El dolor silenciado y punzante de la adenomiosis
El dolor silenciado y punzante de la adenomiosis

Ámal Tarbift

19 mayo 2026

Dolor, mareos, dolor, calambres, dolor, parálisis, dolor, insomnio, luego más dolor y una nublaera mental que me deja viviendo detrás de un cristal sucio. Cada vez siento con más frecuencia estos síntomas. Los llevo en mi útero, en mi cuerpo, desde hace más de veinte años. Cada mes sufro, como mínimo, diez días de esto.

Diez días de cuerpo tomado.
Diez días de sangre.
Diez días de una contracción sin nacimiento.
Diez días de una guerra íntima que no aparece en los calendarios laborales, ni en los partes médicos urgentes, ni en las conversaciones tranquilas de sobremesa.

Intento disimularlo manteniéndome ocupada. Pongo cara seria. Me río por nerviosismo. Camino recta cuando por dentro voy doblada. Contesto mensajes. No puedo hacer planes con amigas. Me siento en una silla como si no tuviera dentro una bestia apretándome los intestinos. El útero se ensancha, me roba el apetito, me hincha la barriga casi por magia, sin embarazo, sin criatura, sin relato feliz que justifique el volumen. Solo carne inflamada. Solo sangre. Solo un órgano empujando desde dentro como si quisiera contar algo y nadie quisiera escucharlo.

Todo alrededor cambia. La luz se vuelve agresiva. Las voces molestan. El tiempo se espesa. No hay belleza, no hay tristeza, no hay alegría, no hay nada. Solo dolor, rabia, soledad y unas ganas enormes de apagarme. De cerrar el grifo de sangre que brota sin cesar. De salir del cuerpo un rato. De dejarlo ahí, sobre la cama.

Me acuerdo con rabia. Me acuerdo con el cuerpo. Me acuerdo de las mujeres abiertas, cosidas, desgarradas, violadas, cortadas, diagnosticadas tarde, escuchadas nunca. De las que parieron sin querer. De las que no parieron y fueron castigadas por ello. De las que fueron madres por obligación. De las que no pudieron serlo. De las que no quisieron. De las que perdieron criaturas, úteros, deseo.

Me acuerdo de las mujeres con ablación, niñas a las que les cortaron el placer antes incluso de poder nombrarlo. Mujeres que aprendieron el dolor antes que el deseo. Mujeres que llevan en la carne una frontera impuesta por otros. Me acuerdo de las mujeres empobrecidas, migradas, obreras, sin los dichosos papeles, sin red, sin dinero para una consulta privada, sin tiempo para descansar, sin baja, sin habitación propia, sin nadie que les diga: ven, túmbate, yo me ocupo.

El cuerpo de las mujeres ha sido constantemente un territorio en disputa, en muchas ocasiones, movido por otros, deciden otros, los… 

Otros cortan.
Otros penetran.
Otros diagnostican.
Otros rezan.
Otros absuelven.
Otros cobran.
Otros mandan esperar.

Y nosotras sangramos, mientras duele, escucho voces: 

Tómate una pastilla
Túmbate
Relájate
Descansa
Se te pasará
Haz yoga
Medita
Come mejor
Bebe agua
Ve a terapia
Respira
Ponte calor
Haz ejercicios de suelo pélvico
Prueba con lavanda
Prueba con sal
Prueba con una obsidiana en el ombligo
No pienses demasiado

La última es muy buena: Te ha castigado Dios por no tener hijos

Como si doliera porque no ha cumplido su función sagrada. Como si el cuerpo nos pasara factura por no haber sido madres, por no haber querido, por no haber podido, por no haber llegado, por haber dudado. Como si el útero solo tuviera derecho a doler cuando está gestando algo. Como si el único dolor respetable fuera el que termina en criatura.
El útero  contrae sin parto.
El útero narra memoria sin ser madre.
El útero carga historia aunque nadie nazca de ahí.

Adenomiosis. La palabra llegó tarde, como llegan tantas cosas a los cuerpos de las mujeres. Es tejido parecido al endometrio creciendo dentro de la pared muscular del útero. Es un útero que se engrosa, que se inflama, que sangra de más, que duele como si se estuviera rompiendo por dentro. Y 3 o 4 veces más que estando en parto, y varias veces al mes. Es dolor pélvico, reglas abundantes, cólicos, sexo doloroso, cansancio, niebla, aislamiento. Una palabra que no cura, ordena y sucumbe al desastre. Una palabra que dice: no era imaginación. No era teatro. No era debilidad. No era falta de meditación. No era castigo. No era exageración.

Era dolor

Me canso cuando me explican mi útero como altar. ¿Cuántas veces hemos escuchado es de  “tu cuerpo es tu templo”? Pues no quiero que me lo conviertan en templo, ni en centro energético, ni en vasija sagrada, ni en castigo divino, ni en fábrica estropeada. No quiero que lo llenen de metáforas para no escuchar lo evidente: duele. Duele de una forma material, concreta, sucia, incapacitante. Duele mientras friego. Duele mientras trabajo. Duele mientras sonrío. Duele mientras pago el alquiler. Duele mientras intento tener deseo. Duele mientras intento no odiar mi cuerpo. Duele mientras intento seguir.

Con amor propio no se resuelve

También escucho eso de “habita tu cuerpo desde la ternura”, pero no puedo porque el cuerpo es una habitación en llamas. Aquí no funciona hablar de sanación si no hay dinero, si no hay casa, si no hay red, si no hay una médica que te crea, si no hay tiempo para dormir, si no hay alguien que te acompañe a una consulta, si no hay posibilidad de faltar al trabajo sin miedo a perderlo. 

No duele igual con ahorros que sin ellos.
No duele igual con contrato fijo que limpiando casas por horas.
No duele igual con papeles que sin papeles.
No duele igual pudiendo pagar especialistas que esperando meses a que alguien pronuncie tu nombre en una puñetera lista interminable. 

¿Cuántas mujeres han aprendido a llamar normal a lo insoportable porque no tenían otro sitio al que ir? ¿Cuántas han sangrado de pie en un trabajo? ¿Cuántas han parido dolor sin criatura mientras cuidaban criaturas ajenas? ¿Cuántas han tragado antiinflamatorios como quien traga piedras? ¿Cuántas han pedido ayuda y han recibido una ceja levantada? ¿Cuántas han escuchado “será ansiedad”? ¿Cuántas han sentido vergüenza de decir que les duele follar, caminar, evacuar o vivir?

El útero es la disputa del cuerpo de la mujer: lo que debe gestar, lo que debe aguantar, lo que debe callar, lo que debe entregar, lo que debe sanar en privado para no incomodar a nadie.

No quiero seguir hablando de esto en voz baja. Ya no aguanto el dolor más y menos que siga siendo una confesión en el baño o en la cama. 

Siento que hay que  socializar más el dolor, porque cuando se hace, de alguna manera se sana. Hay que sacarlo de la cama individual donde nos han dejado solas. Hay que ponerle mesa, silla, nombre, escucha. Hay que hablarlo en común, sin convertirlo en espectáculo, sin obligarnos a exhibir la sangre para que alguien nos crea. Hay que colectivizarlo porque lo que se vive en silencio se vuelve condena, y lo que se comparte puede empezar a volverse fuerza.

Queremos acompañamiento.
Queremos diagnósticos tempranos.
Queremos médicos que no miren el reloj mientras hablamos de dolor.
Queremos amigas que no se asusten si digo “hoy no puedo”.
Queremos trabajos donde enfermar no sea una culpa.
Queremos casas donde alguien pueda tumbarse sin sentir que molesta.
Queremos parejas/amigues que entiendan que el deseo no sobrevive a base de exigencia.
Queremos familias que no pregunten siempre por hijos antes de preguntar por salud.
Queremos una comunidad que sepa acompañar un útero aunque ese útero no geste nunca.

Porque acompañar este proceso no debería depender de la maternidad.

No tendría que doler más legítimamente si una quiere ser madre. No tendría que doler menos si no quiere. No tendría que volverse importante solo cuando amenaza la fertilidad. No tendría que interesar solo porque quizá impida traer vida al mundo. Ya hay una vida aquí. La mía. La nuestra. 

A mí me trataron de loca durante casi quince años antes de un diagnóstico. Quince años de normalizar el dolor. Quince años de “es la regla”. Quince años de “todas las mujeres pasan por eso”. Quince años de aprender a dudar de mi propio cuerpo. Quince años de mirar la sangre como una prueba insuficiente.

Y cuando por fin llega una palabra, no llega limpia. Llega manchada de rabia.

Adenomiosis.

Y el dolor, cuando no se escucha, se convierte en aislamiento.
Y el aislamiento, cuando dura años, se convierte en una forma de violencia.

Porque, además, viviremos y conviviremos con el dolor porque no hay cura, a no ser que te quites el útero, claro. 

Por eso escribo esto. No para que mi útero sea entendido como una metáfora hermosa, claro. Simplemente como una zona de conflicto. Escribo porque no quiero que ninguna mujer tenga que explicar su dolor como quien pide perdón. Escribo porque quiero que dejemos de sufrir cada una en su cuarto, cada una con su bolsa de agua caliente, cada una con su diagnóstico tardío, cada una con su miedo a ser demasiado intensa, demasiado enferma, demasiado poco deseable, demasiado poco madre, demasiado poco mujer.

Ámal Tarbift

Ámal Tarbift

Nací y crecí en El Rif. El trabajo, el coraje y la humildad de su gente la volví a encontrar en la tierra donde estudié comunicación y trabajo actualmente, Andalucía. Mi campo de trabajo es la radio y, a través de los medios de proximidad, me sumerjo en el aprendizaje del pueblo andaluz.

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