“La esperanza es colectiva, como la aventura feminista. No podemos olvidar que no estamos solas”

Hablamos con la andaluza Carmen G. de la Cueva y la madrileña María Folguera, editoras de Tranquilas. Historias para ir solas por la noche, un necesario libro colectivo que narra las historias cotidianas de todas y cada una de nosotras. 

Un grito recorre el mundo: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía. El violador eres tú”. Un grito potente, lleno de rabia, capaz de unir a mujeres muy diversas, en lenguas diferentes, con experiencias aparentemente distantes. Un grito que remueve conciencias y que ha sacado lo peor de algunos tipos que de repente se ven reflejados en sus prácticas cotidianas y reaccionan con más violencia. Un grito que demuestra, una vez más, que estamos perdiendo el miedo. 

Y para articular todas esas experiencias de múltiples violencias sexuales -y de otro tipo-, el feminismo es la herramienta más perfecta que estamos construyendo entre todas. Y el feminismo nos ayuda a algo fundamental: a nombrar; porque no se puede solucionar un problema si no se nombra.

Justo eso viene a hacer un libro colectivo que acaba de editar Lumen: Tranquilas. Historias para ir solas por la noche. Un libro que no te deja indiferente, que te hace revivir algunas de esas experiencias guardadas en el cajón del olvido para sobrevivir; en definitiva, que te interpela y te atrapa desde la primera línea del prólogo hasta el relato final. 14 relatos de mujeres valientes que mezclan la ficción, la autoficción y el ensayo: Marta Sanz, Edurne Portela, María Folguera, Lucía-Asué Mbomío Rubio, Sabina Urraca, Carmen G. de la Cueva, Silvia Nanclares, Roberta Marrero, Carme Riera, Jana Leo, Nerea Barjola (por favor, por favor, por favor, leed su Microfísica sexista del poder. El caso Alcasser y la construcción del terror sexual), María Fernanda Ampuero, Gabriela Wiener y Aixa de la Cruz; con unas ilustraciones hermosas a la vez que dolorosas de Sara Herranz.

Las encargadas de dar forma a este libro y de dotarlo de la perfecta estructura narrativa que posee han sido la andaluza Carmen G. de la Cueva, escritora, editora y directora de La Tribu; y la madrileña María Folguera, escritora, dramaturga, directora de escena y gestora cultural. Con ellas, compartimos un ratito de charla sobre un libro que tiene tantos matices que es para releerlo y comentarlo una y otra vez hasta que, ojalá llegue pronto ese día, deje de ser necesario.

Cartografía de las violencias sexuales

El libro hace una cartografía muy precisa de las diferentes violencias sexuales que sentimos las mujeres a lo largo de nuestra vida, desde lo más “insignificante” hasta lo más “terrible”, con un estilo narrativo con el que todas nos podemos identificar, ¿cómo se consigue ese equilibrio y esa capacidad de ser espejo de las historias silenciadas de las lectoras? “Cuando nos sentamos a escribir la lista de posibles invitadas a participar, elegimos autoras de diferentes generaciones, estilos, trayectorias. Sabíamos que el encuentro provocaría un intenso aprendizaje compartido. Sabíamos que bastaría empezar a contar para que nos reconociéramos unas en otras, en experiencias vividas o en deseos.”, nos cuentan Carmen y María. “Algunas nunca hemos hecho autoestop y Jana Leo, Nerea Barjola o Lucía Mbomío nos han llevado de la mano por el significado de este gesto. Otras nunca nos hemos atrevido a viajar solas. Nos contamos unas a otras desde nuestros propios cuerpos y nuestra memoria y el propio punto de partida, la historia personal con vocación de literatura, prende la escucha, el reconocimiento mutuo”, añaden.

Miriam, Toñi y Desirée, Nagore Laffage, Diana Quer, Laura Luelmo o, más recientemente, Marta Calvo, son relatos que todas llevamos pegaditos al cuerpo, relatos que forman parte de nosotras, de cómo nos sentimos, de cómo nos relacionamos con el placer … Unos relatos muy presentes también en este libro desde su génesis misma. “El libro se genera de una acumulación de conversaciones, reflexiones, lecturas, recomendaciones, tratamientos mediáticos que nos remueven -el de Nagore Laffage, el asesinato de Maria José Coni y Marina Menegazzo, viajeras argentinas en Ecuador y definidas por algunos medios como «víctimas propiciatorias»-”, recuerdan sus editoras. Tranquilastoma forma después del visionado de «Nagore», documental de Helena Taberna sobre el asesinato de Laffage”. Helena Taberna liberó el documental durante unos días de julio de 2018 y María lo vio. El objetivo de Taberna era promover la reflexión sobre la violencia de género. “Indudablemente lo consiguió: este libro empezó a caminar con seguridad a partir de su gesto».

«Nos contamos unas a otras desde nuestros propios cuerpos y nuestra memoria y el propio punto de partida, la historia personal con vocación de literatura, prende la escucha, el reconocimiento mutuo».

Un libro con un título que casi casi parece oxímoron al leer su contenido. “Nos gusta la ambigüedad del título”, confiesan las editoras. Para ellas, “puede ser la reivindicación de un deseo: el de ir, sencillamente, tranquilas por la calle y por la vida; puede tener también un carácter irónico, como si imitáramos a los que nos piden que bajemos el tono, que dejemos de revisar, que no hace falta tanta perspectiva de género”; pero “desde luego es un título contestado y cuestionado por los propios relatos que lo componen, y esa complejidad nos gusta”.  

Espacio de cuidados

Carmen G. de la Cueva es una de las coordinadoras de este libro./
Foto cedida por Carmen G. de la Cueva.

Tranquilas ha sido también un espacio de cuidados. Carmen G. de la Cueva se enfrentó a la difícil tarea de abrirse en canal metafóricamente justo cuando lo estaba de manera literal tras la cesárea de su hijo y a la no menos complicada labor de coordinar, junto con María, el trabajo de una docena de personas. Sobrevivir en pleno puerperio a un libro como este es toda una hazaña. “La supervivencia se debe a la tribu”, confiesa. “Por un lado, María y las editoras han tenido paciencia y me han dado algo más de tiempo para escribir mi relato. Los plazos de entrega coincidían prácticamente con mi cuarentena y ni mi cuerpo ni mi cabeza estaban en ese momento para la escritura. Por otro, he tenido la ayuda de mi madre y mi compañero que han cuidado de mi bebé el tiempo justo para que yo pudiera avanzar una hora, dos horas, en la escritura”, nos cuenta. “Más que la logística de los cuidados, lo que más me ha costado ha sido resituar mi memoria —una memoria en estos momentos fragmentada y llena de huecos debido a la oxitocina— y mi cabeza en aquel episodio de mi vida”, añade. “Ha sido como un viaje a una vida pasada”, concluye. 

Porque si los cuidados mueven el mundo, son ineludibles para compatibilizar maternidad y escritura. “Este libro se ha escrito en comunicación acelerada pero paciente”, recuerdan Carmen y María”. “Una en Sevilla, otra en Madrid, una con un bebé de pocos días entre los brazos, otra con una niña pequeña. Otras escritoras que participan se encontraban en una situación parecida”. Para solventar esas dificultades, la receta es sencilla: “Paciencia y confianza”. “El libro invocaba a la verdad y a la identidad en medio del miedo y el peso del género. Era imprescindible contar con los cuidados como parte de las condiciones de trabajo”, aseguran.

Julio Verne es una niña de 7 años que mira el telediario

Este libro es un grito y a una mano tendida para saber que «no estamos solas». En la foto, cedida por ella, María Folguera.

“El narrador de Caperucita Roja ya tiene quien le conteste”, afirman en el prólogo. En él, leemos que “esta vez, Julio Verne es una niña de 7 años que mira el telediario”. Porque Tranquilas es una manera de romper ese silencio al que también nos han condenado: “El hecho mismo de poder contar nuestra historia, de romper el silencio y que otras muchas mujeres lo lean y se produzca el efecto espejo “esta es mi historia también, a mí también me pasó”, es una manera de dejar de ser victimizadas”, asegura María que arranca su relato haciendo alusión a esas historias de detectives que nos presentan siempre como víctimas lánguidas y vulnerables. “Tomamos la palabra y hablamos por nosotras, sí, pero también por aquellas que no han podido ni todavía pueden hablar”, concluye.

“Tomamos la palabra y hablamos por nosotras, sí, pero también por aquellas que no han podido ni todavía pueden hablar”.

Un silencio que no funciona sin el mecanismo de la culpa que nos persigue como una pesada losa. La constante culpabilización y el castigo a la mujer deseante está presente en la mayoría de los relatos de Tranquilas. “Muchas de nosotras hemos recibido una educación católica basada en la culpabilización constante, en el prejuicio y rechazo hacia lo físico”, reflexionan Carmen y María. “Pocas veces hemos leído la historia de la mujer que desea porque el deseo siempre ha sido castigado. Ya sea el deseo de creación, el deseo sexual o el deseo de libertad en cualquiera de sus formas”, continúan mientras vislumbran un horizonte menos negro: “A medida que se creen nuevas narrativas y relatos sobre lo que una mujer puede llegar a desear, iremos rompiendo el silencio”. 

La historia de Carmen trata precisamente del deseo y del consentimiento. Contiene frases que son auténticas joyas y que podríamos aislarlas para convertirlas incluso en nuevos aforismos. De entre todas, hay una muy clarificadora de lo que, en muchas ocasiones, son las relaciones entre hombres y mujeres: “pasé todo el fin de semana con él como si lo que hubiera hecho fuera normal”. “¿Por qué sentimos la necesidad de autoengañarnos y decirnos que no ocurre nada?”, le preguntamos. “Nos han contado mil veces la historia de cómo son los hombres malos, los hombres que someten a las mujeres. También nos han hablado mil veces de cómo debe ser una víctima. Es difícil encajar en ese estereotipo. Es, simplemente, algo que no te puede haber pasado, algo que podría pasarle a cualquiera menos a ti. De ahí la necesidad de silenciar el dolor y la experiencia, de querer borrarla, ocultarla o fragmentarla. No hay justificación posible. La mujer que ha podido ser víctima de violencia física, emocional o sexual necesita tiempo, espacio y un entorno donde poder sostenerse para romper el silencio”, nos responde. 

“El cuerpo es una casa que puede llenarse de grietas o inundarse de agua. Todo lo que no se cuenta, termina rompiéndonos por dentro”.

Romper el silencio y encontrar un “un lenguaje que no dé miedo, que no haga que la vergüenza llegue al tuétano”, como reivindica Carmen en su relato, porque la ausencia de ese lenguaje tiene consecuencias en nuestros cuerpos y en nuestras vidas: “Cada mujer puede tener una manera distinta de sobrellevar el dolor y el trauma, pero si ni siquiera podemos hablarlo, si carecemos de lenguaje y de seguridad para contarnos, ¿qué nos queda? El cuerpo es una casa que puede llenarse de grietas o inundarse de agua. Todo lo que no se cuenta, termina rompiéndonos por dentro”, nos cuentan las editoras de Tranquilas, un libro en el que hablan “catorce mujeres decididas a aventurarse en la vida”. “Este es un libro de supervivencia”, aseguran. Porque frente al miedo que paraliza y que no nos deja ser libres ni felices, “la esperanza es colectiva, como la aventura feminista”. Y lo más importante: “No podemos olvidar que no estamos solas”. 

Antonia Ceballos Cuadrado

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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