Los cuatro elementos afrofuturistas de Fatoumata Diawara

La cantante denuncia el empeoramiento del conflicto en Mali y sus consecuencias sociales y medioambientales en su concierto en Málaga.

*Foto de perfil: Daniel Pérez

Fatoumata Diawara (Mali, 1982) es un torbellino de arte, pasión y lucha. Las raíces del folclore maliense se funden con el vanguardismo de la música electrónica, el jazz o el blues en sus canciones, generando un imaginario afrofuturista entre la música tradicional y las reminiscencias de Nina Simone, Ali Farka Touré o el propio Fela Kuti, como ella misma remarca en sus conciertos.

“África es mucho más de lo que nos cuentan. Es un continente poderoso”, explicó la cantante el pasado 28 de junio en el Teatro Cervantes de Málaga, tras un tímido “hola” con el que da la bienvenida al público malagueño. “Tenemos muchos problemas en África, pero creo que tenemos que volver a pensar en nuestras fortalezas. Eso es lo que África debe compartir”, denunció Diawara antes de levantar el puño y recibir un enfático aplauso. 

Diawara no entiende la música sin denuncia ecofeminista y pacifista. Los ritmos de su “país sin nacionalidad”, como denomina a la comunión entre los cuatro músicos de Burkina Faso, Guinea Ecuatorial, España y Argentina que la acompañan en la gira, se vertebra a través de músicas que aluden constantemente, como un mantra, a la realidad de África y, sobre todo, a la esperanza de un futuro mejor.

Aire masai

El torrente de voz de Diawara se convierte en el sonido de un silbato en varias partes del concierto, mientras sus manos se mueven como un pájaro, interpelando al público constantemente. ”En África tenemos un ritmo que cambia de región a región, pero es siempre el mismo”, enseña la cantante: “Bum, bum, bum, tac”, “bum, bum, bum, tac” repite, mientras algunas personas tanto en el patio de butacas como en el gallinero comienzan a levantarse para bailar.

Tras canciones míticas de su repertorio, como Sowa o Bakonoba, la danza de Fatoumata hace volar el pañuelo que ata su pelo. Una infinidad de vueltas después, una energía mística desde el centro del escenario lleva a la cantante a invitar a saltar “a lo masai” al público malagueño, prendado de la belleza y profundidad de su música.

Diawara bailando durante el concierto./ Foto: Daniel Pérez (Teatro Cervantes).

Y el coqueto edificio de 1870 vibra con los botes de las casi 574 personas que llenan el espacio para ver a la artista. Muchas de ellas provenían de la manifestación en Plaza de la Marina para condenar la muerte violenta de, al menos, treinta y siete personas, que intentaron llegar sin éxito a Europa cuatro días antes del concierto, huyendo precisamente de la situación que Fatoumata Diawara tiene presente, tanto en sus canciones, como en las explicaciones entre pieza y pieza.

La tierra de nuestras niñas y niños

Desde hace años, la parte norte de su país, Mali, es cada vez más insegura. No es un caso aislado, sino una dinámica que permea al Sahel. El aumento de la presencia de talibanes, unido a la emergencia climática y al interés militarista extranjero, provoca un cóctel que es diseccionado por la compositora entre canción y canción. “Tenemos que ser positivos para construir”, declara mientras recorre el escenario mirando a los ojos a las personas de las primeras filas.

 “Nuestros niños y niñas se merecen la paz”, reitera una y otra vez la cantante, primero en inglés y en algún momento en francés. No es para menos. Mali es uno de los países del Sahel más afectados por la violencia yihadista, tanto del Estado Islámico como de Al Qaeda, según denuncian diversas organizaciones internacionales, y ello afecta especialmente a los menores. El Grupo Temático Mundial de Protección liderado por ACNUR, una red de agencias de la ONU y ONG que proporciona protección a personas afectadas por crisis humanitarias en Mali, denunció el aumento en el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes en este país del corazón del África Occidental.

Diawara y tres de sus músicos en el Teatro Cervantes./ Foto: Daniel Pérez (Teatro Cervantes).

Según la cantante, “es nuestro deber como nuevas generaciones enseñar África de una forma positiva”, como hacía el músico y activista nigeriano Fela Kuti, una de sus influencias más evidentes. Desde Mali hasta el resto de África, la artista homenajea a uno de los máximos exponentes del afrobeat desde los setenta a los noventa.

Agua, su cuarto elemento

Diawara bebe agua para descansar, dejando su guitarra eléctrica roja, antes de coger un instrumento que se asemeja a un abanico colorido con un palo, se acuerda de las mujeres. “Las mujeres solo queremos paz, paz, paz. Nos lo merecemos”, afirma antes de dedicar una canción a las “lideresas del mundo entero”.

Para la polifacética creadora, el rol de las mujeres es fundamental, también en la industria musical. “Es muy importante que hablemos”, aludía la también actriz, que comenzó su carrera musical en 2011 con su disco Fatou, sin perder de vista el privilegio que supone su posición. “Soy una de las supervivientes escribiendo canciones, componiendo no solo en África, sino también fuera”, explicaba al público. 

“Nuestra visión no es la misma que la de los hombres y, por ello, es muy importante que hablemos”, reconocía la cantante maliense, sosteniendo el mismo discurso que ya expuso en el conocido documental Mali Blues de Lutz Gregor en 2016, donde relata su exilio temprano y su vuelta a casa, compartiendo con las mujeres de su pueblo natal Quelessebougou una canción sobre la mutilación genital femenina. 

Tanto en el filme como en el concierto, la dulzura de su música y la necesidad de tener y crear esperanza se entrelazan con la denuncia social, con una fuerte carga ecofeminista, frente al relato desempoderante y neocolonial sobre África. En el Teatro Cervantes, Diawara aludía a los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego antes de alertar sobre nuestra falta de tiempo para salvar el planeta. 

Diawara con su guitarra eléctrica./ Foto: Daniel Pérez (Teatro Cervantes).

Rico en oro, uranio y sal, Mali es el doble de extenso de España y posee fuertes desafíos, como la desertificación, la deforestación, la erosión del suelo y el agua contaminada, que se agudizan en un contexto de más de una década de conflicto, que ha provocado 25.000 muertos y cuatro millones de personas en movimiento.

Contra el fuego militarista en la OTAN

La vindicación pacifista de Diawara coincide con un momento especialmente delicado en las relaciones bilaterales España-Mali. Las últimas intervenciones del ministro de Exteriores de España, José Manuel Albares, al no descartar una intervención de la OTAN en el Sahel generaron un profundo malestar en el Gobierno maliense, actualmente en transición. 

Y estas declaraciones, como los vergonzosos acontecimientos en Nador, se produjeron en el marco de la cumbre de la OTAN en Madrid, en cuyo documento estratégico se incluyó, a instancias de España, un párrafo que hacía mención a que “los conflictos, la fragilidad y la inestabilidad en África y Oriente Medio afectan directamente a nuestra seguridad y a la de nuestros socios. La vecindad meridional de la OTAN, en particular las regiones de Oriente Medio, África del Norte y el Sahel, se enfrenta a retos interconectados de seguridad, demográficos, económicos y políticos”.

Alejada del ruido de sables de Madrid, la cantante maliense Fatoumata Diawara acortó la distancia entre Bamako y Málaga, haciendo una alegoría de la lucha ecofeminista y pacifista por medio de la invocación de los cuatro elementos, aquellos que África debe recuperar para encontrar la fortaleza del relato en positivo de su tradición y de su futuro.

Acerca de Ruth de Frutos

Periodista e investigadora. Enredo sobre derechos humanos en La Poderío. I Premio de Periodismo Social "Alberto Almansa" en la categoría de periodismo ciudadano por el artículo "Málaga no se vende, se alquila al mejor postor" y finalista del IX Premio Internacional Colombine por "Alicia, Carmen y Pilar en la ciudad de las maravillas (para ellos)", escrito con mi comadre Laura Rueda.

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