Madres con las que me he cruzado a lo largo de mi vida: ¡Perdonadme!

Niñofobia y viajes: una mezcla explosiva cuyo peso recae sobre las madres. Las madres, como todo el mundo sabe, son las culpables de todos los comportamientos de las criaturas que la sociedad considera inadecuados. Uno de nuestros deberes como feministas es construir espacios seguros para madres.

Confieso. Yo también fui niñofóbica. La buena noticia es que eso también es posible deconstruirlo… con mucha empatía y mirada feminista. A la niñofóbica que fui, como a todos los niñofóbicos del mundo, le molestaba soberanamente las criaturas en los transportes públicos: el que no te deja leer en el tren, la que la lía en el autobús y, por supuesto, el que te da pataditas durante tooodo el vuelo. Qué cosa tan desquiciante, ¿verdad?

Y en todos esos miniodios hay un odio oculto, atávico, irracional a los padres, qué digo a los padres, a las madres, origen de todos los comportamientos inadecuados de los niños y niñas, como todo el mundo sabe. Pero luego llega la maternidad a tu vida como una ola, como una ola de fuerza desmedida, y arrasa con todos los equívocos que el patriarcado te ha marcado a fuego sobre las madres, pero ya es tarde para echar atrás y ahora tu única posición en el mundo es la de culpable absoluta de que tu hijo sea un niño y haga cosas de niños, ¡pero cómo se atreve!

“Ahora tu única posición en el mundo es la de culpable absoluta de que tu hijo sea un niño y haga cosas de niños, ¡pero cómo se atreve!”

Perdón público a todas las madres que he juzgado

Así que el otro día vi claro que tenía que entonar el mea culpa y pedir perdón público a todas las mujeres a las que he juzgado en algún momento de mi vida. A mi propia madre, por no entender hasta hace bien poco su desborde emocional y las pocas herramientas que tenía para gestionarlo. A las madres que le dan chocolate a sus hijos o le ponen la tele, porque he aprendido que la madre que quieres ser y la que puedes ser en las circunstancias que tienes no siempre coinciden. A las madres que criticaba y juzgaba cuando me decían que yo no sabía lo que era el cansancio y ¡qué razón llevaban! (después de casi 35 meses sin dormir ahora lo que no sé es cómo era eso de descansar). A todas las madres que juzgué en algún momento sin tener ni repajolera idea de con qué estaban lidiando (bueno, menos a las que le fuman en la cara a las criaturas que eso aún no lo he comprendido). Y, por supuesto, un perdón como el Vaticano de grande, por lo menos, a las madres con las que me he cruzado en el transporte público y con las que he sido de todo menos sorora.

Desconocimiento absoluta de la maternidad y la infancia

En mi descarga diré, y sin negar mi culpa, que yo hasta que fui madre no tenía ni la más remota idea de lo que era un peque. Ah, bueno, sí, sabía que son pequeños y eso, pero poco más. Pensaba que las rabietas era porque eran unos maleducados y no una cosa absolutamente normal y necesaria para su desarrollo. Ni siquiera sabía que los adultos también tenemos rabietas (el otro día tuve una monumental y me di cuenta de que es verdad de lo importante que es validar las emociones y ofrecer contacto físico, pero eso es otro tema).

Por supuesto, los veía a todos iguales, independientemente de la edad, mismas capacidades, mismas necesidades, sí, como lo leéis, no me había planteado que un niño de 2 años y medio poco tiene que ver con uno de 7 (me vengo fijando y hay un montón de gente que no se ha dado cuenta de esto y a partir de los 2 años dejan de considerarlos bebés, los meten en la categoría de «niños», que abarca hasta los 12, y las madres que se las apañen; pero ese también es otro tema). Fijaos si era grave la cosa que ni siquiera entendía que las niñas y los niños son personas, sí, cómo os quedáis, ¡personas!, con sus derechos y eso, ¡y hasta con voluntad propia! ¡Qué locura! Oye, que le dices que no toque la pared porque te has matado lavándola con lejía para que el casero os devuelva la fianza y el niño venga a tocar. Y así todo. 

“Ni siquiera entendía que las niñas y los niños son personas, sí, cómo os quedáis, ¡personas!, con sus derechos y eso, ¡y hasta con voluntad propia! ¡Qué locura!”

Madre mía, pero todo lo que nos han contando sobre la infancia y las madres es una gran mentira. Ni las niñas y niños son moldeables como la plastilina ni tienen un botón de “no molestar” a adultos que enciende y apaga la madre, afortunadamente. Ni las madres son todopoderosas, afortunadamente; y si no “controlan” a la criatura que te “molesta” no lo hacen porque no quieran, sino porque no puedan. Ah, porque eso es otro descubrimiento, las madres también se dan cuenta de que los niños están molestando, pero a veces es que simplemente no pueden hacer más.

A grandes males, grandes remedios

¿Por qué digo esto? He hecho una mudanza internacional y un viaje de más de quince horas con un niño de 34 meses. ¿Alguien da más? En el último avión (un vuelo cortito de apenas una hora, lo digo porque, que yo sepa, nadie se ha muerto por “aguantar” una hora a un bebé), el niño estaba con un juguetito venga a dar golpes en la mesa; así que, consciente de que el de delante debía estar perjurando en arameo contra mi persona dije en voz alta: “Juan, por favor, no puedes hacer eso porque molestas a la persona de delante”, le di una alternativa y funcionó, pero no siempre funciona. En el momento del aterrizaje al niño, 34 meses, 15 horas de viaje en el cuerpo, se le ocurrió que era una excelente idea ponerse de pie. Momento «poner límites», que si no es fácil en general, en esa situación ni os cuento. Se lo explico, me mira y pasa de mí. Esta vez no funciona. 

“Si las mujeres no madres desconocemos la maternidad y nos cuesta ser sororas con las que maternan, imaginaos los hombres epítomes del privilegio, ni están ni se les espera”.

Mi mente de madre, que no descansa jamás, empieza a ver cómo solventa la solución sin que: 1. El niño no se me mate; 2. Pueda aguantar el tirón que le queda hasta casa (una casa de la que no se acuerda, con toda la gestión emocional que eso conlleva); 3. “Moleste” lo menos posible. Casi puedo escuchar a las neuronas conectarse unas con otras dentro de mí y se me enciende la bombilla (en hora punta, eso sí): empiezo a hacerle cosquillitas y se parte de risa y accede a sentarse. Respiro hondo, pero era una falsa alarma. Hace otro amago de ponerse de pie, vuelvo al ataque y suelta una carcajada, que a mí me parece preciosa, pero al de detrás le parece estridente. Y me mira y me hace un gesto con el que viene a decir “vaya tela, que se calle ya”. Me suben los sietes males para arriba y ahora en voz alta también empiezo a decir todo lo que he escrito un poco más arriba, pero sin ningún rastro de comicidad. Él no me dice nada más. Desafortunadamente. Porque yo ya me había preparado mi speech feminista. Pero imagino que en su fuero interno habrá pensado que soy una loca y mi niño un maleducado. 

Espacios seguros para madres

Porque si las mujeres no madres desconocemos la maternidad y nos cuesta ser sororas con las que maternan, imaginaos los hombres epítomes del privilegio, ni están ni se les espera. Su falta de respuesta, una vez calmado mi volcán interior, se transforma en esta reflexión que os comparto. De la rabia de esa situación tan injusta saco la firme convicción de que uno de mis deberes como feminista es construir espacios donde nunca jamás una madre se vuelva a sentir como yo el otro día, espacios donde nunca jamás una madre se sienta como yo he hecho sentir a otras.

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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