Mi amiga es Liz Gilbert y yo soy escritora

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

María Corrales Fernández

Soy escritora y como tal hoy escribo. No me queda otra. Ya llevo varios meses describiéndome así y al nombrarme añado una sonrisa amplia, humilde, intentando creerme de verdad que si lo repito muchas veces al presentarme en círculos nuevos me convertiré en redactora de una buena revista, publicaré una novela o dos antes de los treinta y me llamarán para traducir las novelas de Chimamanda Ngozi Adichie y de Elizabeth Gilbert. 

De esta última me considero estrechamente unida. Casi diría que somos amigas íntimas, si no fuera por el hecho de que ella no sabe que existo, pero yo he leído todos sus libros sobre creatividad, escritura, he escuchado sus charlas TED sobre cómo la constancia tiene su recompensa y se puede ser escritora si escribes al llegar a casa después de un turno de ocho horas en una cafetería que te permite pagarte el alquiler pero no te confundas, tú eres escritora, yo soy escritora. 

Lo soy, porque lo siento dentro de mí, esta vorágine de palabras que me pide salir. Sin embargo, llevo meses consumiendo libros de autoayuda, como los de Liz (sí, ya la llamo Liz), sin apenas escribir una palabra de ficción o de ensayo, solo me da la mañana para escribir en una especie de diario que viene genial para dar oxígeno a los pensamientos ansiosos, las Morning Pages, las llaman, su traducción en páginas matutinas pierde bastante caché. 

«Casi cada día me planto delante de la hoja en blanco con intención de crear un artículo profesional y profundo sobre algún tema de actualidad y termino entrando en la vorágine que es YouTube y aprendo a hacer fermentados un día».

Y así, escribiendo con la pluma Parker heredada de mi padre cada mañana considero que cumplo con mi cometido de escritora, cuando sé honestamente que no es así, que el contar que ayer salí a correr y que pude controlar un ataque de ansiedad mediante respiración consciente no cuenta si quiero salir de mi cuaderno al mundo mediante la escritura.

Siento que tengo tanto que contar que privaría al mundo de mi arte, esto creo haberlo leído también en alguna de mis lecturas motivacionales, sin embargo, casi cada día me planto delante de la hoja en blanco con intención de crear un artículo profesional y profundo sobre algún tema de actualidad y termino entrando en la vorágine que es YouTube y aprendo a hacer fermentados un día y cerámica sin necesidad de horno alfarero al siguiente. 

Negro sobre blanco

Pero tranquila chiquilla, que eres escritora, lo tienes dentro, lo sabes, te lo ha dicho Liz. Todavía puedes buscar en alguna carpeta de la nube y sacar un texto que le escribiste a un guitarrista sevillano a los diecinueve años al volver a casa semiborracha una noche de jueves estudiantil de micro abierto y muchas ganas de sentir cosas nuevas, de ser artista, de poner negro sobre blanco.

Puedes pillar ese texto y subirlo a tu viejo blog, que aún mantiene las visitas constantes de tu madre y de familiares que viven en el extranjero y así se sienten más cercanos a ti, para que parezca que sigues siendo productiva y escritora, igual de creativa que en el instituto cuando los cuentos te salían por las orejas, o en la facultad, cuando la poesía te adornaba las dudas y florecían palabras como el azahar en esa Sevilla de primavera.

«Creo que me he terminado tragando enterito el discurso manido de que del arte no se vive y sigo tomando una tangente detrás de otra para evitarme a mí misma, a mi fracaso, más bien».

Mira, qué bien, ya vas entrando en materia: azahar, primavera, todo poético, qué gran escritora. Sí, sí, escribes y se te limpian las ideas, sin embargo, no aparecen cuentos nuevos desde hace demasiado, ¿me estaré contaminando? ¿Debería leer menos? Leer menos te mermará los ánimos y la inspiración, lo sabes. Entonces, ¿tendré miedo a la página en blanco? Pues no creo, cada mañana me enfrento a ella en mis Morning Pages y no tengo problema. 

Creo que es más bien el perfeccionismo, como en las entrevistas de trabajo, mi mayor defecto, que yo quiero ser ya Maruja Torres sin haber pisado jamás un terreno conflictivo. Creo que me he terminado tragando enterito el discurso manido de que del arte no se vive y sigo tomando una tangente detrás de otra para evitarme a mí misma, a mi fracaso, más bien. Soy una mujer de veinticinco años, traductora, humanista, escritora, ¿qué hago con esos títulos? 

Miro al infinito desde el piso de veraneo de mis padres, porque con la pandemia he perdido el trabajo en hostelería que me permitía compartir un piso decrépito y bebo un poco de agua. Pues se resumen, de nuevo, en escribir, me imagino. ¿Sobre qué?

Escribir, escribir, producir, escribir

Sobre que no tengo ni idea de cómo empezar a escribir, por ejemplo, porque se ve todo negro desde aquí, desde mi mirada de muchacha de los noventa que al cumplir el medio siglo ha vivido dos crisis mundiales y quiere vivir del arte, ole tú hija mía, mira que tienes ideas buenas, factibles, realistas, de futuro. 

«Pienso, a la vez que se me viene a la mente Liz Gilbert en sus retiros a Bali. Por lo visto se escriben solas las novelas desde Bali, y te da tiempo a meditar y a hacer surf y a acariciar elefantes, todo mientras eres escritora».

Mi madre me repite día sí y día también que al menos haga el máster para ser profesora de secundaria y, «una vez ahí, ya puedes pedir reducción de horario hija, con lo buena profesora que serías, ¿no? Con esa paciencia que tienes, con lo del bilingüismo, y ya puedes escribir y pintar además de tu trabajo remunerado continuamente a prueba de crisis y pandemias (hasta ahora)». 

Suspiro, vuelvo a mirar al infinito y a beber de mi vaso de agua, alguien del bloque practica con una trompeta canciones de Disney. «Más te vale darle caña, artista», pienso, a la vez que se me viene a la mente Liz Gilbert en sus retiros a Bali. Por lo visto se escriben solas las novelas desde Bali, y te da tiempo a meditar y a hacer surf y a acariciar elefantes, todo mientras eres escritora.

Lo que tienes que hacer es desearlo muy fuerte, eres escritora. Ahora, escribe, que del arte no sé si se comerá, pero de una página en blanco desde luego que no. Soy escritora y como tal hoy escribo.

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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