El despertar de las hormigas: cómo la opresión está en todos lados

La obra costarricense es el primer largometraje centroamericano nominado a los Premios Goya en la categoría de Mejor Película Iberoamericana. Una historia donde lo cotidiano, lo onírico y las opresiones cruzan la vida de Isabel, una costurera que vive junto a su marido y sus dos hijas en una zona rural de Costa Rica. Hablamos de la obra con Antonella Sudassasi Forniss, su directora.

Existe una imagen, una escena, un momento de apariencia relajada y de disfrute personal en El despertar de las hormigas que podría resumir gran parte de la historia de muchas de las mujeres que conocemos y de otras tantas con las que jamás nos hemos cruzado. Isabel (Daniella Valenciano) está sentada en el jardín de la casa donde vive con su marido y sus dos hijas pequeñas, en el pueblo costarricense de San Mateo. Los rayos del sol acarician toda la pantalla, la mujer lava la infinita y oscura cabellera en dos barreños y a su lado ha colocado un par de botes que contienen producto para embellecerlo. Podría ser un lapso de vida íntimo, de recogimiento y autogoce; la escena nos hace cómplices y quizás lleguemos a sentirnos identificadas. 

Pero no es tan sencillo. Isabel se esmera tantísimo en su cabellera porque a Alcides (Leynar Gómez), su marido, le gusta. “La concepción de esta idea surge al encontrarme de casualidad con una noticia donde aparecía una chica brasileña, la Rapunzel de Brasil, la mujer que tenía más largo el pelo en ese país” cuenta la directora de la película. “Me llamó poderosamente la atención que el periódico citase al marido, que contase  cómo a él le encantaba, que dijese que la melena era algo superfemenino. La esposa solo aparecía al final de la noticia para decir que a ella ‘el pelo le daba mucho calor’”. Fue en este momento cuando Antonella Sudassassi Furniss (San José, Costa Rica, 1986) concluyó que tenía que incorporar el cabello como un símbolo de feminidad que actualmente sigue teniendo un gran peso en multitud de culturas.  “El pelo como símbolo forma parte de un valor tradicionalmente femenino y los patrones están para romperse”.

En menos de un año, la directora tica pisa de nuevo Málaga de la mano de El despertar de las hormigas, obra nominada al Goya como Mejor Película Iberoamericana y  que forma parte de un proyecto transmedia más amplio. Arrancó en 2016 con el cortometraje El despertar de las hormigas: la niñez, con el objetivo de narrar distintas etapas de la mujer en tres proyectos audiovisuales separados: la infancia, ya grabada, la juventud, que retrata en este largometraje de ficción, y la adultez, que cerraría el relato en la etapa adulta en formato documental. 

El despertar de las hormigas ha sido la primera película centroamericana en llegar a esta nominación, sumando el mérito añadido de hacerlo con un relato de corte feminista donde se visbiliza cómo las mujeres existen en un mundo donde el día a día, las relaciones familiares y lo cercano reprimen sus deseos. “Es muy importante este reconocimiento para una película que es pequeña, que viene de un país pequeño donde la cinematografía también es pequeña, y que   pone la luz en los trabajos que todavía tenemos que hacer como sociedad para eliminar las inequidades entre mujer y hombre”, explica Sudassasi Furniss, que además destaca cómo una nominación de este tipo ayuda a visibilizar toda la cinematografía emergente costarricense. “Ser la primera película en conseguir esa nominación genera una especie de responsabilidad porque queremos representarla bien y dar luz a un cine que está creciendo».

Antonella Sudassasi Forniss

En Costa Rica hay muchas personas interesadas en contar historias y lo estamos haciendo con muy poco financiamiento porque en este momento no hay apoyo estatal ni contamos con una Ley de Cine”. Actualmente en este país se está discutiendo un proyecto de Ley que busca regular, financiar y fomentar la industria del audiovisual.  Solo entre 2008 y 2012 el mercado cinematográfico en Latinoamérica y El Caribe creció un 73%, siete veces más que Europa, Oriente Medio y África.

“Es muy importante estar nominada al Goya como Mejor Película Iberoamericana porque es para una película que es pequeña, que viene de un país pequeño, donde la cinematografía también es pequeña y que pone la luz en los trabajos que todavía tenemos que hacer como sociedad para eliminar las inequidades entre mujer y hombre”

Una historia de opresiones cotidianas

El despertar de las hormigas tiene el doble poder de ser una historia pequeña, según Sudassasi, donde cada puntada del guión es una exigencia social más de lo que se espera de Isabel, costurera en una zona rural donde vive con su esposo y sus dos hijas. Las presiones del entorno o los patrones familiares, sumadas al deseo del marido de volver a ser padre cuando ella no tiene ni el deseo ni las ganas de volver a quedarse embarazada, forman parte de toda la telaraña de imposiciones a las que se enfrenta y de la que empieza a tomar consciencia la protagonista. “Nace la película de la intención de mostrar a una mujer que empieza a dudar, a cuestionar, a repensarse, a ver que significaría no cumplir con las expectativas de los demás, de lo que su familia espera de ella y hasta qué punto las expectativas propias que nos autoimponemos hacen que no seamos capaces de decir algo”. Sudassasi conectó también el tratamiento de la historia con su experiencia personal. Creció en una familia grande con mujeres muy fuertes con muchos hijos. “Viene también de mi niñez. El entorno era muy fuerte y estaba muy presente en la vida de nosotras; veía a mis abuelas, a mis tías o a mi mamá en situaciones en las que siempre estaban pendiente de los otros; toda su realización personal, de alguna u otra forma, era complacer a los demás, estar ahí, atenderlos, chinearlos (mimarlos), como decimos allá, y que todos los demás estuvieran bien. Pero, ¿a costa de qué?”, se pregunta y nos pregunta la directora a través del largometraje.  

Trailer de la película.

“El despertar de las hormigas nace con  la intención de mostrar a una mujer que empieza a dudar, a cuestionar, a repensarse, a ver qué significaría no cumplir con las expectativas de los demás, de lo que su familia espera de ella y hasta qué punto las expectativas propias que nos autoimponemos hacen que no seamos capaces de decir algo”, explica Sudassasi

No solo el comportamiento de la protagonista es el resultado de la opresión social y cultural. La apariencia física de Isabel responde también a un patrón de feminidad muy concreto, condicionado por las expectativas de la gente que la rodea. Entre la realidad y el deseo de escapar a lo impuesto y lo autoimpuesto, se encuentra un mundo onírico cargado de símbolos que irrumpen en las situaciones cotidianas de la protagonista. Gracias a estas irrupciones, a esas fugas de realidad, comprendemos la situación emocional en la que se encuentra, llevándonos a entender lo que realmente siente como mujer, como madre y como esposa que no encaja en la vida para la que se le ha educado.

Los símbolos tienen mucho que decir en la construcción del relato de vida de Isabel y el cabello trenzado sirve de metáfora de la educación que recibimos. “Fui incorporando el hilo de la trenza. Me encantaba la metáfora de cómo se van trenzando de alguna u otra forma lo que aprendemos a través de las costumbres, de generación en generación. La escena donde la protagonista trenza a su hija y ésta a su hermanita menor es la muestra de esa cohesión aprendida y heredada que repetimos, junto a patrones que no pensamos y que no son absolutamente naturales”, describe. “El pelo trenzado de unas a otras como reflejo de todo lo que aprendemos en casa: cómo comportarnos, cómo «ser mujeres», cómo socializar con los demás, etc.”.

Cuando lo mínimo forma parte esencial de la historia

La forma profunda y detallista de mirar de Sudassasi nos habla de otra forma de contar historias y de otras cosas de las que hablar. Aquí importa lo que pasa en el día a día, importa el deseo de vivir de otra forma sin que el entorno nos deje.  Por todo esto, se ha cuidado extremadamente cada detalle relacionado con el arte del largometraje. “Todo fue muy pensado, desde la conceptualización de los objetos que estaban en las casas, los objetos con los que interactuaba la familia, la fotografía, la calidez del lugar”.  El Despertar de las hormigas se grabó en San Mateo “un pueblo particularmente caliente que queríamos sacar, con muchísimos insectos. Todos los elementos aportaban una atmósfera con la que nos queríamos quedar, incorporar esos elementos de la naturaleza. Estaba el tema de las acciones: cómo contar una historia donde vemos el día a día de una familia. En ese sentido teníamos que profundizar muchísimo en las reacciones mínimas que tenían lo personajes, en cómo sobrellevaban las pequeñas cosas y las pequeñas cargas del día”, aclara la directora. “Creo que ese es el valor de la película:  lograr contarla a partir de los detalles, que siga avanzando la película y que la gente logre empatizar con los personajes. 

Isabel, la protagonista, cuida su cabello en una de las escenas de la película

Aunque la directora es de San José, capital del país, eligió una zona rural desde donde contar El despertar de las hormigas, un pueblo vinculado a los recuerdos de su infancia. “Tuve una vida muy de calle donde todos los vecinos jugábamos fuera y, claro eso ya ha cambiado con los años”. Para conseguir ese escenario a pie de calle se alejó del área metropolitana y eligió San Mateo, lugar por el que siempre pasaba con su familia para ir a la costa y que, 25 años después, a su regreso, continuaba prácticamente igual.  “Siempre tenías que cruzarlo para ir a la playa; posteriormente construyeron una autopista cercana y quedó todavía más abandonado. Es como un pueblito fantasma donde todos se conocen, se vanaglorian de ser el cantón más seguro de Costa Rica, pero la gente realmente no vive allí ir porque tiene que irse a otro lugar a trabajar”. Todo el guión lo trabajó en esta localidad, donde se estableció temporalmente con una familia del lugar para conocer de forma más cercana las dinámicas del pueblo. 

Mujeres ticas haciendo cine

Seguimos avanzando en la conversación con Sudassasi. Queremos conocer cuál es la situación de las mujeres cineastas en el país centroamericano. «Costa Rica es muy particular, hay en la actualidad muchas mujeres trabajando en los campos de dirección, producción y en otros departamentos. Hay mucho que recorrer en el trabajo de los puestos técnicos, y como país también tenemos que seguir fortaleciendo la industria que sigue siendo muy joven para poder seguir especializándonos, también para generar mejores guiones, mejores películas, mejores direcciones de fotografía y que siga creciendo la cinematografía, pero sí tenemos a muchas directoras que han sobresalido con sus obras a nivel internacional”.  Un grupo de mujeres cineastas de la que Sudassasi forma parte ya y de lo que reconoce sentirse muy orgullosa. “Son historias que me han emocionado muchísimo, es un cine muy íntimo y hermoso que ha generado mucho reconocimiento”, añade. Paz Fábrega con Agua fría de mar, Sofía Quirós con Ceniza negra o Medea de Alexandra Latishev Salazar son algunas de las directoras y obras a las que se refiere la autora tica.

En un momento en el que las luchas toman la calle, El despertar de las hormigas viene a decirnos por qué no debemos dejar atrás (ni fuera) los espacios más íntimos. Exigimos un cambio y queremos verlo, pero teniendo en cuenta que si bien es importante salir hacia fuera, no debemos perder de vista nuestra cotidianidad para identificar las violencias más normalizadas en las relaciones familiares.  Queda aún camino por recorrer y, en este periplo creativo,  las directoras latinoamericanas tienen muchísimo que contarnos.  

Rocío Santos Gil

Acerca de Rocío Santos Gil

Arrabalera y de clase trabajadora. Rocanrol actitud.

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