Mamacruz, dueña de la propia vida
Cartel Mamacruz
Mamacruz, dueña de la propia vida

La Poderío

21 marzo 2024

Por Lamujerverdeverde

TRAILER MAMACRUZ

La directora Patricia Ortega coguioniza y dirige Mamacruz, un delicado coming of age en la edad madura que implosiona hondo, en lo más profundo de nuestro sentir de andaluzas y de nuestra cultura. Nominada a los Goya 2024 por su montaje, ha sido reconocida recientemente con cuatro Premios Carmen, concedidos por la Academia de Cine de Andalucía en su tercera edición: Mejor dirección; Mejor interpretación femenina protagonista, Kiti Mánver; Mejor interpretación femenina de reparto, Mari Paz Sayago, y Mejor montaje, Fátima de los Santos. Puede verse en Movistar Plus y también en Filmin.

Premios Carmen a Mamacruz
Premios Carmen a Mamacruz. Patricia Ortega, Kiti Mánver, Mari Paz Sayago y Fátima de los Santos (de izda. a dcha)

Si hay algo que abunda en el planteamiento de la directora son criterios de conciencia política y feminista. Como el adueñamiento de las mujeres de su propia sexualidad en un proceso de crecimiento personal liberador y transgresor. Como permitirnos disfrutar de relaciones sororas entre mujeres, sin competitividad. O representar los conflictos de las relaciones madre-hija con compasión y ternura, muy maltratadas en la historia del cine. O desvelar la sexualidad vinculada a las emociones, al ánimo, a la capacidad de abrirse mostrando vulnerabilidad, a la propia identidad.  O crear un personaje protagonista donde cabe la humanidad toda, porque ser mujer es ser humana. 

naturalidad y sensibilidad. Pareciera que acento y emociones genuinas fueran de la mano y nos tocaran para nacer. El profundo sentir colectivo del habla, eso que sale del alma, envuelve una experiencia de transformación hasta los tuétanos, imposible de disimular. Una experiencia vital única, que en realidad es compartida. Y, por tanto, política. 

Y es que, cuando llega a la capital andaluza, la directora Patricia Ortega se percata de la burbujeante diversidad de los acentos. El habla de ese rincón del mundo se parece al suyo. Percibe el intento de aplanar sus matices, de estandarizarla en medios de comunicación, acontecimientos prestigiosos o en la vida cotidiana. Esto es, se percata de la andaluzofobia.

Y este buen ojo nace quizás del origen del proyecto. De un denodado esfuerzo por hacer una película venezolana que homenajeara la esencia del sentir de su gente, pero que tuvo que trasplantarla a otro país, si quería llevarla a cabo. Y al hacerlo, en la maleta, dejó las raíces dentro. Raíces de sensibilidad, inclusión, diversidad y feminismo. La creación del personaje protagonista se desarrolla durante el proceso vivencial de la directora como inmigrante en nuestro país. Por eso, el viacrucis placentero de Mari Cruz cambia la vida.

Kiti Mánver y Patricia Ortega durante el rodaje de Mamacruz
Kiti Mánver y Patricia Ortega durante el rodaje de Mamacruz

Mamacruz (Mari Cruz) tiene que vérselas con el malestar de su marido y con los límites que le impone su religión. Debería conmocionarnos que una mujer tome una decisión sexual en la esfera de su más íntima libertad, con tal inquietud y temor, como para consultarla con una voz de autoridad moral reconocida. Y que esta sea la de un varón. Y además célibe. Pero no nos impresiona, nos reímos. Lo hacemos porque la película es muy necesaria. Es una travesura catártica. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad bastante reprimida y pacata. Que las mujeres tengamos deseos sexuales continúa siendo un tabú, una cosa mal vista, ignorada, minimizada, discutida. Mucho más si se trata de una mujer madura de la llamada tercera edad. Su gesta tan personal trastoca sin querer el mundo de los que la rodean. Y lo mejora. Es una heroína y hace la revolución. 

La protagonista comienza un despertar sensual (y vital) en secreto y sin sentirse entendida. Pero se desliza por él. Es desobediente. Incluye en este viaje lo que más ama y en lo que más cree. Sale al encuentro de otras mujeres que la acompañan con sus propios procesos. Porque sus experiencias trascienden los límites del conocimiento que las rodea. Ni su pareja ni los santos padres tienen respuestas. Se muestran ignorantes e ineficaces. Quizás, se sienta bastante sola. El entorno cultural que la rodea, que es la sociedad, a su edad no la autoriza, ella lo sabe, lo intuye, actúa como proscrita y adolescente. Y si ampliamos la mirada, tampoco es la revitalización de la sexualidad a cierta edad lo prohibido, sino el apoderamiento de la propia vida para hacer con ella lo que se quiera. Y esto si eres mujer, se penaliza mucho.  Y si eres madre, más. 

Mamacruz no solo es madre, sino que lo es dos veces. Es abuela. Además, materna a su nieta. Por eso, en el estado patriarcal que vive comete doble, triple delito. Tal vez pecado… Resulta paradójica la infantilización de las mujeres, la sociedad no nos permite hacer uso de nuestra humanidad, pero sí responsabilizarnos de la prole. Para más inri, el machismo proveniente del cristianismo santifica la maternidad desposeyéndola de deseo. Nos arrebata nuestra sexualidad y nuestra búsqueda del placer. 

Atendamos sin ir más lejos a la palabra desmadrarse, por ejemplo. Descrito por la RAE: “Conducirse sin respeto ni medida, hasta el punto de perder la mesura y la dignidad”. Hemos convenido como comunidad de hablantes que necesitábamos expresar esta idea con este verbo. Las madres son las que ponen límites, las que cuidan, el origen. Si te alejas de la madre, de sus enseñanzas, estás fuera. Lo que en consecuencia genera unas inflexibles exigencias para la asunción del rol de madre.

¿No es un peso insolidario para con las mujeres que son madres cargarlas con un manual de conducta para ellas mismas y para toda la sociedad? Es un mandato no escrito en ninguna parte, pero que impregna los fondos de nuestra cultura. Se las atrapa en una autocensura constante basada en el ejemplo. Excepto a las madres que se desmadran, claro.  Se las da por perdidas. Una madre desmadrada vive en un comportamiento desconcertante, rechazable para la normatividad del buen gusto, incluso punible en otros tiempos, quizás. Esa es la suerte gozosa de Mari Cruz, nuestra Mamacruz. Que se desmadra un poquito. O como a la directora le gusta decir del personaje, se suelta el moño.

Kiti Mánver en un fotograma de Mamacruz
Kiti Mánver en un fotograma de Mamacruz

Si hay una palabra con la que poder rebelarnos con delectación de la estructura alienante que oprime el deseo de la mujer es, sin lugar a duda, despiporre. Su significado se viste de algarabía, desorden y excesos. Con facilidad podemos relacionar la palabra, por su forma, con la preciosa analogía popular que tiene la palabra pipa, referida al clítoris. Es decir, podemos relacionar el despiporre con la pipa del coño. Que toma del imaginario colectivo la vulva como una fruta y la vena del gusto como su hueso, la pepita. Por favor, no nos asustemos de las palabras.

Aquí hemos de detenernos un instante y atender al prefijo des-. No tiene el sentido de deshacer, sino de excederse. Como en el adjetivo deslenguada. La nueva acepción antipatriarcal de despiporre que nos inventamos y proponemos conserva su sentido festivo y descontrolado original. Y además se ubica en el lugar destinado solo al placer de la anatomía de la mujer. 

Podría aludir expresamente a la festividad desinhibida del uso del clítoris. Y también a la apropiación sin mesura del uso placentero de la propia voluntad, de la propia vida de las mujeres. Con lo que despiporrarse añade a la fiesta un matiz rupturista, liberador, placentero y no convencional en cualquier área de la vida de las mujeres. Así, cuando una mujer se libere y rompa con una opresión, todas sus actuaciones serían acometidas con un gran despiporre. Es decir, con desmesura, placer y conciencia.

Cartel de Mamacruz
Cartel de Mamacruz
La Poderío

La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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