Yo siempre a veces: a veces una fantasía, a veces todo cuesta arriba
Yo siempre a veces: a veces una fantasía, a veces todo cuesta arriba

Rocío Santos Gil

15 mayo 2026

No implica esto que lo todo aquello que vemos y leemos tenga que responder necesariamente a nuestras expectativas o sentirnos identificadas con la historia de manera forzosa. Los días siguientes al estreno de Yo siempre a veces leí textos donde se valoraba la serie por el hecho de ser una historia con la que muchas mujeres habían pasado. Un relato de la maternidad que interpelaba a muchas por la precariedad, por la soledad, por la inestabilidad. La historia de Laura nos habla de cuestiones materiales, de la inestabilidad, de la precariedad, de la falta de entorno en el que sostenerte pero también de sus expectativas sobre cómo debe ser la vida que desea para ella y su hijo Mario y a la que no llega. Porque es imposible llegar. 

Marta Bassols y Marta Loza (dirigen esta serie que se pudo ver en el Grand Auditorium Louis Lumière de Cannes. Detrás nos encontramos con el apoyo de la productora Suma Content de Javier Calvo y Javier Ambrossi .

Yo siempre a veces ya ha sido avalada con el premio al mejor guión en Canneseries.  Seis episodios de 30 minutos cada uno que se ven en un abrir y cerrar de ojos por lo atrapante que tiene la búsqueda de Laura, una joven de barrio con un futuro laboral que parece prometer bastante.  Pero conoce a Rubén (David Menéndez).  Arranca la serie con un primer capítulo donde pasan juntos la última noche de ella en Barcelona, justo antes de volverse ella a su trabajo en Berlín.  De qué nos suena este pasaje tan deseable e ideal, tan romanticón, donde se van de fiesta, follan, pasean de la mano, atraviesan muros infranqueables, se drogan juntos, se besan en mitad de una rave como si el mundo fuera esa cosa de la que usted me habla?. Pues claro. Pero tienen un bebé 

Las directoras Marta Bassols y Marta Loza (por favor, no Las Martas) apuestan por mostrarnos a personajes poco idílicos que llegan a caer incluso mal. Aquí se encuentra precisamente lo interesante de la serie: el debate que es capaz de generar con cada fisura quqe se abre en la vida de Laura. Las escenas, sobre todo en el segundo y tercer capítula, al terminar de verla porque deja un reguero de matices y entresijos por los que el diálogo y la reflexión se cuelan. A excepción del capítulo de la fantástica María de Medeiros, La casa de los espíritus; media hora insulsa que te saca de la cadencia del relato.

La protagonista suelta alguna perla clasista y yo diría que llega a estar incómoda cuando se ve obligada a regresar al barrio donde residen sus padres, que también es el de su infancia. Su futuro trabajando en festivales se ha esfumado y ahora toca lo que toca, y lo que toca no siempre gusta. Cada capítulo plantea dilemas sin ofrecer certezas porque la vida nunca es blanca o negra. Lo que sí es cierto es que por mucho que te entierres viva, por mucho que tu abuela venga del más allá, ni te va a cuidar a la criatura ni va a buscarte un curro decente. Y si el tarot sirviese para algo, podríamos pedirle el número ganador del próximo Euromillón y aquí paz y después gloria.

Cada capítulo es la casa de alguien. La casa del artista, La casa de las amigas, La casa de Berlin. Laura, de alguna forma, siempre encuentra un lugar, un espacio donde estar con su hijo. Aunque en lo más evidente podemos pensar en que estamos en una historia sobre la soledad, la precariedad y la maternidad y cómo se entrelazan, en el subtexto hay algo más interesante que el relato de «yo contra el mundo».

Creo que es un ejercicio honesto, personal y colectivo, pensar qué queremos, qué necesitamos y qué deseamos de nuestras amigas, conocidas y familiares pero también saber qué hacemos nosotras por esa red que a veces nos sostiene mejor y otras peor. Laura tiene una red pero sus necesidades son otras porque Laura está con Mario. Y Rubén, el padre de la criatura, no aporta nada que pueda sostener la inestabilidad de Laura.

La pregunta que me hago es: ¿qué ocurre con nuestras redes? ¿tenemos? ¿de qué tipo? ¿qué esperamos de ellas? ¿nos ofrecen lo que necesitamos? ¿responde nuestra red o lo hace de forma distinta a lo que esperamos? En los últimos años se han escrito cientos de textos sobre la amistad, las redes afectivas, las amigas que se van, que nos abandonan, que no son ya o que quizás nunca lo fueron. Sobre la familia nuclear y normativa. Y hay algo más trascendental e interesante que nuestras ideas y teorías sobre cómo deben ser nuestras relaciones, algo que parece latir detrás de la idea de la maternidad en soledad que vive Laura: nuestras redes son imperfectas.

Por eso me sorprenden los dos primeros capítulos e igual que muchas mujeres se han podido sentir cercanas a Laura y Mario porque la maternidad y la soledad en la crianza las atraviesa, yo me he sentido alejadísima ya en el segundo capítulo, cuando sus padres hacen el intento de hacerlo lo mejor posible, lo mejor que saben, y la respuesta de la protagonista es injusta y, a veces, cruel. Es interesante ver cómo se desarrolla esta relación aquí y en este contexto, con Belén Ponce de León y Paco Tous en los papeles de padres de Laura, descendientes a su vez una emigración andaluza que seguirá resonando en otros momentos de la serie.

Laura, además, tiene tres amigas que ofrecen su casa para criar colectivamente a Mario. Serán sus tres tías. Y como reza el meme, en su cabeza era espectacular. En el tercer capítulo, La casa de las amigas, le ofrecen el único espacio que tienen, una entrada en la casa compartida donde colocan una cama para que ella y su hijo duerman. Insisto: le ofrecen lo que tienen. Tu red te da lo que puede que quizás no sea lo que necesitas. 

Podemos desgranar las escenas, que en este capítulo son especialmente jugosas,  y debatir qué está ocurriendo cuando Laura insiste en que no haya drogas en el salón y su amiga, a pesar de que ha dicho que lo evitará (algo que también han acordado de forma explícita las habitantes de la casa), se droga con una invitada. Y esto me parece importante porque a veces hablamos de la red y de nosotras mismas como parte de un entorno ideal, sin fisuras, comprensiva, empática, 24H.

Pero, ¿necesita una red realmente? Porque cuando surge la oportunidad de dejar Barcelona lo hace. Se vuelve a Berlin, a su anterior trabajo, y de nuevo comienza a trabajar en producción de festivales. Si Laura necesita amigas, familia, apoyo y gente que la ayude a sostener y criar, ¿por qué pone tierra de por medio? O quizás no sea tan extraño: el deseo de la estabilidad material (un trabajo, una casa, una guardería, una vida buena para Mario y para ella) es más fuerte que tus vínculos afectivos. Desear una vida que se le escapa porque, como dice ella, también es una niña que necesite que la cuiden. Y es entonces cuando suenan Los Campanilleros y observas la complejidad de todo lo que atraviesa a la protagonista.


Pero el compromiso y las concesiones deben ir tanto de ida como de vuelta. Echo de menos el intento de resultar más empáticas las unas con las otras, de dejar de ser modernas de librería para pasar a la acción, de ceder y conceder. El feminismo es un verbo que se ejecuta. Sí resulta real cierta incomprensión pero es llamativo cómo todas se hacen menos cargo de lo que deberían. La serie no da respuestas cerradas: unas amigas precarias que posibilitan trabajos precarios en (cómo no) la hostelería, una casa compartida donde solo queda un rincón para Laura y el pequeño. Incluso cuando nos cabreamos con las amigas o con la protagonista, terminamos accediendo a comprenderlas porque justo las directoras deciden enseñar las costuras más desagradables de las relaciones que forjamos.

En una época donde leemos libros maravillosos, vemos películas estupendas, escuchamos podcast imperdibles y todo es una experiencia individual en sí misma, Yo siempre a veces apuesta por la voz de lo más cotidiano sin querer mostrarlo como algo portentoso. Es de agradecer esa naturalidad con la que nos la presentan. Sí que creo el disparadero que es esta serie nos plantea cómo nos comportamos y contestamos cuando la vida se pone chunga y parece que el mundo (y por ende, el sistema) te atropella.

Parece que aquí nadie está a la altura de la vida pero cómo estarlo si al final cada casa es una frustración y no hay alternativa habitacional. Eso sí: Ana Boga ha llegado para quedarse y la crisis de la vivienda ya es el rico sustrato que abona nuestras ficciones. 

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