Solo quería bailar y bailó
Solo quería bailar y bailó

Lucía Muñoz Lucena

20 junio 2023

Solo quería bailar es la primera novela de Greta García (Sevilla, 1992). A través de una narrativa y unos diálogos en andaluz nos cuenta la realidad de una clase trabajadora, precarizada, apasionada, atravesada por el género y también por el territorio que por un momento se atrevió a soñar. Bailemos pues.

La Pili solo quería bailar. Y vaya si bailó. ¿Y quién no quiere bailar? Hay estudios que demuestran que bailar nos ayuda a liberar el estrés. La Pili podríamos ser cualquiera de nosotras: una Mona Lisa sevillana que con su acento atraviesa las ocho provincias andaluzas de norte a sur y de este a oeste. Sus alegrías, sus jarturas y hasta sus manías podrían ser tan tuyas, como mías o suyas. Un espejito, vaya.

Aunque todas tenemos una Pili dentro, cuando le toca a Greta García (Sevilla, 1992) presentarse le cuesta un pelín. A su currículum no le falta nada más que un lacito: bailarina, coreógrafa, con su propia compañía de circo y de danza, payasa, directora teatral, autónoma y ahora, también, autora de esta su primera novela Solo quería bailar (Editorial Tránsito, 2023) de donde nace la Pili, la presa más tímida y más reaccionaria que ha visto jamás la cárcel de Alcalá de Guadaira. “Tenía muchas ganas de hacer algo, un proyecto, que se pudiera mover sin mí o fantaseaba con esa idea”, reconoce la autora.

No es fácil desvincularse de ese cordón umbilical entre la autora y su obra. Crecen juntas, a la par. Tanto es así que, ahora, después de haberla escrito y de hablar de ella es cuando Greta va entendiendo su libro. “Me da mucho miedo hablar de ella. Ahora voy entendiendo un poco lo que he hecho, que es casi una cosa más visceral e intuitiva. Me está pasando con el libro como con una obra escénica hasta que no la haces unas cuantas veces delante del público, no entiendes realmente el viaje que tiene la obra”, apostilla.

La comedia como queja

Aunque Greta García no empezó la novela con la idea de una reivindicación y una protesta, al final le ha salido así o, al menos, esto es lo que le ha llegado a la gente a través de esta comedia. “Yo lo hice por unas ganas de contar una historia donde hay una rabia detrás, pero sin pensar en la protesta. Me gusta cuando veo las críticas y veo que una reivindicación de una mujer puede hacer reír a través de un personaje con tanta problemática y pueda empatizar con Pili”.

“Siempre hay un horror a lo burocrático que es una angustia masiva”

Ya os digo que más de una estaríamos en la cárcel por lo mismo que la Pili: por estar jarta, frita de este sistema que nos empuja a la precariedad y nos explota, sin una mijita de piedad, de amor y de cariño. Todo en un relato que gira en torno a unas subvenciones que sacó la Junta de Andalucía y que su acceso a la tramitación puede parecer cosa de ciencia ficción, la verdad es que en la realidad también se da el caso. “Justo en la pandemia de la Covid-19 salieron unas subvenciones para artistas de la Junta de Andalucía. Se podían presentar todo tipo de artistas y no era un sistema de puntuación, aunque muchas veces el sistema de puntuación es injusto. Cuando solicitas una ayuda siempre hay un horror a lo burocrático que es una angustia masiva”.

Con acento andaluz

Este libro no podía ser el que es si no se hubiese escrito y no es leído desde la boquita de la Pili. Con un lenguaje de calle, de tú a tú. Con acento andaluz, de Sevilla, concretamente desde el barrio de la Macarena, el barrio del Parlamento de todas las andaluzas y los andaluces, aunque unas se vean menos y más representadas. 

La Pili es una persona normal, que habla normal. Corriente, sin tecnicismos. Desde una voz interna que te llena de verdades como mierdas y mierdas llenas de verdades en un párrafo entero. Es tímida, sin amor propio, y cuando se enfada suelta por esa boca to lo que está escrito en esta novela y to lo que te puedes imaginar y más. Te lo dice en andaluz porque así es la Pili y así tiene que escribirse para que se lea. “En la Pili está el andaluz que ella tiene, porque así es como estaba en mi cabeza y así lo quería transmitir”, explica la autora.

Esta no fue una decisión fácil. No, no. Fue una meditación que iba más allá de Despeñaperros pa’arriba y apoyada también por una editorial no andaluza. “Al principio, escribí solo los diálogos: con seseo, comiéndose las eses y con las haches aspiradas. Pero, era muy raro que en el texto no hubiera parte de esto, es decir, palabras elegidas y redondeadas”. Así que Greta García hizo magia: “Empecé a escribir todo el libro así, con su acento, pero midiendo mucho cómo se habla y que no dificultara la lectura, no por el andaluz, sino porque no estamos acostumbradas a leer así y no quería frenar el ritmo de lectura. Así poquito a poco, fue de menos a más. Hice una versión entera con los diálogos, el texto. Lo hice con la fonética en andaluz y eso tuve que quitarlo, por ejemplo”.

El andaluz, y también sus gentes, siempre han estado en el punto de mira, de la burla, de lo corregible y de lo que no hay que decir y hacer, lo periférico.

Si «el genio de la RAE» se leyera esta novela lo mismo entendería la importancia de la diversidad de los acentos, del ceceo y de las aspiraciones de las eses. El andaluz, y también sus gentes, siempre han estado en el punto de mira, de la burla, de lo corregible y de lo que no hay que decir y hacer, lo periférico. Lo vulgar. Sin embargo, iniciativas como EPA de AndaluGeeks o libros como este que, sin querer, ponen en el centro y sacan pafuera el acento que muchas veces hemos tenido que cambiar, modificar e incluso rectificar. Normalizar nuestro acento es lo que ha hecho este libro, y la cosa ha sido acogida bastante bien. “Gente muy diversa y de diferentes edades, de diferentes puntos del mapa no han tenido complicación en entenderlo”.

Solo quería bailar no es el primer libro que se escribe como se piensa. “Esto ya se hace en la literatura latinoamericana. Dentro “del error” me parece fabuloso poder escribir mi obra así. De esta cosa de estar a gusto como escritora y, que de repente, como lectora también te pueda activar a leer algo distinto”, explica. Por otro lado, Cristina Morales (Granada, 1985), premio Herralde de Novela en 2018 y Premio Nacional de Narrativa en 2019 por Lectura Fácil: ni Dios, ni amo, ni marido, ni partido, ni de fútbol, también consigue este clímax desde lo visceral narrando desde la mente, corazón y coño lo que les salían a las cuatro protagonistas de este libro con discapacidad intelectual.

La pandilla del fracasito

Si Cristina Morales en su novela hablaba de la normalidad, Greta García habla de la “aceptación de la mediocridad”. “Ya está bien de hablar de lo mediocre, ¿qué es ser mediocre? ¿Y para quién?”, pregunta Greta García. A lo que responde: “nos dicen mediocres cuando entienden que estamos ante una actitud de no esforzarnos, pero ¿ante qué y por qué nos tenemos que esforzar? Si es tu decisión me parece la bomba no esforzarse si no quieres”. 

Yo sí que creo que los adolescentes de hoy nos canean en muchas cosas. Tienen la mente muy abierta en temas de género, de feminismos, de tener muy claro que ya viven en un capitalismo salvaje, que tienen todo, pero pelean contra el problema climático.

La Pili dice que es de la “pandilla del fracaso”. Hay muchas pandillas del fracaso. Por ejemplo: las que venimos de ser las primeras nietas que estudiamos en la universidad, coincidiendo con el año de la crisis económica en 2008. Las que salimos sin trabajo, tenemos dos máster, inglés, francés, alemán y árabe y las que  hemos sido babysister (todo nuestro reconocimiento a las niñeras) de medio Reino Unido antes de ser expulsadas con la aprobación del Brexit. Y puede que la más común sea ese capitalismo salvaje que nos va marcando los pasos a seguir, que deciden y exigen nuestro nivel de excelencia por nosotras.

En esta pandilla del fracasito, ahora estamos las que somos unas joviejas, de forma elegida, y sentimos como “las nuevas generaciones nos canean”. “No es lo mismo haber nacido hace 20 años, que ahora con todo el despliegue informático con el que funciona el planeta. Yo sí que creo que los adolescentes de hoy nos canean en muchas cosas. Tienen la mente muy abierta en temas de género, de feminismos, de tener muy claro que ya viven en un capitalismo salvaje, que tienen todo, pero pelean contra el problema climático. Veo la gente más joven mucho más consciente que a la gente más mayor”, explica. Y todo esto hace que estemos orgullosas de nuestra juventud (divina). Había que decirlo.

La cárcel de Alcalá de Guadaira

La cárcel de Alcalá de Guadaíra es el único centro penitenciario exclusivo para mujeres en Andalucía. En 2019, según la Federación andaluza ENLACE, en el caso de las mujeres encarceladas son aproximadamente un 7% de la población penitenciaria, unas 870 presas. Es una de las más altas de España. La mayoría han sufrido violencia machista y sus delitos están relacionados con la precariedad económica. No sorprende. Andalucía ocupa, junto a Extremadura, el primer lugar en la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social. 

“Entiendo la cárcel como el sitio más horrible del mundo y que más contradicciones me genera. No sé si la cárcel es la solución a nada”

No es casual que esta cárcel también sea el espacio elegido por Greta García para que se desarrolle la historia de Pili. “Nunca he estado en la cárcel de Alcalá de Guadaira. Quería que fuese un lugar solo de mujeres. Como en la danza. Me interesaban los espacios que generan intimidad muy bestia. Pero me he tomado la licencia de inventarme la realidad de una cárcel a partir de la historia de la Pili. Sin embargo, entiendo la cárcel como el sitio más horrible del mundo y que más contradicciones me genera. No sé si la cárcel es la solución a nada”. Ya lo dice la Pili, “nadie pregunta a nadie por qué están ahí”. 

La cárcel también es el hilo en esta historia donde lo peor que te puede pasar en la vida es acabar aquí. En este lugar que genera dudas. “Qué mas le podía pasar a esta chica. Buscaba la libertad a través de la danza y la danza le coartó la libertad. Lo peor que te puede pasar en la vida es acabar en la cárcel”.

La danza como revolución

Ya lo decía Emma Goldman: “Si no puedo bailar, tú revolución no me interesas”. O June Fernández que la hizo suya, “Si no puedo perrear, no es mi revolución”, para hablar de sus gustos (y los de muchas) por el reguetón. Y aunque de reivindicaciones está la historia escrita, de (pandilla de) fracasitos también. No nos vengamos abajo que los fracasitos de ayer también son victorias conseguidas de hoy. Porque fueron, somos. Porque somos, serán. 

Greta García también habla de la danza como “un acto libertad”. “No me gusta la danza con etiquetas. Yo me he formado en una técnica muy concreta, pero lo que me interesa de la danza es que sea un espacio de libertad, de expresión, de pasármelo bien, de conectar. La danza es una de las artes más libres que hay”.

Poco se habla de la verdadera protagonista de esta historia: la limpiadora de la oficina donde están todos los funcionarios con todas las subvenciones de la Junta de Andalucía. Hasta aquí puedo contar sobre ella, sobre esa mujer que podría ser la misma que pasa desapercibida a diario por los pasillos, en silencio con sus auriculares, ¿quién no recuerda a la limpiadora del Congreso de los Diputados en la moción de censura de 2018? ¿O en el debate electoral en 2019 emitido por RTVE?. Esas mujeres. Esas genias. Esas invisibles.

Lucía Muñoz Lucena

Lucía Muñoz Lucena

Impulsiva, quejica, cabezona. Mu de mi casa. Me gustan las lentejas, y si no las dejas. Feminista y periodista que va por ahí con una cámara hablando de lo que la Ley Mordaza no quiere que contemos.

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