Carmela, de lo que has hecho a lo largo de tu vida, ¿de qué te sientes más orgullosa? Pues de haber hecho siempre lo que he querido. De cogerme mi libertad, cogerla porque no me la han dado, me la he ganado día a día.
Carmela Pérez González nació el 22 de noviembre de 1945 —nueve años después del fusilamiento del poeta Federico García Lorca— en su mismo pueblo natal, Fuente Vaqueros. Vivió de lleno «los años del hambre. Pasamos mucha hambre». De una larga saga familiar nacida en la Vega de Granada, solo vivirá fuera de su pueblo seis años (de 1966 a 1972), cuando en la veintena se va a trabajar con su familia a Francia.

Nuestros pueblos y ciudades están llenos de mujeres valientes y echadas para adelante que tuvieron que luchar por su libertad en tiempos muy difíciles. Difíciles por la guerra, por la posguerra, por el hambre, las persecuciones, la falta de libertad y, como no, por ser mujeres.
Cuantas veces hemos hablado con mujeres mayores de nuestras familias, con vecinas o conocidas. Sus historias nos atrapan pues, si bien son narraciones de un tiempo pretérito, todo lo que nos cuentan lo podemos traer a nuestros días, descubriendo lo valientes y dignas que fueron y como todos sus esfuerzos fueron piezas importantísimas de la construcción de la sociedad que ahora disfrutamos.
Cuando te sientas a escucharlas reconoces nuestra deuda con todas ellas por las vidas que tuvieron que afrontar, vidas llenas de luchas grandes y pequeñas, pero todas ellas importantes para que hoy podamos gozar de derechos y libertades.
Con este pensamiento nos fuimos para Fuente Vaqueros, un municipio de la Vega de Granada de 4.700 habitantes. Allí nos esperaba Carmela en su cocina para charlar un ratico. Echamos la mañana hablando de su infancia, donde inicia su querencia por el teatro. También hablamos de la Guerra Civil y la tremenda posguerra, de su querido padre, de su amado Federico García Lorca y de su constante lucha por vivir y sentirse libre.
Os invitamos a compartir esta charla mañanera en la cocina de Carmela.
Carmela, cuéntanos como es tu pueblo
Fuente Vaqueros es… Bueno, ha cambiado algo, porque cuando viene alguien que no le duele el pueblo, hace lo que le da la gana. Pero salvo esas pequeñas cosas, para mi es un remanso de paz. Estas en el pueblo y andas diez minutos y ya estás en el campo. Entre medias de dos ríos (Genil y Cubillas) siempre hemos tenido muchísima agua. Yo me acuerdo de lo que me contaba mi abuela cuando era mozuela, que lavaban, antes de que hicieran los lavaderos en la calle Lavaderos, donde está ahora el monumento de Federico, había un álamo tan grande que ocho niñas cogidas de la mano no lo abarcaban. Y el agua caía por unas piedras. Metieron tres caños de agua y por si sola salía el agua y pasaba por la plaza y ese riachuelo llegaba hasta los lavaderos, donde la gente se ponía a lavar.

Con doce años mi mamá me saco de la escuela, yo quería seguir estudiando, pero me dijo que para casarme no hacía falta estudiar
¿Has vivido siempre en Fuente Vaqueros?
Sí, menos cuando tenía 21 años. Yo estaba harta de estar en el pueblo. Sobre todo, porque yo me eche novio con 15 años y él, cuando salió de la mili, se fue a Suiza y luego a Paris. Yo estuve dos años sin novio, pero encerrada en mi casa. No salía a la calle para nada, ni a por un helado. A mí me apetecía un helado, le pedía el dinero a mi mama y ella me decía, espera que vaya contigo. Tenía que llevar carabina en cuanto saliera de la casa, porque vaya a ser que se acercara alguno y me dijera algo y aquello se comentaba en todo el pueblo. Aquello era un pecado, mortal.
Mi papa estaba en Francia trabajando, pues al no poder comprar tierra arrendada aquí se fue allí a trabajar porque si no había dinero no comías. Y entonces yo le escribí a mi papa, porque un cuñado que vino a casa me dijo que me fuera con él a Granada para hacerme el pasaporte, porque le había dicho mi novio, Manolo, que no iba a venir al pueblo pero que yo me fuera allí con él. ¡Ay! aquello me dio vida porque llevaba dos años secuestrada. Y encima, los bailes del pueblo se celebraban frente a mi casa. Ay, que panza de llorar me daba yo sola.
¿Y te fuiste a París?
No, no me fui porque mi mama no me dejo.—¡Tú estás loca!— me dijo. Y a mi cuñado le dijo que:—Si tu hermano la quiere que venga, se cansen y se vayan, pero mi hija no sale mozuela a ninguna parte y menos a una Francia.— Como si aquello estuviera en Australia.
Y entonces yo escribí a mi papa. Y como él sabía que yo lo que decía lo hacía, yo le conté la historia de lo que había pasado y le dije:—Yo no me voy a ir hasta que tu me digas que me puedo ir contigo, que anochezco y no amanezco y que o me buscas trabajo para que me vaya contigo o me pierdo—, le dije. Mi papa escribió de momento y me dijo:—No te muevas Carmelilla que ya tengo casa buscada para que os vengáis tu madre y tu hermana. Os venís las tres para acá.— Y así nos fuimos a Colmar, en la Alsacia, donde trabaje en una fábrica de costura además de trabajar también en la casa.
En Francia estuve seis años. Estuve primero dos años hasta que me vine a casarme en el 68 y ya Manolo (su marido) dejó Paris para irse a Colmar.
Con doce años mi mamá me saco de la escuela. Yo quería seguir estudiando, pero me dijo que para casarme no hacía falta estudiar, que lo que hacía falta era enseñarme a trabajar. Así que con doce años ya llevaba toda la casa. Llevaba la casa, el campo, la costura, los vestidos de la feria que me los hacía yo quitándomelo de mi descanso.

Y cuando vienes de Francia ¿cómo es tu vida?
De peón de albañil haciendo esta casa (su casa actual) Empezamos a hacer nuestra casa y yo de peón haciendo mezcla y llevando caldereta. Y luego ya, cuando terminamos, Manolo compró tienda arrendá y ya empezamos a trabajar en el campo. Yo le ayudaba siempre que podía y cuando no podía, también. Sembrábamos mucho tabaco.
De la Guerra y los años que vinieron después
Carmela, tu naces al poco de terminar la Guerra Civil, en los años del hambre, y sufres señalamiento por ser hija de republicanos.
Sí. Me decían roja, asesina. Me decían de todo en el cole. Eso desde que tenía conocimiento. Y yo tengo conocimiento desde antes de los siete años. Yo he sufrido persecución, pero mi papa me ha dado siempre mucha fuerza. En el patio no me dejaban jugar:—Esta no juega que su padre es rojo—, decían las niñas.
Y ¿cómo vivías esas situaciones siendo tan pequeña?
Pues yo, mientras no se metieran con mi papa, pues yo lo llevaba medio bien. Cuando hablaban en clase de cuando mataron a José Antonio Primo de Rivera, la maestra decía que los rojos eran unos asesinos. Los niños son crueles algunas veces y el que tiene esa mala leche en el cuerpo empieza desde chico y van a hacer el daño. Yo lo que no podía soportar es que dijeran que mi padre era un asesino. Bueno, mentaban a los rojos, no a mi padre.—Y esta también es roja, decían, pues tu no juegas.— Yo estaba totalmente discriminada.
Y tu padre, ¿qué te decía?
Yo a mi papa le tenía una adoración total. Él me decía:—Déjalo, si el tiempo pone a cada uno en su sitio. Tú no te preocupes. ¿Qué no quieren que saltes? Tengo yo una pila de cuerdas que te puedes llevar para saltar.— Entonces yo me juntaba con la gente del barribajo, con las gitanillas que había, con estos, con los otros, con todo aquel que yo podía.
Mucho pánico, mucho dolor y asesinatos, cuarentas hombres y una mujer embarazada, asesinaron aquí
En muchas casas, tras terminar la guerra, se optó por el silencio, ya fuera por miedo a represalias o por intentar sepultar en el olvido tanto sufrimiento. A ti te habló tu familia de cómo se vivieron esos años, ¿qué te contaron?
¡¡Uh!! Mucho pánico, mucho dolor y asesinatos. Cuarentas hombres y una mujer embarazada, asesinaron aquí. Sí. Desde muy chica lo he tenido muy claro. Mi papa, con 17 años, se fue con los rojos. Se fue con su padre y con su hermano. Eran republicanos así que ¿para donde iban a tirar? A mi papa lo llamaron para presentarse en el cuartel con 17 años, cuando empezaron a recoger quintas para llevarlos al frente. Entonces mi padre lo que hizo fue meterse en los maíces y en los tabacos y allí estuvo escondido unos meses hasta ver que es lo que pasaba. A la gente que pasaba andando, -en aquel tiempo todo el mundo iba andando-, le preguntaba que sabían de la guerra. —Pues una pena, le decían, porque ya van a coger a los de 16 años y a los de 15 para llevarlos al frente. Eso va a ser una matanza.— Gente más consciente pensaban así porque a otros no les importaba nada pues ni sus hijos ni sus nietos iban a ir a la guerra. Y hablaban con una frialdad. Mi papa decía:—Daba frío sentirlos hablar.—
¿A quién?
A los que paseaban por allí, gente sobre todo de la Falange, que vinieron muchos y que fueron los que fusilaron a la gente. Pero, claro, los falangistas no conocían a nadie, los que mataron eran señalados a dedo por la gente del pueblo. Entonces, cuando mi papa se enteró que iban a llamar a su hermano, le dijo a su madre:—Mama, prepara las ropas de Pepillo que me lo llevo, que me voy con papá.— Y su madre le dijo:—Pero como va a ser eso, ¿cómo te vas a ir?— Y mi papá lo tenía muy claro:—Pues claro, ¿es que lo vamos a dejar aquí? A mí no me pillan porque yo puedo seguir escondido lo que dure la guerra, pero a mi hermano, se lo van a llevar al frente.— Entonces ya mi abuela le hizo el ataillo con comida y eso y se fueron.
A cuarenta mujeres las pelaron a rapa aquí en Fuente Vaqueros y les daban aceite de ricino con sopas para que se lo comieran y luego las sacaban al paseo
Él se enteró de todo eso por la gente que iba y venía al pueblo a ver a la familia. Su padre y sus tíos estaban en el frente de Guadix (Granada). Conforme iban llegando los iban acogiendo en un refugio bastante grande para ir cogiendo a los niños, a los menores, porque hasta que no tenían 19 años los rojos no los cogían para ir al frente. Cuando mi papa llegó allí le preguntaron si sabía leer y escribir y les dijo que claro que sí. Entonces le dijeron si no le importaba enseñar a los que iban llegando que no sabían y estuvo dando clases un año, pues allí llegaban niños que no sabían hacer la o con un canuto. Al año les hizo falta alguien para comunicaciones y además seguía enseñando a los que iban llegando.
Tras la guerra a mi papa le hicieron un juicio y le sacaron cinco penas de muerte y se quedó en un año de cárcel y dos en un campo de concentración, en Tarifa (Cádiz).

Poco se habla de las mujeres que se quedaron en sus casas asumiendo también toda la cruda realidad de la guerra, ¿qué te contaron de cómo hacían frente el día a día las mujeres?
Muy malamente. Muchas irritaciones porque además de llevarse a los maridos, a los padres o hermanos para fusilarlos, iban dos o tres veces al día a darles la irritación. Y lo decían ellos por las calles:—¿Pa donde tiramos hoy para darles la irritación?.— Atemorizándolas y quitándoles todo lo que tuvieran, las dejaban sin nada. Un pan que tuvieran, se lo quitaban. Y que no tenían un plan completo casi nunca.
Eran mujeres con mucha entereza. Trabajaban en el campo para darles de comer a sus hijos. A cuarenta mujeres las pelaron a rapa aquí en Fuente Vaqueros y les daban aceite de ricino con sopas para que se lo comieran y luego, las sacaban al paseo para que todo el mundo las viera como se cagaban en la calle. Y eso se lo hacían por rojas.
Pues mira una cosa, que yo te hice a ti libre. Tu eres libre, que nadie te coaccione, ni nadie te ponga un dedo encima sin que tú lo permitas
Y si hablamos de la posguerra, ¿cómo fue para las mujeres ese tiempo?
Era durillo. Sobre todo si eras de las represaliadas. Pero, de todas formas, la gente de aquí era muy alegre. Y entonces a lo pasado se le dice adiós. Y yo, a pesar de todo lo que trabajé, tuve una infancia muy feliz porque como mi papa leía tanto, era muy avanzado, todavía no ha nacido quien pueda igualar a mi padre, Antonio Pérez Gómez. Mira si era avanzado a su tiempo que cuando habló con mi novio me dijo:—Mira, yo no te voy a decir más que una cosa Carmelilla, que el muchacho me ha dicho que quiere salir contigo. ¿Tú lo quieres?—, me preguntó. Y yo le dije que sí. Y entonces me dijo:—Pues mira una cosa, que yo te hice a ti libre. Tu eres libre, que nadie te coaccione, ni nadie te ponga un dedo encima sin que tú lo permitas. Tú puedes hacer lo que quieras porque ya eres mayor, pero que nadie te obligue y no te dejes humillar nunca.—
De todo lo conseguido por las mujeres en nuestro país en todos estos años, ¿a qué le das tú más valor?
A la libertad de las mujeres y a la igualdad. Antes el hombre hablaba en la casa y ya está, ha hablado. Ahora se discute, se comenta o se llega a lo que haga falta llegar. Y si hace falta decirle, pilla la puerta, la pilla. Hombre, eso es un logro. Mujeres maltratadas, mujeres que además el marido se iba y no les deja ni una peseta para comprar y cuando llegaba a la casa le decía el marido:—¿Qué comemos?—Y la mujer le contestaba:—¿Pero de dónde? ¿Dónde me dejaste ayer el jornal?— Y él le contestaba:—¿El jornal? Dónde tú pones el tuyo.—
Eso lo han vivido las mujeres y, encima, malos tratos, pero no solo psicológicos, estoy hablando de pegar. Y luego, él lo iba contando en el Campillo (campillo le decíamos a la plaza del doctor Pareja). Ahí se iban ellos tan anchos, contando sus hazañas.
Carmela, el teatro y Federico
Carmela, el teatro para ti siempre ha sido importante
A mí siempre me ha gustado mucho el teatro. Desde los siete años tenía montada mi compañía. Las niñas más mayores hacían teatro y yo iba, pagaba mi entrada y las escuchaba. Luego llegaba a mi casa y escribía mi teatro.

Yo me escribía mi obra y empezaba a ensayar con mis amigas y hacíamos nuestro teatro. Luego, ya mayor, cuando me fui a Francia, lo dejé. Bueno, y también con doce años mi mama ya no me dejaba actuar, ni actuar ni que hiciera nada que tuviera que ver con el teatro. Ella decía que no quería hijas cómicas en su casa. Pero yo, por bajines, sin que ella se enterara, organizaba el teatro con mi hermana y sus amigas. Yo era la directora y la que hacía de todo.
Y luego, de mayor, retomas tu actividad teatral que mantienes desde hace más de dos décadas.
Sí. Hicieron un taller de teatro aquí en Fuente Vaqueros y yo me apunté. Desde entonces me he tirado lo menos 20 o 25 años haciendo teatro.
Federico no estaba muerto en mi casa, no. Estaba vivo y muy vivo
Y tan teatrera tú y habiendo nacido y vivido en el pueblo de Federico García Lorca ¿qué ha significado para tí la obra y la figura del poeta?
¡Oy! Eso es que lo llevo dentro. A mi papá le gustaba mucho leer y yo aprendí a leer con el Quijote. Le gustaba leer más que comer. Federico decía:—Medio pan y un libro—, y mi papa decía:—Ni medio pan siquiera, el libro, con eso está uno alimentado.—
Federico era un tabú, no se podía hablar él, pero mi papa tenía libros de Federico y me lo dio a conocer. Empecé aficionándome a sus poemas. Yo los sentía, incluso a veces recuerdo que lloraba y todo.
Me acuerdo de muchos, pero, por ejemplo, uno cortillo es el de “Es Verdad” que dice (recita):
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
EN 1976, recién muerto el dictador Franco, se hace en Fuente Vaqueros el primer homenaje público a Federico García Lorca. ¿Cómo recuerdas ese día?
Ese día fue un sueño. Un sueño. Fue el homenaje ‘Media hora de libertad’, que no podía ser más (se ríe). Yo ese día iba volando, no ponía los pies en el suelo. Una prima hermana estuvo presentando a todos los artistas que vinieron, Víctor Manuel, Ana Belen, Serrat, Aurora Bautista…Vino mucha gente, artistas muy consagrados. Ese día no se cogía en la calle, aquello era un hervidero.
Y el ver tanta gente homenajeándole pues yo me sentía homenajea también, por la parte que me tocaba. Fue un día que nunca se me olvidará
¡Y había más policías y secretas que gente! Que me enteré yo después de cuantos policías vinieron. Un cura, Antonio, me dijo:—Carmela, ¿tú estuviste?— Y yo le dije que claro que sí —¡No iba a estar yo!—, le dije. —Pues yo también estaba—, dijo. —Y tú ¿para qué?— le pregunte. —Pues yo que vine de policía. ¿Tú viste que había gente?, pues la mitad éramos policías—, me dijo. Que pensarían que iba a pasar aquí para traer esa cantidad de policías.
Y porqué fue tan importante ese día para ti.
Para mí fue tan importante porque, como te he contado, en mi casa siempre hemos tenido a Federico muy presente. Federico en mi casa no estaba muerto (se emociona al decirlo). Estaba vivo y muy vivo. Y el ver tanta gente homenajeándole pues, yo me sentía homenajea también, por la parte que me tocaba. Fue un día que nunca se me olvidará.
Como conocedora de la obra de Federico, ¿cómo ves el papel que tenían las mujeres en su obra y en su vida?
Federico le da un papel de total libertad a las mujeres. Sentía admiración por las mujeres y le daba el papel que debían tener y en aquellos tiempos pues como que no era así. Él tenía criadas y no eran criadas, era gente que estaba ayudando en la casa y a las que quería como si fueran sus tías.
Es que Federico tenía un amor muy grande por las personas. Una vez, recién venido de Cuba (aquí venia mucho) traía un traje blanco. Era la Feria y le dice un gitano:—¡Oy! Don Federico. Y le dijo:—Que te he dicho Manolillo que a mí me llames Federico, a secas.— Y él le contesto:—Bueno, pues que me gusta mucho el traje que tienes, que se te sale del cuerpo.— A lo que Federico le contestó:—Pues mira, si tanto te gusta vente a casa de mis primas que me cambie.— Y se puso él una camisa y un pantalón y el traje que tenía para la feria se lo plantó al gitano. Que fusilaron al gitano por eso, por pedirle a Federico el traje.
¿Crees que es importante trabajar la Memoria de lo ocurrido en nuestro país?
Sí, pero sin rencores. Es una cosa que pasó y lo que pasó hoy ya no se puede apañar, pero lo que me duele a mí ahora mismo son todas las guerras que hay. Eso es lo que a mí me está doliendo, porque está ocurriendo hoy. Lo que está pasando ahora mismo en tos laos, en Palestina, en Venezuela, en Cuba mismo, que están sufriendo un asedio y están pasando hambre, hambre y no pueden comprar ni cuando tienen, porque tienen muchos apagones y se les echa a perder. Eso clama al cielo.
¿Qué opinas de quienes dicen que en tiempos de la Dictadura de Franco se vivía mejor?
Están contando mentiras. Fue muy cruel, una guerra muy cruel. Y además de hermanos contra hermanos. Porque a lo mejor los padres se habían ido a un lado y los hijos los llevan a pegarle tiros a los padres.

Para ti qué debería tener una sociedad para que fuera ideal
Lo que yo me encontré cuando llegué a Francia. Cuando yo llegué aquello era un paraíso. Esa conexión, que lo mismo podías hablar con una mujer que con un hombre. Aquí no te podías parar a hablar con un hombre, ni en el pueblo ni en ninguna parte. Allí éramos compañeros, no había distinción por el sexo. Allí era esa amistad, ese querer. Yo he llegado a querer a las personas como si fueran mi familia. Yo allí me he sentido querida y valorada.
Y cómo persona y emigrante que fuiste ¿cómo ves los mensajes y las acciones que se están haciendo contra las personas que migran a nuestro país para poder vivir y salir adelante?
Que no hay derecho. Que la esclavitud paso hacia mucho tiempo. Que todo el mundo tiene derecho a vivir donde le venga bien y hay que acogerles con el amor más grande del mundo. Yo veo a alguien de fuera y yo lo miro con amor, como si me tocara algo.
Haber hecho siempre lo que he querido. De cogerme mi libertad, cogerla porque no me la han dado, me la he ganado yo día a día
¿Con qué enseñanzas nos podemos quedar de lo que supuso la Guerra Civil y las hambrunas, los asesinatos, la falta de libertad y tantas cosas que vinieron después?
Que hay personas buenas y malas y que la que tiene mala sangre la tiene en todas las circunstancias de la vida. Y que los que sufrieron, sufrieron con mucha dignidad. Puedes tener todo el sufrimiento que quieras, es como el miedo, puedes coger todo lo que quieras, o decir, bueno, me ha tocado esto y ahora a lo hecho pecho, tengo que aguantarme con esta realidad y salir victoriosamente de ese agotamiento. Yo lo he sufrido y aquí estoy.
¿Ha sido buena la vida contigo?
Sí y no. He tenido de todo.
¿Qué es lo que más te ha gustado de tu vida?
Pues mis hijos, mis nietos y mis biznietos. Es lo que más me ha llenado.
Y tú, como mujer, ¿de qué te sientes más orgullosa?
Pues de haber hecho siempre lo que he querido. De cogerme mi libertad, cogerla porque no me la han dado, me la he ganado yo día a día. Que a mí me ha tocado irme un día al cine a Granada y que he pillado mi bolso y me he ido al cine o al teatro del Isabel la Católica (uno de los teatros de Granada) o a las fiestas del Corpus. Yo le he preguntado a mi marido:—¿Vamos a ir al Corpus?— Y el decirme:—Yo no.— Pues yo he cogido mi cartera y, a Graná.
Carmela, a tus 81 años ¿qué te queda por hacer?
¡Uy!, pues me parece que ná. Estoy completica (se ríe).

Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros.
Discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931)






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