quiero. Quiero que toda esta gente que tanto se ha esforzado para que yo hoy pueda estar escribiendo un libro y tú puedas estar haciendo una entrevista, sientan que hay un agradecimiento ahí también para ellas.
Llevamos años, décadas hablando de la migración, de las gentes que tuvieron que emigrar al extranjero, pero no de aquellas de la diáspora interna de nuestro país. En tu ensayo hablas de la necesidad de enunciarte, pero ¿desde dónde? ¿Desde la tierra de la que tuviste que abandonar o desde aquella a la que fuiste a trabajar? pues muchas veces no te encuentras ni en la una ni en la otra. En una, la tierra de tus madres, porque eres la extranjera. En la otra, la tierra a la que llegas, porque eres la charnega, la maqueta, la del acento distinto, la que no eres de las suyas.
Claro, lo que hacen los poderes hegemónicos, los relatos hegemónicos, sobre las diásporas, es que una capa migratoria invisibiliza las siguientes. Nuestra diáspora, que fue en los años 60 – nosotras somos hijas de esa diáspora- invisibilizó las diásporas internas de quien enunciaba.
No sé cómo pasó en Andalucía, pero, por ejemplo, en Catalunya, que es donde yo nací, y en Galicia, de donde soy originaria, como se habló tanto de nosotras durante una época, porque éramos lo otro, las migrantes, no se pudo hablar de las diásporas internas de ese territorio, pues el campesinado catalán también tuvo que marchar a las ciudades. En Catalunya hay muchas zonas despobladas también.
Ese imaginario, por ejemplo, en mi caso que emigramos de Galicia a Catalunya, en verdad ese es un lenguaje que no es propio de la diáspora, ese ya es el lenguaje que nos han dado las lecturas hegemónicas, porque nosotras emigramos del campo a las ciudades, desde la zona campesina de Galicia hacia muchas ciudades, también las gallegas. Y eso también pasó en Catalunya. Entonces, invisibilizamos también eso.
Construir una memoria que no invisibilice, que no universalice, que no le imponga a los demás un relato, sino que participe de un relato colectivo.
Luego llegaron otras migraciones y a nosotras se nos dijo, se nos impuso, la asimilación para señalar a esos otros nuevos que llegaban, y es una cosa que se va reproduciendo. Por ello creo que tenemos que hacer resistencia a todo eso. Entender cuál es nuestro origen y entender también, dentro de ese origen migratorio, cuál es nuestro privilegio de ser las hijas de las migrantes blancas que tuvieron todas las dificultades administrativas en su momento, pero que luego ya no las tuvieron más, y construir una memoria que no invisibilice, que no universalice, que no le imponga a los demás un relato, sino que participe de un relato colectivo. Entregar aquello que sea participativo, que sea una pieza más de un puzle que nos ayude a entender el contexto.
¿Y cuál ha sido el papel de las mujeres en toda esta historia de la diáspora interna?
Como en todo, hay género en todas partes. El género es algo que todo lo cruza. Yo trabajo mucho sobre la historia de las mujeres porque su historia nos lleva a todas las demás. Las mujeres te hablan del trabajo de sus compañeros, del trabajo de sus maridos, te hacen un relato que me ayuda a llegar a todo. Porque a mí me interesa todo el relato y me interesa saber también qué les pasa a los hombres, que es diferente de lo que nos pasa a nosotras. Elaborarlo desde ellas es elaborarlo también desde otra subalternidad que hay dentro de la subalternidad misma.
También el relato de las madres, porque ¿quiénes son las madres en la diáspora? Pues madres tenemos muchas al final. Esa idea de una genealogía vertical, donde madre solo hay una, padre solo hay uno, no hay vecindario. Los vecindarios, la comunidad, nunca entran dentro del dibujo sociológico de lo que es una familia. Creo que ese relato de lo que es la familia viene de otros lugares y nosotras tenemos que construir un relato distinto.
¿Pero tú eres catalana o eres gallega? Yo soy todo y nada. Yo soy básicamente hija de una diáspora y ese es un lugar de enunciación.
En tu libro nos hablas de la teoría de los no lugares, del antropólogo francés Marc Augé, teoría a la que contrapones la tuya propia, la de los sí lugares de todas aquellas personas que hicieron la diáspora interna.
Sí. Quiero reivindicar que la diáspora es en sí misma un lugar de enunciación. Se nos propone, como con el género, unas categorías cerradas: tú eres un hombre -marca registrada- o una mujer -marca registrada- y ahí tenemos la experiencia de que eso no da cuenta de todo lo que somos. Cuando a mí me preguntan, ¿pero tú eres catalana o eres gallega? Yo soy todo y nada. Yo soy básicamente hija de una diáspora y ese es un lugar de enunciación. A mí me da un poco igual la identidad. Me importa mucho que tengamos derecho a las identidades, pero luego, en lo que se concrete eso, pues siempre me parece más anodino, más divertido, más… Yo qué sé. Me da igual la materia misma, la concreción, pero me importa mucho el derecho. Y esto es un poco lo mismo.
No me importa la identidad en sí misma, sino cómo eso genera un lugar de enunciación, cómo desde ahí se ve la realidad, porque se ve desde una manera distinta que si tienes una genealogía sedentaria y que no se ha visto abocada a la migración y a la despoblación.
La comunidad que tiene el poder de enunciación es la que marca la forma de pertenencia. Ese poder de decisión es el que yo impugno.
Brigitte, nos hablas de seis millones de personas que fueron expulsadas de sus casas y pueblos durante el periodo 1950. A 1975 y tuvieron que ir a otros lugares donde poder trabajar para conseguir el sustento, pero, eso sí, calladitas y silenciadas.
Siempre la comunidad que tiene el poder de enunciación es la que marca la forma de pertenencia. Y eso a mí me parece problemático. Me da igual que me digan que la forma de pertenencia es aprender la lengua o aprender las costumbres, el problema está en quién decide cuál es la forma de pertenencia. Ese poder de decisión es el que yo impugno.
Tú perteneces porque estás. Es lo que pasa en las tierras comunales, tú perteneces porque estás y al estar formas parte de una comunidad con todo lo que llevas, con todo tu bagaje. Y ¿en qué momento eso se ha convertido en un problema, en una amenaza? Resistir a la idea de esa amenaza, creo que es parte del trabajo que tenemos que hacer.
Y cuando hablas de todo esto, te dicen que estás romantizando el campo.
Romantizar es una forma de cosificación. Claro que se puede hacer y los fascismos lo han hecho a tope, cosificar y romantizar. Yo no romantizo, o al menos trato de no romantizar, porque yo formo parte de eso. No estoy hablando desde un sujeto que trabaja sobre un objeto antropológico que es el campo, sino que yo soy parte de esa historia. Y desde ahí trato de hablar de un nosotros.
Fíjate, hablar de las sociedades campesinas, ya no del capitalismo agrario, que es lo que vino después, es hablar de las sociedades campesinas que fueron autosuficientes, que no generaban el cambio climático y que pertenecían y estaban en los territorios de otra manera, de una forma que no era hacer paisaje, sino que era pertenecer a un territorio, el territorio campesino con todo lo que se tiene, con la tierra, con el resto de las vidas.
La pregunta que convierte la historia natural en historia política es ¿quién nos empobreció? y ¿por qué se nos empobreció?
Hablar de esas sociedades, desde lo horizontal y desde el respeto, ya se considera romantización. Y eso me parece superproblemático, porque es la lógica del desprecio de las sociedades industriales que nos han dicho: ahí no tienes nada que buscar y, ¡claro que hay cosas que buscar! Hay cosas que nos van a gustar y cosas que nos van a disgustar, pero es nuestra genealogía. Yo no busco una historia más bonita que la historia de los demás, ni una historia que contradiga la historia de los demás. Yo busco una historia que sea nuestra. Y estoy dispuesta a encontrar lo que haya y asumir como propia las luces y las sombras, porque somos siempre luz y sombra.
Dices en tu libro que cuando se pregunta “por qué se emigra”la respuesta es siempre la misma:porque son pobres.
Claro. Porque en la diáspora, cuando preguntas por qué emigramos, la respuesta siempre es, porque éramos pobres. Y éramos pobres, eso lo sigo afirmando, y la historia de la pobreza y la memoria del hambre está muy presente en nuestras genealogías, pero la pregunta que convierte la historia natural en historia política es ¿quién nos empobreció? y ¿por qué se nos empobreció? Por qué se decidió que fuéramos hacia la sociedad industrial y hacia el estado liberal y hacia el capitalismo y no hacía otras opciones de vida que nos permitieran vivir dignamente, de otras maneras mucho más sostenibles, además.
Tu investigación, en la que junto a la investigación que has realizado están las historias que te han contado en las 300 entrevistas que has realizado, te llevan también fuera de España, a Italia. ¿Por qué añades también las historias de este país?
Me voy a Italia porque necesitaba un poco de distancia, y también para entender mejor todo, porque cuando te mueves un poco del territorio para hacer espejo del tuyo, de repente aparecen cosas que te hacen repreguntarte cosas sobre tu lugar de estudio. Pero fue también precioso, pues la gente te empieza a entregar algo tan íntimo y delicado como es su memoria, una memoria que contiene mucha alegría y mucho dolor, que tiene muchas cosas muy frágiles… Cuando te la entregan con esa generosidad, y te la entregan para que hagas algo, para que la compartas, para que la disemines también, ahí ya se genera un nosotros, se genera una comunidad temporal, momentánea, pero que es. Y ahí ya pasas a formar parte de esa vivencia.
Festival de cultura txarnega: gente que se enfadó y se sintió atacada porque de repente ahí hubiese un sujeto político que hablase en primera persona de sus historias.
En 2019 diriges el primer Festival de la cultura Txarnega en Barcelona, festival que, incluso antes de celebrarse, presentó un gran debate social y político, con ataques racistas y xenófobos ¿Esa fue la antesala de La fosa abierta?
Sí, fue la antesala. Generó tanto ruido aquel festival…pero no el festival mismo porque además fue una cosa muy pequeña y preciosa, donde nos pudimos juntar a hablar de lo nuestro, que era algo que no habíamos hecho. Contarnos como nos ha ido y quiénes somos, si es que somos algo, y qué historias tenemos. Fue una cosa realmente preciosa que nos ha dejado mucha huella a la gente que participamos en él. Hubo gente de fuera de Barcelona que cogió aviones para estar allí porque dijeron que asistir a este festival era histórico. Ya ves qué cosa. Pero al mismo tiempo generó tanta resistencia social, con gente que se enfadó y que se sintió atacada porque de repente, quien nunca había hablado de lo suyo, habló. Se sintió atacada porque ahí hubiese un sujeto político que hablase en primera persona de sus historias. Eso me hizo darme cuenta de que ese festival era más grande de lo que yo pensaba y que ahí había algo más profundo.
Entonces, en lugar de liarme en una batalla dialéctica, también sin mucho sentido porque yo en ese momento no entendía toda la dimensión de lo que estaba contando, decidí retirarme a estudiar, a investigar. Me retiré a tratar de entender cuál era la dimensión de todo eso y a ponerme a preguntar e ir a los archivos, a leer libros y a preguntar a la gente y hacer entrevistas. Y así, desde lo comunitario, tratar de entender qué es esto. Ahí es donde he entendido que esto es una cosa mucho más grande que aún no hemos podido estudiar. Aunque hay gente que ya la ha estudiado, ¿eh? Yo no estoy empezando nada, estoy continuando un camino que afortunadamente otra gente también ya ha ido labrando para nosotras.
Ese paso de la obligación al derecho y el entender que tener papeles es un derecho y tener una vivienda digna y acceso a las distintas lenguas, es un derecho para todo el mundo
Y en el marco político nacional e internacional en el que nos encontramos, con ideas nuevas cada día como ahora lo de la ‘prioridad nacional’, se pretende enfrentar a nuestras gentes de esas diásporas con aquellos otros que llegan desde otros países buscando lo que nuestras madres también buscaban, quitarse la pobreza y el hambre.
Sí. Hay una correlación que a mí me parece importantísima, que cuando se nos cuenta la historia de las migraciones y la historia de las diásporas, se dice: hay lugares pobres y hay lugares ricos y entonces la gente va de las zonas pobres a las ricas, ¿no? Y entonces hay una forma de abordarlo que es violentando a la gente, expulsándola, encerrándola en CIEs, repatriándolas… todas estas cosas, todos estos discursos. Y luego hay otra forma que es ser buena gente y tolerar, pues vienen aquí y vamos a compartir lo nuestro. Eso es lo que yo impugno. Hay lugares enriquecidos a costa del empobrecimiento de otros lugares. Y entonces es de justicia ese movimiento. Es de justicia y al mismo tiempo es una lástima que ese movimiento tenga que existir. Ojalá todos pudiésemos ser viajeras, pero la migración es otra cosa.
Cuando te das cuenta de que nos estamos enriqueciendo a costa de empobrecer otros lugares y que esas migraciones son capital humano que llega también, ahí pasamos de la lógica de pedirles obligaciones a las personas migrantes a darnos cuenta de que tenemos que entregar derechos, que hay que luchar por los derechos de las personas. Igual que pasó con nosotras y con nuestra gente en otras épocas ¿no?.
Ese paso de la obligación al derecho y el entender que tener papeles es un derecho y que tener una vivienda digna es un derecho para todo el mundo, y que tener acceso a las distintas lenguas es un derecho para todo el mundo, ahí cambia la configuración de cómo estamos y de cómo pensamos lo que es nuestro y lo que no es nuestro,porque creo que nosotras pertenecemos a la tierra, pero la tierra no nos pertenece. Nosotras pertenecemos a los lugares en los que estamos, aunque sea momentáneamentey pertenecemos a las lenguas que habitamos, aunque sea momentáneamente, pero ellas no nos pertenecen a nosotras. No son cosas nuestras, son cosas que son de todo el mundo.
No crees que se ha dispersado un poco ese sentirse persona política de nuestras abuelas y abuelos que tenían muy claro que había que luchar por sus derechos en comunidad, aun costando la vida a muchas de ellas y ellos, y que tantos avances consiguieron para la clase obrera.
Sí. Claro, se ha dispersado porque la lógica de la confrontación y el no haber podido hacer la memoria también genera eso: esto vuelve a ser nuestro y ahora son los otros los que nos vienen a quitar los derechos. Por eso a mí me parece tan importante recuperar esta memoria. Cuando yo le pregunto a nuestra gente incluso, ¿y los migrantes de ahora? y me dicen: es que nosotros íbamos a trabajar. Yo he recogido memoria en 300 entrevistas: nosotros fuimos a buscarnos la vida. La gente trabajó mucho. Pero la gente también trapicheó, también se falsificaron papeles, hicieron todo lo que estaba en sus manos para conseguir una vida digna para ellos y para nosotras. Y eso es lo que está haciendo todo el mundo.
También te digo que la cosa esa de la dignidad del trabajo, eso solamente es una cosa de pobres. Luego los ricos pueden robar todo lo que quieran y a nadie les parece mal. ¿Desde cuándo el capitalismo nos entrega la dignidad? Nosotras fuimos a coger la vida que merecíamos y que nos pertenecía, que es lo que está haciendo todo el mundo.
La literatura oral también es literatura
Pones mucho énfasis en lo rural, lo charnego y lo que queda fuera de la modernidad urbana. En un mundo hiperconectado y gentrificado, ¿cómo se construye una identidad de clase que no sea una caricatura nostálgica, sino una herramienta de resistencia real contra la precariedad actual?
Pues yo creo que eso se construye sabiendo que somos parte de eso. Que solamente puedes hacer la caricatura y la nostalgia creyéndote fuera de la cosa y buscando algo que es un fetiche. Ser consciente de que eres parte de ella y desde lo horizontal buscas algo que es tuyo, que es propio, esa genealogía y, desde ese diálogo aprender sobre las vivencias de la gente y sobre las enseñanzas que hay en todas estas sociedades, desde ahí, yo creo, espero, que podamos escapar de la caricatura y del fetiche.
Remunerar el trabajo de nuestra gente, que es trabajo del pensamiento, para que eso pueda ser sostenible y no sea solo de las clases dominantes.
¿Cómo se evita que la literatura disidente acabe siendo un privilegio de quienes tienen la vida resuelta?
Pues eso es complicadísimo, la verdad. Para empezar, la literatura cuando entra en el mercado, que es la forma que tenemos de difundirla, pasa por unas lógicas que son las del capitalismo, pero es que no hay otras. Todas vivimos dentro del capitalismo. Los libros se venden, los libros se distribuyen y desgraciadamente hay unas lógicas que tienen que ver con quién tiene acceso, ya no solamente a escribir, a escribir tenemos acceso todas las que somos letradas, las demás hacen literatura oral que también es literatura. Pero ¿quién tiene acceso a publicar? ¿Quién tiene acceso a hacer una gira de presentaciones sin cobrar? Pues todo eso va reduciendo el espacio del pensamiento público a quien, o tiene la vida medio resuelta, o ha encontrado estrategias también. Porque luego también, muchas de nosotras lo que han tenido que hacer es meterse en la academia, por ejemplo, y que la escritura siempre sea como una segunda opción.
Eso lo tenemos que pensar de manera comunitaria. También cuando pensamos en la cultura gratuita, por ejemplo, tenemos que pensar en eso. Tenemos que buscar las maneras de poder remunerar el trabajo de nuestra gente, que es trabajo del pensamiento, para que eso pueda ser sostenible y que todo el pensamiento que recibimos no sea solamente el pensamiento de las clases dominantes.
¿Cómo has logrado mantener una voz crítica sin que el mercado te coma por necesidad económica?
Pues no lo sé. Para empezar, os agradezco que consideréis que la he podido mantener. Tampoco sabemos si la voy a poder mantener siempre. Ahí también hay que ser humilde, de entender que las fuerzas que te llevan son potentes y son importantes, desde el aplauso que es goloso hasta las condiciones materiales son fuertes, las violencias son duras y hay veces que dices no puedo más”. Y eso también te lo tienes que poder permitir.
Yo lo mantengo porque ha habido un montón de gente apoyando mi trabajo. Desde que empecé a autoeditar, ha habido un montón de gente fuera de los poderes habituales que han dicho “queremos que esta persona escriba y vamos a comprar sus libros, vamos a ir a sus presentaciones para que esto pueda seguir sucediendo”.
Soy muy consciente de que estoy puesta aquí porque me ha puesto la gente y trato de hacer lo que tengo que hacer. Lo que decía Audre Lorde: porque soy una mujer negra lesbiana que está haciendo su trabajo, te pregunto, ¿estás tú haciendo el tuyo? Eso es una cosa que guardo siempre en la cabeza, ¿estoy haciendo mi trabajo o no? Y sostenerlo todo lo que pueda.
Venimos de una cultura oral que era perfectamente válida y que dejó de serlo cuando la cultura letrada ganó esta guerra de siglos
Dices que haces literatura para no lectoras
Sí. Fíjate, a lo largo de esta investigación en La fosa abierta, he entendido que vengo de la cultura oral, que nos dijeron que era analfabetismo cuando llegamos a las ciudades, lo que es una forma de decir que ni siquiera es una forma de cultura. Y claro, a través del trabajo de investigación y de la toma de conciencia, me doy cuenta de que nosotras venimos de una cultura oral, que era perfectamente válida y que dejó de serlo cuando la cultura letrada ganó esta guerra de siglos, así que, aprender a leer y a escribir es una forma de autodefensa.
Siempre digo que las faltas de ortografía son un un invento clasista que, además, nos llena de vergüenza que además nos llena de vergüenza. Siempre digo que no debemos tener vergüenza de las faltas de ortografía, pero tenemos que ser conscientes de que el sistema nos lo exige y saber las reglas gramaticales es una forma de autodefensa. Pero es distinto entender que es autodefensa a pensar que es una vergüenza. No hay vergüenza de clase en eso, no puede haberla. Nosotras escribimos como escribimos y venimos de dónde venimos. Entonces, trato de hacer una literatura para no lectoras, para gente que ni tenemos la genealogía lectora, ni hemos tenido tiempo de habituarnos a la lectura, o de gente que no le apetece leer, que también está bien que no le apetezca leer. Entonces busco formas de oralidad.
El libro que estoy presentando ahora es un libro escrito, pero hago mucho esfuerzo por la accesibilidad del texto. Que el texto sea un texto exigente, por un lado, pero amable también en la lectura. Y por formas, por ejemplo, en conferencias escénicas que lo mismo sirvan para ir con mis vecinas y poderle retornar la investigación desde lo oral que desde lo escénico, desde lo corporal, y que eso me sirva también para ir a Matadero, a los grandes centros, haciendo exactamente lo mismo. Porque no es verdad que no haya un lenguaje transversal. Sí que existe, solo tenemos que buscarlo. Hago siempre esta broma: a veces estoy leyendo a gente y pienso, pero ¿tú me odias?, ¿por qué escribes así? pero si la gramática no tiene tanto secreto, esto es sujeto, verbo y predicado, ¿cómo eso se puede convertir en esta cosa que estoy leyendo? ¿Cómo puede ser que me estés hablando de esta manera?
Tengo siempre muy presente que quiero explicarme, que se me entienda. Además, tengo la suerte, el privilegio, de tener acceso a cosas muy complejas y de alguna forma yo me entiendo a mi como traductora. Por mi recorrido vital, por las circunstancias, puedo dedicar tiempo a leer esos textos complejos, así que os lo voy a contar. Voy a usar otro lenguaje, el lenguaje de todas nosotras, porque quiero compartir eso que tengo la suerte de poder acceder a ello ¿no?
¿Qué autoras nos recomendarías?
Pues mira, recomendaría en esto de la literatura para no lectoras, los trabajos de María Ruido sobre la diáspora. Ella es una artista audiovisual y cuando nos conocimos me dijo: tú has crecido con padres y sin tierra, yo he crecido con tierra y sin padres, porque sus padres emigraron de Galicia a Alemania y ella se quedó en Galicia con sus hermanas. En su trabajo hay una investigación muy amplia y también yo soy muy heredera de su trabajo sobre esta historia de la migración. También recomendaría a Avtar Brah, es imprescindible para entender las diásporas y a Mar Gallego, con feminismo andaluz, sin duda. El feminismo andaluz nos ha aportado un montón.
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BRIGITTE VASALLO
Antes de la Fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama, 2026), ha escrito la novela PornoBurka (Ediciones Cautivas, 2013), prologada por Juan Goytisolo, y numerosos relatos en libros colectivos como Un esfuerzo más (Bellaterra, 2013), Relatos marranos (Pol·len Edicions, (2014), (H)amor (Contenta me tienes, 2016) Pensamiento monógamo, terror poliamoros (2017), Lenguaje inclusivo y exclusión de clase (2021) y Tríptico del silencio, compuesto por tres libros escritos en sus tres lenguas maternas.
Como dramaturga ha presentado Naxos, drama en tres lamentos y un par de actos, dirigida por Gena Baamonde y perteneciente a la primera fase de la Trilogía de Naxos, y Un cos (possible) i lesbià, sobre la obra de Monique Wittig, codirigido con la artista visual Alba G. Corral y la performance Queixa. Como productora cultural, ha dirigido el primer Festival de la Cultura Txarnega de Barcelona.
Ha sido artista residente de la Academia de España en Roma, docente en el Máster de Género y Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona y titular de la Cátedra Mercé Rodoreda d’Estudis Catalans de la Universidad de Nueva York.
“Cuatro apuntes sobre la cuestión xarnega”. Brigitte Vasallo / 22 enero, 2025.






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