Aquí yo me siento libre, aquí yo puedo hablar

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Luz Marina/ Ilustraciones: La Mari Muriel

Después de la formación en el curso Derribando Fronteras: erradica los estereotipos que sufren las mujeres migrantes en sus países de origen y en la sociedad de destino, impartido por Alianza por la Solidaridad, se me encarga la ardua tarea de escribir sobre las temáticas aprendidas en el curso como parte de la campaña de incidencia social y política en Sevilla y Granada. Y no es ardua porque no haya aprendido, sino por el lugar en el que me tengo que poner. 

El curso da visibilidad a las mujeres africanas en España, donde ellas mismas han hecho que nos despojemos de parte de nuestros conocimientos socialmente construidos y crear unos nuevos con ellas en primera persona, con sus propias voces y expresando sus problemas. Y una vez aquí pienso, ¿cómo voy a escribir yo sobre ellas sin caer en un acto de silenciamiento? La mejor forma era hacerlo con otra compañera y yo ser un mero canal para transformar su relato al papel. Entonces, conocí a Edwige. Ella es una mujer de Camerún que lleva ya casi 3 años en España. A través de una compañera de CEAR, llego a ella y me pide que nos tomemos un café para hablar y conocernos.

Me cuenta que allí, o por lo menos en su país, “la mujer antes no podía hablar muy fuerte, ahora no tiene derecho tampoco de hablar muy fuerte, pero se puede hablar”.

Edwige es una mujer de esas que su presencia inunda la habitación y, en este caso, la calle cuando la vi aparecer. Se me presenta con mucho cariño y simpatía, como si ya nos conociéramos, y me invita a que me siente en el bar de la acera de enfrente. Comienza a hablarme de la situación de la mujer en África. Me cuenta que allí, o por lo menos en su país, “la mujer antes no podía hablar muy fuerte, ahora no tiene derecho tampoco de hablar muy fuerte, pero se puede hablar”. 

A pesar de todo, Edwige asegura que las mujeres hacen muchas cosas para que les escuche el gobierno, como huelgas para pedir sus derechos. Y ahora, “yo puedo decir que sí se tiene un poco en cuenta a la mujer, pero el hombre en África es hombre, su decisión es su decisión y muchas mujeres tienen que aguantarla”. Y aunque las mujeres somos más del doble de la población, dice que “llevan muchos años siendo los hombres y los gobiernos quienes deciden y que ellas están empezando a tener esa capacidad de decisión”, y termina añadiendo, “en África todo es muy difícil para las mujeres”.

Centrándonos en el tema laboral, las mujeres pueden trabajar, por supuesto, pero no es fácil con las cargas familiares y con la idea de priorizar a las familias. Tiene un fuerte peso el nivel de estudios pues, afirma que si tú ves una mujer africana que  tiene trabajo, es una mujer que está estudiando, que tiene diplomas, la ESO y demás. “La cosa es que para la mujer africana, la escuela no es importante para ella, sólo la familia que tiene mucho dinero puede mandar a su mujer a otro país para estudiar. Si no, si tu familia no tiene dinero, tú no puedes estudiar”. Ella viene de una familia humilde pero no “pobre, pobre”, como dice, y eso le ha permitido estudiar.

Su historia, nuestra historia

Me parece importante, no sólo contar su situación como mujer migrada, sino en el contexto que ella ha vivido y entender por qué migró. Al ahondar en su situación personal, me cuenta que su caso es muy particular, pues ella dejó en Camerún una niña de 1 año y un niño de 4 para poder sentirse una mujer libre. Se llena de emoción cuando habla de su hijo y su hija y cuenta que fue lo más difícil de dejar atrás, pero que necesitaba libertad. 

“¿Hasta cuándo? porque tú lo que quieres es tener tu libertad de hacer tus cosas bien. A mí me gustan los hombres  y las mujeres. Los dos. Pero aquí, en mi país no se puede hacer esto. Si te ven hacer esto es un delito”.

Llama a su caso “particular” porque ella es una  mujer bisexual, algo que en Camerún está penado de 6 meses a 5 años de cárcel. Esta libertad que ella expresa no es sólo a nivel penal, también personal, “cada persona tiene las cosas que quiere. En mi país si por ejemplo tú eres una mujer que eres lesbiana no puedes hablar, no se puede ver un hombre bisexual o lesbiana, en la calle. No se puede y haces tus cosas así, que nadie te ve, y ¿hasta cuándo? porque tú lo que quieres es tener tu libertad de hacer tus cosas bien.

A mí me gustan los hombres  y las mujeres. Los dos. Pero aquí, en mi país no se puede hacer esto. Si te ven hacer esto es un delito. Te pueden, quizás, pegar, te dicen todas las cosas feas que hay. Toda la libertad molesta, te dicen que te van a matar, hay un montón de cosas. Porque yo me fui, dejando a mi familia para venir para acá. Y ahora, aquí yo me siento libre. Puedo hablar. Aquí con la gente puedes hablar como tú quieras, y decir “yo me siento así, libre, así que me gusta aquí. Eso es lo que hay.” 

Además de sus preferencias sexuales, para ella la libertad reside en vivir en casa, sola, pudiendo salir con sus amigos o amigas, sin tener que preguntarle a nadie, ni familia ni marido, como asegura que sucede en su país. Aquí  se puede sentir como ella se siente y eso la hace libre.

Con esta libertad, siente que la mayoría de africanas que conoce en España piensan como ella, que aquí están más libres. Sin embargo, ella sigue prefiriendo relacionarse con españoles por un tema de idioma. Cuando llegó a España, en CEAR aprendió español y recibió cursos. Se dio cuenta que al juntarse al principio sólo con africanas, estaba siempre hablando francés, por lo que se propuso que su círculo de amigos y amigas más cercanas fueran españolas. 

Ilustración: La Mari Muriel (@lamarimuriel).

El idioma es algo básico para poder vivir aquí. Insiste en varias ocasiones que quiere hablar perfectamente español para hacerse entender y como vía para conseguir un trabajo. A nivel laboral, ella lleva dos años trabajando como limpiadora en CEAR, “el trabajo que tengo es muy importante para mí, para sacar mi residencia, si no tengo trabajo, cómo voy a sacar la residencia. Tengo que tener un contrato de trabajo de un año. Tienes que tener toda tu fuerza para tener una vida tranquila. Saber qué quieres hacer. Cada cosa tiene un momento, el momento de bailar, de salir,…”

Ella tiene titulación de bachiller en su país y formación profesional. Esos títulos aquí no valen nada, y se queja de que le va a ser más fácil y rápido sacarse la ESO que poder obtener la homologación de sus títulos realizados en Camerún. Por eso, cuando le pregunto si quiere seguir siendo limpiadora me contesta con un rotundo no. “Cuando busqué trabajo fue el primer trabajo que he visto. Yo quiero ahora aprovechar, yo quiero sacar la ESO, porque yo tengo bachiller de mi país pero quiero homologar esto aquí aunque me lleve tiempo. Hay mucha oferta de trabajo en CEAR, por ejemplo, de monitor, que hay que tener un poquito de estudios, como la ESO.” 

Quiere ir poco a poco labrando su sueño, ya tiene cursos de infografía, cuidado de personas mayores y manipulación de alimentos, entre otros. Tiene una fuerza y una perseverancia indomable.La historia de Edwige, aunque con sus particularidades, coincide con muchas de las historias contadas por las demás mujeres africanas durante el curso. A pesar de que eran de diferentes puntos del continente, todas tenían problemas comunes que fueron saliendo y coincidiendo ¿Cómo pueden tener los mismos problemas mujeres de tantísimos países diferentes? Supongo que por la misma razón por la que todavía hay gente que cree que África es un país.

Derribando muros

Edwige, ella insistió en varias ocasiones en la problemática del idioma, aunque ella, al estar en CEAR, tuvo acceso a la clases de español. La mayoría de personas migrantes no tienen esa suerte. Esto facilita no sólo la comunicación y la integración del día a día, sino la pata más importante en el mundo en el que vivimos, la laboral. Dentro de este ámbito, también muchas mujeres durante el curso se quejaron de su encasillamiento en el ámbito de los cuidados y que parece que no se pueda alcanzar otras metas.

Esto se puede dar por el llamado apartheid laboral que crea ese nicho de trabajo limitado. Aunque la protagonista de este artículo recibiera formación por parte de CEAR para ir rompiendo con esos encasillamientos, lo cierto es que, al igual que con el idioma, la mayoría de mujeres africanas no han  tenido esa suerte. Si a esto le sumamos la falta de homologación que tanto Edwige como el resto de mujeres africanas se quejaban, hace que su techo de cristal sea aún más bajo que el de la mayoría de mujeres.

En varias ocasiones me habló de la invisibilización de la mujer africana, y sobretodo bisexual o lesbiana, cuando dice que conoce más casos de hombres negros gay aquí pero que no conoce otras como ella. 

Otra de las problemáticas que surgieron por parte de las compañeras del curso fue las dificultades de acceso y exclusión de las niñas y niños negros africanos en las escuelas infantiles. Por ello, otra pata de este proyecto es la recogida de firmas para ratificar este derecho a la infancia que se está pasando por alto por la falta de NIE de algunas madres. 

En varias ocasiones me habló de la invisibilización de la mujer africana, y sobretodo bisexual o lesbiana cuando dice que conoce más casos de hombres negros gay aquí pero que no conoce otras como ella. Durante el curso se dio como propuesta la responsabilidad de las personas africanas de dar un paso al frente y contar, como ha hecho Edwige. Tanto ella como las protagonistas dejaron atrás muchas cosas para conseguir una  vida mejor para si mismas. Mujeres con mucho poderío que tienen muy claro sus objetivos y que, aunque sea poquito a poquito, lo van a conseguir, porque les sobre fuerza y ganas para vivir las vidas que ellas quieran.

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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