Primas del mundo: ¡Despertad!

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Isabel Fresno

Desde hace un tiempo, vivo enfadada. Exactamente, desde que empecé a trabajar en una oficina donde todas somos mujeres de entre 20 y 30 años. Al principio, entré con mucha alegría por poder compartir un espacio con solo mujeres. Tenía la impresión de ser una privilegiada, de tener la suerte de poder trabajar con otras mujeres capaces y luchadoras. Me sentía en un lugar empoderado. Estaba segura de que había encontrado un grupo de aliadas, de compañeras, de primas, de hermanas.

¡Qué equivocá estaba! Ya desde el principio noté que había algo raro cuando empezaron a salir esos típicos temas que suelen salir en las conversaciones entre mujeres: dietas, gimnasio, operaciones bikini, moda… vamos, lo que viene siendo obsesión por temas relacionados con nuestros cuerpos. Las primeras veces que las escuché hablar, tenía la impresión de haberme metido en una cueva con neandertales, de haber retrocedido en el tiempo y haber vuelto a una época en la que el feminismo no existía y la mujer aceptaba alegremente su posición subordinada en la sociedad. 

«Ya desde el principio noté que había algo raro cuando empezaron a salir esos típicos temas que suelen salir en las conversaciones entre mujeres»

¿Dónde estaban esas mujeres liberadas, empoderadas, conscientes de las injusticias? ¿No habíamos abierto ya todas los ojos? ¿No teníamos todas la misma postura ante la vida? Durante mi etapa universitaria tuve la suerte de poder estudiar la teoría feminista, de leer los clásicos y los no tan clásicos, de ver películas y documentales que me abrieron los ojos y me hicieron darme cuenta de que era (y soy) feminista. En definitiva, lo que me dice siempre mi madre de forma despectiva: que en la universidad me han adoctrinado. Ilusa de mí, me creía que todas estábamos en la misma situación. Tuve que salir de la facultad y toparme con la realidad fuera del mundo académico para darme cuenta de que el mundo real no podía estar más lejos de ese despertar que yo había vivido.

Recuerdo casi con ternura mis primeros días en el trabajo, cuando intentaba actuar de humilde educadora e introducir al resto de compañeras al pensamiento feminista. Me pasaba el día buscando libros, series, pelis, documentales para recomendarles, lo que fuera, cualquier cosa con tal de conseguir que abrieran los ojos. Muchas veces creía conseguirlo, pero luego, entraba la Carmela al grito de “¡Miarma! ¡Que me he metío en esto de vendé batidos pa’ adelgazá!”, y allí que iban todas como ovejitas a por su ración. O venía la Mari presumiendo de los dos kilos que había conseguido perder desde que estaba con el nuevo nutricionista del barrio, y allá que iban todas de cabeza a coger su cita.

«Muchas veces creía conseguirlo, pero entraba la Carmela al grito de “¡Miarma! ¡Que me he metío en esto de vendé batidos pa’ adelgazá!”, y allí que iban todas como ovejitas a por su ración «.

Y entonces fue cuando me empecé a enfadar. Intentar razonar con ellas era como hablar con la pared de tu cuarto. Empecé a hartarme de que me miraran con desconfianza cuando les empezaba a hablar del quererse a una misma tal y como somos, del buscar gustarse y satisfacerse a una misma en vez de a los demás. Me escuchaban como quien escucha a un loco contar una historia de fantasía, de ciencia ficción, una realidad que no podía ser. Total, que las dejé por imposible. 

Me enfadé aún más cuando llegó la calor sevillana de un día para otro, esa flama que pega durante todo el día en el verano del sur. Como es normal, ese día me apeteció ir con ropa ligerita, un pantalón corto y una camisetita de tirantas. La subida de temperatura nos había pillado por sorpresa y (¡oh, no, horror!) no me había depilado. ¿Qué hacía? ¿Me depilaba? ¿No me depilaba? ¿Me ponía algo que me tapase más aunque me asfixiara? Decidí dejarme tonterías: me puse la ropa que me apetecía y salí al mundo sin vergüenza, mostrando mis piernas y axilas con sus pelos. ¡Qué orgullosa me sentí de mi propia valentía!

«¿Por qué es tan difícil reconocer que buscan mutilarnos? ¿Arrancarnos partes de lo más sagrado que tenemos?»

Y entonces empezó la lucha: yo contra el resto de compañeras (y de todo con el que me iba cruzando por la calle, pero bueno, esa es otra historia). “¡Mira esa cómo viene hoy!”, escuché a la Mari decirle a la Carmela. ”Qué dejá, así normal que no le salga novio…”, oí criticarme a la Conso. “Qué vergüenza venir así al trabajo, ya hay que ser guarra…”, comentó la Auxi por lo bajini (aunque estoy segura de que, en el fondo, quería que yo la escuchara y me sintiera culpable). ¡Como si la loca y la enferma fuera yo por dejarme los pelos y no ellas por arrancarse esa parte tan nuestra que, además de ser algo natural, está ahí para protegernos!

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo desmontar toda esta ideología que embiste contra la realidad del cuerpo femenino? ¿Por qué cuesta tanto darse cuenta de que hay otra realidad alternativa en la que podríamos vivir sin sentirnos culpable por nuestro cuerpo y sus rasgos naturales? ¿Por qué es tan difícil reconocer que buscan mutilarnos? ¿Arrancarnos partes de lo más sagrado que tenemos?

«Hasta en nuestros ratos libres, las mujeres invertimos toda nuestra energía en tratar de encontrar la manera de torturar nuestro cuerpo»

Desde que Naomi Wolf verbalizara esta realidad a principios de los noventa en El mito de la belleza, son muchas las que se han hecho eco de sus palabras. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, Irantzu Varela y su recién publicada (Ya no) soy esa. Entre sus páginas, encontramos denuncia tras denuncia a ese desgaste que sufrimos todas por dedicar prácticamente toda nuestra energía a martirizar nuestros cuerpos en un intento (fallido) por asemejarnos al ideal (irreal) de ese cuerpo perfecto que nos quieren vender. 

Y es que otra cosa que me enfada es que la media hora que tenemos libre en la oficina para descansar, relajarnos y hablar de cualquier cosa que nos interese, se pasa (como no podría ser de otra forma) entre conversaciones sobre dietas de moda, los cuerpos perfectos de esta y la otra famosa, la última crema antiarrugas, la nueva clínica de depilación láser que han abierto a la vuelta de la esquina. La queja más escuchada en esa media hora: “¡Ojalá tener dinero para poder operarme el pecho, reducirme el estómago o hacer desaparecer estas odiosas cartucheras!”. ¡Bien hecho, patriarcado! Misión cumplida. Hasta en nuestros ratos libres, las mujeres, en vez de dedicar nuestro tiempo a cosas productivas, a crear, a investigar, a jugar, a experimentar, a lo que sea que nos interese, invertimos toda nuestra energía en tratar de encontrar la manera de torturar nuestro cuerpo, de modificarlo, de moldearlo, de romperlo, de hacerlo aceptable a los ojos de la sociedad.

Y me enfada ver lo poco que hemos avanzado. Quiero pensar que vamos por el buen camino. No soy ninguna ilusa, sé que la lucha que tenemos por delante es una carrera de fondo. Pero me enfada el simple hecho de tener que enfrentarnos a esto, de tener que dedicar nuestra energía a cambiar un sistema desigual e injusto que nunca debería haber nacido.

No es que esté cansada (que también), como diría Nuria Varela, es que estoy enfadada. Con los hombres, con las mujeres, con el sistema, con el patriarcado, conmigo misma. Me enfada y me da coraje y me da rabia que nos cueste tanto abrir los ojos y despertar.

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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