Los cuidados como la última trinchera

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Cristina del Villar Toribio

Hace unos meses se declaró el estado de alarma y con él se desencadenaron toda una serie de sucesos increíbles propios de una novela de ficción apocalíptica. Un ejemplo de ello es que los delfines volverían a los canales de Venecia o que el Dúo Dinámico fuese la nueva banda sonora de “El día de la Marmota”. Nos dijeron que todo se paró. Pero no, ¿verdad? No paró todo. 

Parafraseando a mi querida Teresa Cunha, la economía no paró, estuvo más activa que nunca. Pero no la economía de producción capitalista, sino aquella que produce y mantiene la vida, como son todas las prácticas de cuidados. Estas no cesaron, fueron el centro de toda nuestra vida y resultaron tan invisibles que ni cuando sólo nos quedaron los cuidados, parecíamos verlos. 

Son muchas feministas, como Silvia Federici o Amaia Pérez Orozco, las que nos vienen contando sobre el mal llamado “trabajo reproductivo”. Ellas se preguntaron ¿Quién alimenta, viste, consuela, estabiliza y produce la mano de obra? ¿Por qué este trabajo tiene que ser gratuito y el trabajo que se hace fuera del ámbito doméstico pagado? Ese trabajo reproductivo, al que yo llamo trabajo de cuidados, venimos haciéndonos cargo de manera casi exclusiva las mujeres, sin recibir salario alguno, aportando al sistema capitalista nuestro tiempo y energía “por amor”. 

Esto es una clara evidencia de que el lema que sacó a millones de mujeres a la calle hace unos años, “Si paramos nosotras, se para el mundo”, no podía ser más acertado. 

Este trabajo no cesó durante el confinamiento, sino que se hizo más necesario que nunca. Tampoco las profesiones ligadas a los cuidados pudieron pararse: las sanitarias, las tenderas, las limpiadoras, las cuidadoras profesionales, las agricultoras, las barrenderas, y un largo etc. Esto es una clara evidencia de que el lema que sacó a millones de mujeres a la calle hace unos años “Si paramos nosotras, se para el mundo” no podía ser más acertado. 

Además de esta visión, centrada sobre todo en la economía, quiero destacar el papel fundamental de los cuidados a la hora de tratar conceptos desarrollados por ecofeministas como Yayo Herrero: la interdependencia de los seres humanos, es decir, la imposibilidad de  sobrevivir solas y aisladas del resto; así como de la ecodependencia, la relación entre seres vivos y naturaleza en un equilibrio que permita la continuidad de la vida. Pues sin cuidados no hay un reconocimiento de la inter/ecodepedencia, y sin conciencia de esta, no hay cuidados. 

Los cuidados abarcan la educación, la sanidad, la alimentación y todas nuestras relaciones sociales. Si bien hay instituciones estatales que tienen como objetivo garantizar unos cuidados a la población, como por ejemplo los hospitales, los servicios sociales, los centros educativos… También existen redes de apoyo social informales, o redes de cuidados fuera de estas instituciones, que se crean de manera orgánica entre nosotras. Nacen del reconocimiento de nuestras limitaciones como individuas, pero también de nuestro potencial de acción para y con las demás, y no están al servicio del poder gubernamental.

Los cuidados también son los afectos, que se enraízan en las rutinas, crecen y se articulan a través de las relaciones de confianza, construyen significados y simbologías. Cuando establecemos relaciones de cuidados entre nosotras hacemos paz.

Durante esta crisis, que es más bien un colapso por fascículos, las instituciones que deberían “cuidar” de la población se han alzado de manera autoritaria, estableciendo el control absoluto de nuestras vidas para garantizar nuestra seguridad. Mucho machirulo también, aprovechando otra oportunidad para enarbolar la bandera centralista del Estado español. 

¿Quién cuida a quién?

Yo tengo dudas de que realmente el Estado y sus instituciones vayan a garantizar el cuidado de la población, ni con renta básica, ni con sanidad universal. Por supuesto, son cosas que reclamo como derechos y creo que proporcionan parte de los cuidados necesarios para todas, pero no son suficientes. Creo que no debemos dejar en manos del Estado nuestros cuidados.

No creo que sean suficientes los cuidados que pueda proporcionarnos el Estado porque los cuidados incluyen más meros que recursos, meras labores. Si nos la colaron bien haciéndonos creer que las labores de cuidados se hacen “por amor” es porque los cuidados ocurren también dentro de nosotras. Los cuidados también son los afectos, que se enraízan en las rutinas, crecen y se articulan a través de las relaciones de confianza, construyen significados y simbologías. Cuando establecemos relaciones de cuidados entre nosotras hacemos paz.

A través de los cuidados, poniendo la vida en el centro es posible hacer paz y seguridad sin recurrir al control y al autoritarismo.

Mientras, nos bombardeaban con noticias cargadas de simbología militar, una guerra contra el virus. Las redes vecinales de apoyo mutuo generan paz y seguridad. Por eso, a través de los cuidados, poniendo la vida en el centro es posible hacer paz y seguridad sin recurrir al control y al autoritarismo. Y los gobiernos no quieren que tu pierdas la fe en el autoritarismo, pues perderían su razón de ser. 

Para mí los cuidados son la última trinchera, perdonad mi incoherencia por el uso de una metáfora bélica. Para mi la imagen de una trinchera nunca estuvo relacionada con la conquista y la dominación de las grandes empresas marciales. Más bien, la trinchera representa todo lo que el aparato militar consideraba desechable, soldados de poco rango, colocados en el peor lugar, que intentaban resistir, no por ganar la guerra, sino para volver a casa y continuar con su vida. 

Los cuidados son los trabajos que nunca paran, esenciales pero invisibles para el Estado. Porque los cuidados no necesitan de rejas y carceleros, sino que nos obligan a convivir, intentar entendernos, resolver conflictos, discutir, abordar cuestiones complejas para las que no existe una única respuesta. Poner la vida en el centro porque nos aleja del autoritarismo, y en su lugar los llama al compromiso y la responsabilidad.  

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La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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