Granada no es Nueva York (ni falta que hace)

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Julia Amigo./ Antropóloga.

Estoy viendo una serie después de comer. Oigo por la ventana a un grupo de gente cantando. Vienen creando alboroto por la calle del agua parriba. Llevan guitarras y escucho el chisssss inconfundible que emiten sus latas de cerveza al ser abiertas. Vivo en un bajo, en una de las calles peatonales más bulliciosas del Albayzín granaíno. Cuando la gente decide pararse delante de mi ventana, el ruido se vuelve muy fuerte, tanto que ahora me obliga a parar la serie porque ya no consigo escuchar los diálogos. 

Mucha gente se exasperaría y gruñiría, enfadada. Que se vayan a hacer ruido a otro lado.

Yo me maravillo. Qué poco importa el ritmo establecido o impuesto aquí, en mi tierra. Cuánto importa por el contrario el ritmo orgánico, el que responde a los llamados del barrio, a los ruidos de la comunidad. Tengo a un grupo de vecinas y vecinos tocando justo frente a mi ventana. Decido apagar la tele y me relajo en el sofá. 

Volver al Albayzín es como coger un avión desde el islote donde se ha permanecido incomunicada directamente hacia el corazón de Manhattan.

Después de dos años viviendo en Islandia, regresar a Granada es como volver al mundo después de haber pasado diez años en una isla desierta, aislada y sola. Volver al Albayzín es como coger un avión desde el islote donde se ha permanecido incomunicada directamente hacia el corazón de Manhattan. De la isla solitaria y fría a la selva húmeda, frondosa y urbana, llena de criaturas fascinantes, ruidos inquietantes y caras que por costumbres ya olvidadas resultan extrañamente conocidas.

El reencuentro

Así me reencuentro, por ejemplo, con el madruga, hombre de edad indefinible que recorre las calles del Albayzín profiriendo chillíos desde hace muchísimos años. Ya lo hacía cuando mi madre, allá por los 70, era una niña espigada que compartía cuarto con dos hermanas y un hermano en la casa que yo misma habito hoy

El madruga se lleva dedicando toda su vida a hacer recados. Las personas del barrio que necesitan algo pero, por distintos motivos, no pueden ir a por ello, lo paran desde sus ventanas a pie de calle o desde los trancos de sus portales y le piden lo que buscan: boquerones pa poner con las lentejas, unas margaritas pal salón que está mu triste o una barra de pan de la María. El madruga siempre te dice buenos días cuando pasa como una exhalación corriendo a tu lado.

Por algo, cuando yo vivía en Reykjavík me ponía en ocasiones, en bucle, el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick. Recuerdo escucharlo en el autobús, observando la ciudad completamente nevada, reconfortada al sentir las palabras de Lorca caldeando mis oídos. 

Fue quizás en alguno de esos viajes de autobús atravesando la ciudad helada cuando decidí que quería cumplir los 30 en Brooklyn o en Manhattan. 

Extranjera en tu tierra

En septiembre de 2018 me embarqué en un vuelo desde Keflavik hasta el JFK de Nueva York, movida por un asumido y consciente lugar común. Era una ciudad que había que visitar, a ser posible, una vez en la vida. Lorca también estuvo en Nueva York, una ciudad alucinante, para él y también, después de pasar una semana allí, para mí. 

Cuando exotizamos lo lejano estamos condenando a lo cercano a la opacidad. Como si las oportunidades, lo excitante y lo atractivo sólo pudieran suceder allá, lejos, y no aquí, al lado.

Cuando se vuelve a la tierra donde a una la parieron después de haber experimentado y de haber viajado a lugares lejanos y desconocidos, se vuelve rellena de una pasta nueva o, al menos, distinta. 

La extrañeza de reconocerte extranjera en tu propia tierra al regresar después de un tiempo fuera solamente es equiparable a la alegría intensa que te invade cuando redescubres códigos y rincones y te das cuenta de que sigues formando parte de ellos. 

Aunque está claro que los placeres que existen en el viaje y en la aventura de acercarse a lo nuevo son innegables, ¿qué pasa cuando ya no podemos desplazarnos con tanta facilidad? Cuando exotizamos lo lejano estamos condenando a lo cercano a la opacidad. Como si las oportunidades, lo excitante y lo atractivo sólo pudieran suceder allá, lejos, y no aquí, al lado.

Mundos paralelos

No existe un solo mundo que descubrir. Existen multiplicidad de mundos por experimentar. “Descubrir” como ejercicio adolece de unos aires de superioridad que me resultan sospechosos, peligrosos. Experimentar es una manera mucho más amplia de entender el viaje y el hogar. Al fin y al cabo, tanto cuando recorremos nuestra tierra natal como cuando paseamos por un lugar desconocido, estamos experimentando temperaturas, vientos, caras, sonrisas, que son casi siempre distintas, aunque ya las conozcamos de antes. 

¿Qué ocurre con esa gente que nunca regresa al lugar donde nació?, ¿y con aquellas que viven en un viaje continuo?, ¿o esas otras que nunca han salido ni saldrán de su pueblo o su barrio?. Los relatos son infinitos y creo firmemente que si cambiamos ese “descubrir” por un mucho más amable, experimentar o sentir, estaremos promoviendo un modo de pensar nuestra existencia mucho más orgánico y centrado en las posibilidades de nuestras propias comunidades.

Si tenemos que quedarnos en casa, y con casa me refiero aquí a nuestra provincia o comunidad, ¿por qué no exotizar y romantizar lo que se esconde dentro de nuestros propios hogares?

En un momento de quiebra del modelo turístico debido a la situación de pandemia, nos encontramos también ante una inesperada oportunidad para repensar nuestros modos de imaginar el viaje y de vivir y disfrutar lo estático. Que no nos podamos mover de nuestro roalillo no debería significar que desaparezca la oportunidad de experimentar cosas nuevas.

El imperativo de viajar, consumir nuevos lugares, movernos continuamente, es agotador y, en cierto sentido, nos vuelve dóciles. Cuando regresamos a casa, ya estamos pensando en cómo y hacia dónde escapar de nuevo. Si tenemos que quedarnos en casa, y con casa me refiero aquí a nuestra provincia o comunidad, ¿por qué no exotizar y romantizar lo que se esconde dentro de nuestros propios hogares?, ¿por qué no apostar por redescubrir, redisfrutar, remirar, lo que siempre nos ha rodeado y nos hemos negado a apreciar?. 

Soñar en vez de dormir

Nueva York y el Albayzín tienen mucho más en común de lo que nos han querido hacer creer. Tan solo hay que mirar con el corazón abierto para entenderlo. 

En esta ciudad no duerme nadie, no duerme nadie. Las criaturas de la luna olisquean y rondan las cabañas. Nuestras casas, hechas de recuerdos, nos enseñan a iluminar lo que siempre permaneció oculto al ojo. Las iguanas y los cocodrilos morderán a la mujer que no sueña. Por el cielo se dibuja el insomnio de todas. 

No duerme nadie. En esta tierra hecha de historias, tan llena de vida, rebosante de cuestionamiento. Aunque no hallemos las respuestas en la niebla, sabremos bailar con las sombras, besar al toro, fornicar con los juncos y prestar atención a los grillos que cantan en la oscura aurora.

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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