El tambor de la lavadora
El tambor de la lavadora

LolaFPalenzuela

28 junio 2024

8:30 de la mañana. Sábado. Entras a la lavandería de tu pueblo. Solo hay una persona. 

-Buenos días.
-Buenos días. 

Nunca antes habías estado en una lavandería. El espacio parece cómodo. Dos mesas muy grandes (serán para doblar la ropa, te dices). Debajo cajas grandes transparentes (será para meter la ropa que saques de la lavadora, te dices). 

El local, grande y con ventanas a la calle, tiene un pequeño sofá y varias sillas. Hay una estantería con libros (entre ellos, siete tomos de las historias de Julio Verne) Al fondo una máquina de café (café, chocolate, té y capuchino). Lo mismo te tomas luego uno. 

Has salido sin desayunar de casa, así que estaría bien cargar una de las lavadoras y tomarte un café. Un capuchino, que te gusta. O mejor salir a desayunar, ¿no? Buscas en el monedero y… ¡No! Solo tienes dinero para la máquina de lavado y secado: 6 euros lavado y 1 secado. Con el euro que te queda no te da ni para un café. ¡Mierda! Bueno, resignación. Esperarás más de media hora de lavado del edredón que dice la pantalla de la máquina que dura el programa. Vas al sofá, te sientas. Es menos cómodo de lo que parece. 

Abres tu bolsa y buscas el móvil. Te pondrás el último podcast que estabas escuchando y mientras verás el Instagram y el Facebook. Hace ya tiempo que te diste de baja de Twitter. Desde que entró el impresentable ese que ahora ha decidido que la pornografía sí se va a poner en su red. Él puede prohibir otros mensajes, pero la pornografía es algo de interés planetario (eso lo mismo lo aprendió en una de sus últimas conversaciones con Milei, el personaje de IT de Stephen King que subió el pasado diciembre a la presidencia de Argentina con el 55 por ciento de los votos).

Bueno, pues eso. Que buscas tu móvil. Rebuscas ¿dónde está? Jo, ¡cuántas cosas llevas en la bolsa! No lo encuentras. Sigues rebuscando. No está. Imposible. ¿Cómo te vas a dejar el móvil? No puede ser. A ver, tranquila, busca bien. Pues no. No está. Miras la lavandería. El hombre que te saludó ya se ha ido. Estas solas. Y ahora, ¿qué haces tú sin móvil?

Nerviosa te levantas del sofá (incómodo). Das una vuelta por el local. Te sientas en la silla que hay frente a la lavadora donde metiste el edredón. Ves cómo da vueltas ¿qué vas a hacer casi una hora ahí? ¿mirar las vueltas que da el edredón? Que pérdida de tiempo. ¡Y en fin de semana! Con todo lo que tienes que hacer y tú ahí, mirando el tambor de la lavadora.

Miras la lavadora dar vueltas. Sigues mirándola. Sigues. Oye, esto relaja. De pronto dejas de pensar en el móvil, en el café, en el sillón incómodo, en el fin de semana, en que hoy es sábado y tienes mucho que hacer, en… ¡Qué tranquilidad, por dios!

-Buenos días

Das un respingo. Una señora te mira amablemente y se dispone a sacar la ropa de la bolsa que lleva.  Miras el tiempo de tu lavadora. Faltan 3 minutos para terminar el programa. ¿3 minutos?  ¿Cómo ha pasado tanto tiempo? No puede ser.

Mientras te preguntas alucinada qué ha podido pasar, tu lavadora se para. Te levantas. Sacas el edredón y lo metes en la secadora. Le das 10 minutos. ¿Será suficiente?, piensas. Le echas el euro que te queda. Mejor 20 que luego se te queda húmedo. Echas las monedas y te sientas de nuevo en la silla. Las giras. La secadora está a tu derecha. Te quedas mirando el tambor. Lo ves girar. Girar. Girar. 
– Perdón. Tu secadora ya ha terminado-, me dice la mujer que ha entrado hace poco. 
– ¿Ya?-, pregunto sorprendida.
– Gracias-, le digo.

Me levanto no dando crédito a lo que me está pasando. Saco el edredón. Compruebo que está seco. Lo doblo en una de las mesas que tengo a mi espalda. Lo meto en la bolsa. 
-Adiós-, me despido de la mujer.

Me monto en el coche. ¿Pero qué te ha pasado? Ha pasado más de una hora y parece como si acabarás de entrar.  El reloj del coche marca las 9:43h. Hoy viene la familia a comer, piensas. Tienes que ir a comprar. Tienes que comprar rápido porque tienes que arreglar la casa y tienes que hacer la comida y tienes…

Enchegas el motor. Te diriges al supermercado. Pasas el supermercado. Sigues carretera para adelante. Sales del pueblo. Coges la carretera de la Costa. Tomas un desvío. Luego otro. Sigues recto. Llevas los cristales bajados. La carretera es estrecha. Otro desvío. Miras el cuentakilómetros, no vas a más de 40. Miras las montañas que tienes delante. Miras el Valle a tu izquierda. Escuchas pájaros. Hace algo de viento y los árboles parecen bailar. 

La carretera sigue y el paisaje va cambiando. Ves el pantano. Buscas dónde aparcar. Te bajas. ¡Qué maravilla! Te sientas en una silla muy grande que se encuentra en una especie de pequeño paseo. Enciendes un cigarro. Hay nubes. Hay sol. Hace una temperatura perfecta. Escuchas al Valle. 

El paisaje empieza a oscurecerse. Parece que ha refrescado. Enciendes otro cigarro. ¿Qué hora será? Te levantas y vas hacia el coche. De regreso a casa ves como el día se va yendo. Esas nuevas luces cambian el paisaje de vuelta. Sigue siendo igual de maravilloso. Precioso.  

Cuando llegas a casa no hay nadie. Ves una nota en la nevera: Hemos salido a comer. Volveremos tarde. Dame un toque cuando estés en casa. 

¡El móvil! Lo buscó. Está encima del taquillón de la entrada. Mando el mensaje: Ya estoy en casa. Me voy a la cama. Mañana nos vemos. 

Es de noche. Me desnudo y me meto en la cama. Mientras me duermo escucho el viento en los árboles, los pájaros. Veo el Valle, el pantano, el pueblo que se ve a lo lejos en la ladera de la montaña. El sueño me alcanza. ¡Qué felicidad! 

-¡¡¡Riiiiiiing!!!! Sueña el despertador. Abró los ojos. Los primeros rayos de luz de un nuevo día están ahí. Te saludan.

LolaFPalenzuela

LolaFPalenzuela

Obrera de la palabra, que ama las causas justas aunque sean difíciles y a veces perdidas, y que sabe que el arma más poderosa de transformación social es la palabra pensada, escrita, hablada, compartida. Creo en el periodismo comprometido y riguroso y abomino de la manipulación en todas sus formas y contextos.

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