Adiós piojos

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Eva Lens Sánchez

Estoy sentada en el patio, mirando un Feliz Cumpleaños en letras de plata y colores vivos, escuchando la maravillosa playlist de “La Poderío” y preguntándome cómo serán los próximos cumples de mis hijas. Tienen 14 y 16 años, y su padre y yo estamos inmersos en la adolescencia.

Nuestra vida ha cambiado de la noche a la mañana. Hemos adaptado nuestras expectativas a la situación y vamos aceptando que esto va para largo. Machacamos todo lo que le hemos enseñado hasta ahora a nuestras niñas y les llenamos el cerebro de mensajes destructivos respecto a la forma de socializar, compartir y ser generosas. Vale. Ya lo están entendiendo: “Prohibido dejar la botella de agua a una amiga, prima o hermana, así se muera de sed. No seáis cariñosas, olvidad los besos y abrazos; si necesitáis ver a una amiga, sólo está permitido por videollamada ¡es un medio genial! (hasta el 16 de marzo, las llamaba asociales por hacerlo); y lo más importante, intentemos mantener el círculo. “Pero,…¡el círculo somos papá, tus amigas y amigos, esos que viven como ermitaños, mi hermana y yo!. Sí, el círculo, el círculo, el círculo…”.

Me escuchaba y parecía la chamana de la tribu de las “Circulitas”. Y mis tres me miraban raro, como con miedo, y yo percibía una ligera ida de olla en mi cabeza. Pero ya estaba dicho, y lo dicho, dicho está. Así que me convertí en la “poli mala”, en la pesada, la exagerada, la obsesa, la cortarrollos: 

– Niña, aléjate que estás muy cerca. Súbete la mascarilla. Lávate las manos. 

– ¡Pero si me las he lavado 16 veces en una hora!. 

– Pues habrás tocado 16 cosas que no debías tocar.

– Pero es que tengo pellejitos, mamá. 

– Échate crema y lávate las manos después.

Y de pronto…

– El 16 empezáis las clases, tenéis que ir preparándolo todo: ropa, hay que organizar horarios. ¿Dónde están los 87 leggins del año pasado? Este año no pienso comprar ni un compás más, ¡os aviso! ¿Y las calculadoras? Habré comprado calculadoras como para poner una tienda… 

– Pero mamá ¿y el círculo?

¡Es verdad! ¡El círculo! A ver, la “poli mala” que fui se fue relajando en su exceso de celo y, la verdad, el círculo se ha abierto un poco y unas cuantas veces. No he estado pendiente de si mis hijas se cambiaban la mascarilla, de entre las doscientas que dejan en el aparador de la entrada. 

– La mía es la azul.

– ¡Pero si son todas azules!

– La mía es la más azul, las otras están ya gastadas.

– ¿Y por qué no las tiras?

– Por si un día no encuentro.

– Pero así no sirve, esa mascarilla ya está contaminada.

– ¿De qué? ¿Tenemos el virus?

Resoplo y me voy pensando en lo “mucho” que respetamos el medio ambiente en esta casa, pero no en que finalmente pillaremos el odioso Covid.

La vuelta al insti

En fin, que me pongo a pensar en el insti y tras leer millones de mensajes en el grupo de las familias entro en pánico y en la culpa. “¿Pero qué ibas a hacer, mala madre? ¿Mandar a tus hijas al matadero?”. Esto tras pasar por varios estados: el de negacionista, el conformista, el de cuelgo la mochila en el balcón en señal de protesta, y el de pelearme con algunas madres y padres porque tal vez estamos siendo un “pelín” exigentes con que el centro educativo de nuestras hijas sea una burbuja donde no entre una gota de Covid, pero que a la salida da igual, porque nuestras hijas e hijos van a ser súper responsables y se van para casa corriendo y sin acercarse a sus compas, a quienes no ven desde hace seis meses. 

Que si la educación presencial es lo mejor, que si se guardan distancias y se lleva mascarilla “no tiene por qué pasar nada”, que el “riesgo 0” no existe, que semipresencial para cumplir los ratios (pero para lo que hay que comprar cámaras, claro), que se aumente el número de profesorado para hacer clases mañana y tarde, que lleven al alumnado al campo a aprender matemáticas con los abedules y los pinos (no sé cómo, pero parece que se puede), que si no llevo a mi retoño al cole me meten en la cárcel, que si le tomo la temperatura a mi hija y tiene 37,2 tengo que dejarla en casa sola con un posible Covid…

«Leo multitud de editoriales en las que sólo se habla de un profesorado que seguramente pasará a ser protagonista de nuestros próximos aplausos diarios de balcón de las ocho».

Me releo el protocolo Covid del instituto de mis hijas y observo que las ratios se respetan en todos los espacios del centro, excepto en las aulas. El profesorado dará sus clases a una distancia adecuada y las y los conserjes tendrán su mampara de separación, pantallas protectoras y guantes. Mis niñas llegarán con su mascarilla azul y otra de repuesto, a un centro convertido en un barullo de señales y normas, rodeadas de personas adultas que las mirarán como a aliens que les pueden chupar el ombligo, y se sentarán codo con codo en un aula con 33 compañeras y compañeros más. Sin embargo, leo multitud de editoriales en las que sólo se habla de un profesorado que seguramente pasará a ser protagonista de nuestros próximos aplausos diarios de balcón de las 8.

Si tengo algo muy claro y a la vez es de lo poco positivo, es que este curso no tendremos plaga de piojos. En Granada, como en otras provincias andaluzas, comenzamos a manifestarnos el 16 de septiembre. Sin pensarlo dos veces, me fui a la caravana de coches, para exigir una mayor inversión en la Educación Pública. Para que además, se cumplan las ratios. Para una vuelta segura a los centros públicos de enseñanza. Hoy, y las veces que hagan falta, seguiremos saliendo. ¡Por una enseña pública de calidad y segura ya!

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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