Solas ante la muerte. Una reflexión sobre la importancia de vivir el dolor en común

*Fotografía de portada de Virginia Rota, de «La pena negra», una exposición fotográfica sobre el luto en Andalucía

Ahora que estamos siendo testigo de multitud de iniciativas ciudadanas donde se fomenta la creación de listas pegadas en el cristal del ascensor para promover el apoyo mutuo en un bloque; ahora que tantas se ofrecen a hacer la compra a las personas más vulnerables y con más riesgo de contagio; ahora que muchas hacen repaso de lo que hicieron o dejaron de hacer  y se prometen retomarlo en el momento que termine esta obligada reclusión; ahora que muchas están viendo en la realidad material lo frágiles que somos y lo necesitadas que estamos de acompañamiento, cuidados y afecto constante aunque nos creamos invencibles. Ahora, y justo ahora, es buen momento de hablar del duelo y de la muerte como parte inevitable de recorrido vital, donde estar acompañadas forma parte de entender el dolor en común. 

Justo ahora, porque es cuando no podemos tenerlo y no entendemos el final de la vida en soledad.

La muerte es un hecho y acontecimiento encarnado de fragilidad extrema y finitud. Por la persona que se va y que ya no va a estar y que no quiero atreverme a decir que ya no es porque defiendo firmemente la idea de que mientras vivamos y mantengamos la memoria y su legado a través de sus chascarrillos, sus recetas, sus dichos o sus manías, seguirá siendo.  Por esa vulnerabilidad extrema existe el sepelio, el velatorio o el ritual funerario. Quizás nuestra generación debiera pensar otras formas de decir adiós para no continuar con un patrón que ha marcado en gran medida la Iglesia Católica. Pero mientras tanto, aquí seguimos aprovechando lo que podemos de lo que nos ha llegado, que es bastante.

Cada pequeña parte del territorio andaluz, cada municipio, tiene normas propias, reglas o rituales autóctonos que cambian en el momento en el que nos deplazamos al pueblo de al lado, el procedimiento puede variar incluso en las pedanías. Las formas de despedirse mutan en menos de seis kilómetros, la manera de decir adiós es genuina, arraigada, está imbricada al sitio y sigue unas normas no escritas que todo el mundo conoce, patrones de comportamiento y procederes que se heredan, que son ley y, por lo tanto, se nos presentan como incuestionables en muchos casos, como la segregación de hombres y mujeres en los momentos del pésame*

Despedimos en colectivo, nuestro dolor es menor si es compartido, aunque el duelo embista días o meses más tardes y aparezca de forma repentina cuando pensamos que había desaparecido para siempre.

Pero en todas esas formas de decirnos adiós, en todo ese abanico de posibilidades y opciones rituales, hay algo común e inamovible, universal, que se ha bebido en el Atlántico y el Mediterráneo de esta parte de occidente: la muerte no es cosa de una sola frente a la eternidad de la persona que se va. Despedimos en colectivo, nuestro dolor es menor si es compartido, aunque el duelo embista días o meses más tardes y aparezca de forma repentina cuando pensamos que había desaparecido para siempre. Si bien en las ciudades se ha dejado paso a la profesionalización y la homogenización de un momento tan encarnado como es la muerte de alguien a quien queremos, podemos ver cómo los pueblos ofrecen esa resistencia a formar parte del proceso higienizante de las empresas especializadas. El dolor no entiende de procedimientos con los que el mercado quiere acaparar lo que nos va a tocar vivir a todas.

La muerte se transforma en dolor comunitario cuando suenan las campanas y todo el mundo queda avisado del fallecimiento. La noticia corre como la pólvora por las callejuelas, cuesta arriba, cuesta abajo, y en muchas ocasiones la noticia del fallecimiento pega en cada puerta antes de que llegue el propio coche fúnebre. La persona fallecida ya está en boca de todas y aunque ha aumentado el número de pueblos que posee tanatorio propio y las velas se han desplazado mayormente a estos lugares, no ha desaparecido la costumbre de seguir celebrándose en casa. Porque el velatorio no se hace, se celebra.  

Sea en un lugar o en otro, quedan aún horas antes de la inhumación y aquello puede convertirse en un hervidero de gente, día y noche, donde se acuda a apoyar a las dolientes con caldito del puchero o algún dulce proporcionado por las que van a dar el pésame. No es esta la visita del médico, que decía mi abuela La Respinga, de holalosientomuchohastaluego. No. Es un acompañamiento físico y emocional, de sentarse, de hablar, de comentar, de sacar el humor a pasear un rato y agarrarse a alguna anécdota, porque en los duelos es donde más se llora pero también donde más se ríe.

Apoyarnos, aunque sea con el silencio compartido a las cuatro de la madrugada y un vasito de sopa caliente, es hacer de ese tránsito un sitio menos hostil, un lugar que se ve cargado del afecto de nuestra red cercana.

Estar juntas en ese momento para estar también con la persona que se nos acaba de ir y poner en común unas emociones que están a flor de piel. Apoyarnos, aunque sea con el silencio compartido a las cuatro de la madrugada y un vasito de sopa caliente, es hacer de ese tránsito un sitio menos hostil, un lugar que se ve cargado del afecto de nuestra red cercana.

Por eso no poder despedirnos ahora de nuestros familiares es una desgracia. Porque la vigilia y el dolor compartido con las nuestras no va a ser posible y, lo peor de todo, es que ya nunca será. Y no habrá un último beso, ni una última mirada, ni acompañamiento las últimas horas en el  hospital, ni el recuerdo imborrable del funeral. No existirá el abrazo caliente de una vecina, ni el olor a caldo hecho en casa ajena para que todas lo bebamos mientras lloramos la pena. Se nos ha roto el ritual al que nos hemos agarrado siempre para sobrellevar nuestra fragilidad ante lo inevitable.

Y aunque la vida continúa y la pena negra nos ahogue entre estas cuatro paredes, los recuerdos permanecerán en nosotras porque nada ni nadie puede arrebatarnos la memoria. Volveremos a abrazarnos.

*En algunas zonas del Valle del Guadalhorce, la ceremonia religiosa de despedida se hace solamente con mujeres dentro de la capilla mientras los hombres esperan fuera. Una vez acabada, las mujeres permanecen sentadas mientras los hombres se colocan en fila y pasan poco delante de la familia, que se sitúan justo al lado del féretro, dando un último pésame. Acabado este ritual , los miembros de la familia portan el ataud hasta el destino final del cuerpo. 

http://lapoderio.com/todas-las-primas-sumais/
Rocío Santos Gil

Acerca de Rocío Santos Gil

Arrabalera y de clase trabajadora. Rocanrol actitud.

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