Romerías con campesinas, una propuesta de resistencia frente al ecocidio

romerías campesinas

Con motivo de la Huelga Mundial por el Clima, del 27 de septiembre, hemos querido reflexionar sobre cómo podemos ser coherentes con el planeta que habitamos. La madre naturaleza tiene algo que decir y recordarnos como lo han hecho sus defensoras, quienes han resistido y luchado por la vida.

Muchas personas sufrimos de aquello conocido como disonancia cognitiva. No es más que un conflicto entre lo que hacemos y lo que realmente pensamos. Se produce, quizás, debido a la incertidumbre, a la desvinculación de nuestra conciencia con la tierra que habitamos, o simplemente debido a nuestra incapacidad de percibir la complejidad del mundo que nos rodea, sumido en la vorágine capitalista.

El anhelo de ser mejores personas se diluye por la prisa que nos conduce a relativizar nuestros actos, contrarios a las concepciones que estamos aprendiendo de los cuidados, del respeto por la madre tierra y del intento de desvincularse de un sistema colonial, patriarcal y capitalista.

Nos cuesta cambiar por miedo, por falta de valentía, o simplemente porque partimos de la tenencia de ciertos privilegios a los que nos aferramos sin pensar demasiado en ellos.

Pero, ¿y si esos privilegios no son más que sospechosas mentiras que nos conducen a la involución como seres sintientes? ¿qué nos hace estar desprovistos de empatía con la naturaleza, con el agua, con los alimentos que se producen, con las diferentes formas de discriminación y desigualdad?

Parafraseando a la ecofeminista Yayo Herrero, estamos asistiendo y viviendo un momento de verdadera “guerra contra la vida”, que nos alerta de la facilidad con la que nos mantenemos de espaldas a las relaciones ecodependientes. Ecodependientes e interdependientes porque no podemos desvincularnos de la naturaleza ni de los cuerpos que sustentan y encarnan esas vulnerabilidades.

Ejemplos de ellos son las luchas y las defensas de la tierra que han promovido las comunidades cuyas activistas han sido asesinadas por el mero hecho de proteger el territorio frente al extractivismo y los intereses agroindustriales en bosques y espacios sagrados. El más cercano lo tenemos en el ecocidio que está sufriendo el planeta con los incendios intencionados en la Amazonía brasileña, o con el asesinato de defensoras de la tierra, como Berta Cáceres, quien pagó con la vida su oposición a la construcción de una megapresa en el Río Gualcarque (Honduras), sagrado para el pueblo lenca, que ha habitado el territorio desde tiempos precolombinos rindiendo culto a la madre tierra para tener buenas cosechas a través de la Compostura, un rezo a la pachamama utilizando semillas. Las mujeres de este pueblo se consideran guardianas de los recursos naturales junto con los ríos, los bosques, la flora y la fauna.

Del  feminismo descolonizador aprendimos a recontextualizar las discriminaciones de las mujeres pertenecientes a minorías étnicas, y también, junto al ecofeminismo, cómo las mujeres campesinas, indígenas, afrodescendientes, resignificaron la reterritorialización de la lucha feminista dada la centralidad de la tierra y la naturaleza.

Del  feminismo descolonizador aprendimos a recontextualizar las discriminaciones de las mujeres pertenecientes a minorías étnicas, y también, junto al ecofeminismo, cómo las mujeres campesinas, indígenas, afrodescendientes, resignificaron la reterritorialización de la lucha feminista dada la centralidad de la tierra y la naturaleza.

Quizá recuperemos nuestra coherencia cuando recordemos las luchas de feministas indígenas por el autogobierno; de las campesinas y el Movimiento Sin Tierra,  la lucha por la reforma agraria y la soberanía alimentaria; de las afrodescendientes, la lucha por la reconstitución de esclavos resistentes, los quilombos y palenques[1]; de las mujeres zapatistas, a través de la Ley Revolucionaria de las Mujeres, la lucha por el derecho a la tierra; de las mujeres andaluzas, la lucha por el cuidado y la conservación de la tierra; de las mujeres rifeñas, la lucha por salvaguardar la identidad y el territorio.

Estas resistencias tienen en común la conciencia con el planeta y  el rechazo rotundo de este sistema antropocéntrico y capitalista que desvincula el cuerpo de la naturaleza porque atiende a patrones patriarcales  por su afán de derivar la vida a la muerte.

Todos estas resistencias tienen en común la conciencia con el planeta y  el rechazo rotundo de este sistema antropocéntrico y capitalista que desvincula el cuerpo de la naturaleza. Y que, por supuesto, atiende a patrones patriarcales  por su afán de derivar la vida a la muerte: hacia la agroindustria, hacia la explotación de recursos limitados, hacia la negación del valor de los cuidados, hacia la mercantilización de los cuerpos, de la tierra y del agua.

Olvidemos formar parte de las singularidades masculinas de estar en el mundo que habitamos. Y que los hombres equilibren sus singularidades masculinas con  características femeninas para dejar mejor huella.  

Contemplemos la atención de las épocas de las siembras, las cosechas y los ciclos de producción que tenemos cerca para que formemos parte de ellos, comamos alimentos siendo conscientes de dónde provienen, sin sucumbir al empaquetado capitalista de la etiqueta bio. Contemplemos la naturaleza relacionalmente, desde la no-superioridad, más que nada porque formamos parte de ella. Regresemos al origen etimológico de la propia palabra, que en sí misma significa nacimiento, vida, por lo que todo aquello que nace es naturaleza. No estamos separadas de ella como pretende hacernos creer el sistema capitalista para justificar ese control y esa dominación sobre la naturaleza, la existencia.

Contemplemos la naturaleza relacionalmente, desde la no-superioridad. Regresemos al origen etimológico de la propia palabra, que en sí misma significa nacimiento, vida, por lo que todo aquello que nace es naturaleza.

Nuestra incoherencia se reducirá cuando seamos más conscientes de lo que nos rodea y por qué nos rodea, cuando nos sentemos con las mujeres que siembran, cosechan y cuidan las semillas. Un ejemplo de ello podría ser transformar las romerías en espacios amazigh como los Imrabtan, lugares sagrados femeninos de El Rif que suelen estar en el campo y que, simbolizan algo parecido a lo que para mi sería una romería, pero desprovista de carácter religioso y especista. Un lugar donde se reúnen las mujeres y expresan su libertad generando así un espacio propio lleno de simbología y códigos que convergen con el deseo de evadirse de lo cotidiano para conectar con la naturaleza, el cuidado del cuerpo y la recogida de plantas medicinales para sanar a quienes padecen alguna enfermedad y obtener así la baraka[2].

[1] La esclavización de personas africanas e indígenas en las Américas durante más de cuatrocientos años de dominio colonial, tuvo como respuesta una salida: la fuga y la búsqueda de refugios.Una de las formas más radicales de resistencia a la esclavitud fue la formación de quilombos, que se convirtieron en una alternativa colectiva de insurgencia. Éstos, determinados por estrategias de supervivencia y resistencia, fueron poblados por personas negras e indígenas esclavizadas por rechazar tales condiciones. En Brasil se hicieron llamar quilombos, término derivado de la rama lingüística africana bantú que significa escondite, pueblo.

[2] La baraka no tiene traducción exacta al castellano, pero significa algo así como aliento a la vida, suerte, abundancia natural (en las plantas, en los árboles, en el agua, en la reproducción de la vida, etc..).

Ámal Tarbift

Acerca de Ámal Tarbift

Nací y crecí en El Rif. El trabajo, el coraje y la humildad de su gente la volví a encontrar en la tierra donde estudié comunicación y trabajo actualmente, Andalucía. Mi campo de trabajo es la radio y, a través de los medios de proximidad, me sumerjo en el aprendizaje del pueblo andaluz.

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