Miedosas nos quieren
Miedosas nos quieren

LolaFPalenzuela

9 julio 2024

Pero bueno… No chilles más, ¿es que estás loca?

Se levanta del sillón cabreado y va hacia su hija. Se paraliza al ver la expresión de terror del rostro de Nati

-Pe… pero qué pasa?

Mira hacia el suelo. No hay suelo frente a su hija. Un gran espacio de losetas es ahora un agujero negro que rezuma un denso y apestoso humo.

-Nati ven conmigo-, dice muy bajito Toño. – Ven cariño.

La niña va hacia su padre.

-¿Y mamá?-, le pregunta Toño. -No ha vuelto del trabajo-, le contesta con angustia.

Una sintonía estridente suena de golpe detrás de ellos. Tuercen la cabeza hacia la tele. El sonido sale de ahí, pero en la pantalla no se ve nada. De repente aparece un locutor claramente agitado, sentándose tras la mesa del estudio de televisión.

-Nos llegan últimas noticias de los derrumbes producidos esta mañana en el norte de la ciudad. Las autoridades llaman a la calma a la población. El comunicado que nos acaba de llegar informa que… informa… El locutor toma aire, informa que nuestra ciudad está sufriendo en estos momentos un fenómeno nuevo y desconocido. Que ante la gravedad de los hechos que se están desarrollando de forma vertiginosa, piden a toda la población que está en sus casas que salga de ellas.

El rostro del locutor está brillante, el sudor y la congestión son cada vez más evidentes. Mira el papel que tiene delante, lo toma fuertemente con ambas manos con un temblor manifiesto.

Toño acerca a Nati hacia él. La agarra fuertemente por los hombros. Siguen mirando la tele atónitos.

El locutor carraspea y se dirige a la cámara. Baja la vista al papel. Vuelve a mirar a cámara.

-Ante todo mucha calma.  Carraspea. Vuelve a leer. Las autoridades nos comunican que todas aquellas personas que estén en sus casas, que… Mira a la cámara, que salgan de ellas y se dirijan al puente inmediatamente.

-Dejen todo y salgan cuanto antes-, dice el locutor con la cara cada vez más roja –Diríjanse al puente, no hay tiempo para nada. No cojan nada de sus casas-, sigue diciendo el locutor cada vez más angustiado. Vuelve al comunicado. Las autoridades recuerdan que es de suma importancia que lleven con ustedes sus dosis del medicamento.  Sube la vista a cámara, ya no es angustia, es terror lo que transmite esa cara. Por favor, no se olviden el medicamento y salgan hacia el puente, allí… La pantalla vuelve a negro.


Bueno, este puede ser el inicio de una historia más de tantas que podemos ver o escuchar.

Esto lo podemos aderezar con violaciones a mujeres (por supuesto), con secuestros y maltratos varios… a mujeres (por supuesto); con virus y bacterias asesinas varias; con terre- maremotos; máquinas con vida propia que dejan de hacer café y te cortan la yugular mientras riegas tu poto; cucarachas voladoras que aumentan de tamaño y te miran fijamente; muertos vivientes, como no, asquerosamente despellejados, que si bien parece que no se tienen en pie, corren que se las pelan.

También están los corruptos, los descerebraos malos, muy malos, que se hacen con el poder del mundo mundial y someten a toda la población; o la población que se salva a sí misma pero tiene que vivir en un inmundo agujero sin na de na y también, casi siempre, con un enterao que siempre sabe lo que hay que hacer en esos casos. Y cómo no, también podemos disfrutar de mucho, mucho tío cachas que sabe (también) de todo y en ocasiones, las que más, salva al mundo, en otras solo salva a la chica y en otras, las menos, como que parece que salva a la prota femenina (esa que cobra menos que el prota masculino) pero al final mueren los dos.

Pues eso, que estoy harta. Que bastante tengo con el miedo que dan algunos de nuestros representantes que quitan banderas y ponen otras, que mandan retirar placas para poner otras, que hablan de la inviolabilidad de la Constitución y la incumplen de continuo. También de los niñatos y no niñatos que con banderas al ristre han salido del armario del NoDo y se empeñan en convencer a base de insultos y salvajadas de lo que esta sociedad ya tiene más que superado y que nos distopican con mensajes de que ahora son ellos los que van a mandar, con sus discursos vacíos y sus continuas mentiras y patadas a la historia.

Todo ese ruido viene a ser como el agujero nauseabundo que aparece en casa de Toño y su hija Nati, no deja de ser más que eso, humo denso y siempre apestoso. ¿Que existe? Sí. ¿Que nos están dando por saco? Sí. Pero que vale ya de creernos que esta gente con sus ideas y modos nos van a invadir. Que la distopía está bien para un ratico y con palomitas, pero que todo el vómito y exabruptos en espacios como Twitter, la X esa, y otros canales, pues son eso, bravuconadas para hacer callar e infundir miedo por estos grupos reaccionarios y conspiranoicos organizados internacionalmente. Grupos, eso sí, que cuentan con el apoyo de algoritmos sesgados y de plataformas y canales que saben monetizar el insulto y el odio.

Ante esta oleada distópica yo prefiero volver a la utopía. Pensar que podemos cambiar el mundo siempre nos dará mucha más energía para ponernos a andar y pensar (esto es fundamental, pensar). Ya lo hemos hecho antes, mucho antes, desde antes de que descubriéramos el fuego un día que estábamos aburridas. Ahora, como siempre, es tiempo de buscar la buena compaña y seguir con el tono y el brío que nuestras ancestras tuvieron y que nosotras también hemos tenido que heredar.

Así que, menos lobos Caperucita y más ver cómo damos la vuelta a las cifras de pobreza de este país (tasa de pobreza de menores de 16 años de un 28,5 % y con 12.7 millones de personas en riesgo de pobreza y/o exclusión social en un país de 47 millones); cómo cuidar a nuestra gente, la nacida en estas tierras y las que han llegado y viven con nosotras y las que siguen llegando; cómo  tener un techo que nos cobije dignamente y lejos de especuladores; cómo conseguir trabajos y salarios dignos; cómo revertir el mosqueo de nuestra tierra, de nuestros mares y de nuestros cielos; cómo volver a tener una sanidad en condiciones, esa a la que vino a conocer la Hilary Clinton para ver si podían en los Estados Unidos hacer algo parecido, y las escuelas, cómo no, esas escuelas públicas, que como sigan reduciendo presupuesto, ni para barracones van a tener. Que digo yo que lo de la concertada estuvo bien porque en la transición había pocos centros públicos, pero entiendo que ahora el concertado como que sobra ¿no? Que quien quiera público, pues hala, y el que no, pues al privado, que así la elección es más fácil.  

Y a modo de final un libro: “Utopía no es una isla” de Layla Martínez. Editorial Episkaia.

LolaFPalenzuela

LolaFPalenzuela

Obrera de la palabra, que ama las causas justas aunque sean difíciles y a veces perdidas, y que sabe que el arma más poderosa de transformación social es la palabra pensada, escrita, hablada, compartida. Creo en el periodismo comprometido y riguroso y abomino de la manipulación en todas sus formas y contextos.

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