Diálogo Argelia – Huelva, con Malika Boussouf y Clara Aurrecoechea

6 // Resistencias desde la Comunicación Feminista en tiempos de COVID-19.

Una nueva entrega de las resistencias feministas en tiempos de Covid con dos realidades distintas y  alejadas que sin embargo encuentran espacios en común. Esta semana el diálogo va de la mano de Malika Boussouf, periodista argelina, curtida en la información de su país, donde actualmente la podemos seguir en la columna diaria que publica en Le Soir d’Algerie. La acompaña desde Huelva, desde el municipio de Trigueros, nuestra compañera Clara Aurrecoechea Iturregui, periodista de Canal Sur, medio en el que desempeña las labores de delegada sindical del SPA .

Con ellas vamos a construir un nuevo relato de lo que ha supuesto la entrada en nuestras vidas de esta pandemia global. Malika Boussouf nos acerca la realidad de un país muy  poco conocido y del que nos llega poca información, Argelia. Como nos contará Malika, su país vive momentos críticos con una importante represión de las distintas organizaciones que llevan más de un año manifestándose contra el gobierno y contra periodistas, medios de comunicación y defensores de derechos de humanos. En cuanto a las mujeres, la Covid-19 ha provocado un doble confinamiento, nos cuenta Malika “La pandemia no ha arreglado en nada las cosas para aquellas mujeres que ya estaban reducidas al silencio, hasta el punto de renunciar a los derechos legítimos de un género discriminado, pero que no renuncia a sus reivindicaciones gracias a las asociaciones que siguen defendiendo y reclamando los derechos que les pertenecen”.

Desde el municipio de Trigueros, Clara Aurrecoechea Iturregui nos acerca a la realidad de Huelva, una de las provincias andaluzas que menos casos de Covid-19 ha padecido. Con un marcado carácter agrícola, aunque también destaca su importante actividad industrial,  nuestra compañera nos cuenta la situación extrema de desprotección en la que se encuentran muchas de las personas que llegan a esta tierra a trabajar en sus campos,  y donde se destaca un alto porcentaje de temporeras que llegan desde otros países a hacer campañas como la de los frutos rojos y que este año la pandemia ha agravado los problemas que muchas de estas mujeres han tenido. “Es urgente, nos dice Clara, que se revise el modelo de contratación en origen y quizás la COVID19 nos está dando esa oportunidad, pero lo más inmediato es la vuelta segura de estas mujeres a su país. Están agotadas tras duros meses de su trabajo esencial y quieren volver a ver a sus familias.

Agradeciendo el trabajo de nuestras compañeras Malika Boussouf y Clara Aurrecoechea, damos paso ya a los relatos que nos traen desde Argelia y Huelva.

Imágenes de las vistas que tienen desde sus casas nuestras entrevistadas, de la ciudad de Argel y del pueblo onubense de Trigueros.

¿Cómo está afectando la COVID-19 a tu país/pueblo?

ARGELIA/ Malika Boussouf- El Covid-19 nos ha caído encima como una maldición. La pandemia ya había alcanzado las regiones más remotas del planeta mientras que los responsables políticos dudaban aún si declarar o no la alerta. ¿Cómo pensar que en Argelia, un país en el que el poder autoritario no es transparente en nada, se iba a comportar de otra manera ? En Argelia los altos responsables desconfían de todo lo que  pueda amenazar la continuidad del sistema. Tienen miedo de las críticas del exterior y de la población a cuya ira prefieren no enfrentarse. En otro tiempo habría dicho que el primer reflejo del gobierno argelino sería sortear la verdad para evitar la reacción de la calle, que ha demostrado desde febrero de 2019 que ya no se dejaría manipular. Hoy puedo afirmar con certeza que la pandemia ha llegado en el momento justo para salvar la poca energía que le quedaba al sistema para resistir a los fuertes y reiterados envites de un movimiento popular muy molesto con él.  Cientos de miles de  argelinos salieron a las calles a reclamaban desde hacía más de un año, la salida de un sistema desacreditado por todas partes y  un cambio radical en favor de más democracia, más derechos, más justicia, más libertades, la independencia de la justicia y de la prensa, el fin de las desigualdades entre los hombres y las mujeres, en resumen, reclamaban una transformación radical de los comportamientos político, económico, social y cultural.

Las autoridades comprendieron que contaban con una oportunidad inesperada para poner fin a las protestas. El Covid-19 les brindó el motivo más creíble, ya que vino inesperadamente a amenazar la vida de las mujeres y hombres que ocupaban las calles de manera pacífica

Malika Boussouf

El 16 de marzo, cuando se anunció el cierre de fronteras y la paralización del tráfico aéreo, ya se habían detectado casos en Blida, a 50 km al suroeste de Argel. Las autoridades comprendieron que contaban con una oportunidad inesperada para poner fin a las protestas. La Covid-19 les brindó el motivo más creíble, ya que vino inesperadamente a amenazar la vida de las mujeres y hombres que ocupaban las calles de manera pacífica pero sin flaquear, para exigirles que «se largaran todos». ¡Suspendan las manifestaciones ! Lo que el gobierno no ha podido lograr con la represión y los arrestos continuos, la pandemia lo ha logrado por él.

La pandemia ha corrido al rescate de un sistema moribundo. Se podría pensar que en un mundo emergente como el mío, los accidentes de la naturaleza o de laboratorio no sirven ni a la precariedad ni a la desesperanza. Los poderes autoritarios son los únicos que se benefician de ello. Debido al coronavirus, las fuerzas en el  poder siguen reinando de manera injusta sobre los estratos de población más desfavorecidos, que encontraban una válvula de escape en la ocupación de las calles de todo el país y lograron socavar las certezas de un sistema que creíamos que estaba llegando a su final.  

La Covid-19 ha penalizado doblemente a los argelinos al privarlos de esta renovada vitalidad llena de promesas. Por el momento, los dirigentes del país, que han logrado suspender todas las manifestaciones callejeras, han tomado otras medidas que atentan contra las libertades. Periodistas y defensores de derechos humanos y líderes de Hirak, el movimiento popular, fueron detenidos en sus casas en ausencia de testigos y llevados a prisión. Es como si el gobierno, al no saber de cuánto tiempo dispone gracias al coronavirus, quisiera silenciar todo lo posible para matar la protesta y devolver a los argelinos al estado de letargo en el que han vivido durante décadas.

HUELVA / Clara Aurrecoechea – Lo cierto es que en Trigueros, municipio en el que vivo y en el que llevo cerca de tres meses de confinamiento desarrollando mi trabajo sindical en modo teletrabajo, el estado de alarma por el coronavirus se ha vivido con una cierta normalidad dentro de la excepcionalidad que ha supuesto la absoluta paralización de la actividad social de sus cerca de 8 mil habitantes y eso pese a que alguna persona se ha visto afectada por la enfermedad.

Hablar de frutos rojos es hablar de las temporeras marroquíes ahora y hace unos años de las que venían del este de Europa, y de los asentamientos de trabajadores y trabajadoras migrantes en municipios como Palos de la Frontera o Lepe.

Clara Aurrecoechea

Las primeras semanas de confinamiento impresionaba el silencio. Amanecía, pasaba la mañana y la tarde y no se oía a nadie por la calle. Un silencio que empezó a romperse cuando empezamos a citarnos a las ocho de la tarde en los balcones y las puertas para aplaudir la labor que estaba realizando todo el sector sanitario de este país. Trigueros es un municipio de la provincia de Huelva, eminentemente agrícola y cuyo núcleo urbano está completamente rodeado de campos de girasoles, trigo, olivos y vides. Huelva ha sido la provincia que menos muertos y casos de COVID-19 ha registrado de toda Andalucía. Ubicado en la comarca del Condado Campiña y rodeado de municipios en los que los cultivos de los frutos rojos están muy extendidos. Y hablar de frutos rojos es hablar de las temporeras marroquíes ahora y hace unos años de las que venían del este de Europa, y de los asentamientos de trabajadores y trabajadoras migrantes en municipios como Palos de la Frontera o Lepe.

¿Qué incidencias sociales y económicas, o de otro tipo,  destacarías de esta pandemia en los distintos colectivos de mujeres?

ARGELIA/ Malika Boussouf- La mendicidad se ha convertido en un asunto de mujeres. Las mujeres que piden en la calle son más numerosas y a menudo están acompañadas de niños pequeños. A veces las acompañan chicas adolescentes que, incluso con el velo, dan la espalda a los transeúntes mientras la madre apela a su generosidad. Las imágenes de estas jóvenes, cuyos sueños han sido robados por una sociedad a menudo indiferente o que no tiene los medios necesarios para sacarlas de alli y reavivar en ellas la esperanza de una vida mejor, son extremadamente violentas.

Están las desfavorecidas por una poligamia legalizada por el Código de Familia, que surge de la sharia islámica, y que se encuentran abandonadas a los peligros de las calles, por un marido que se ha casado con otra. Cuando no pueden encontrar un hogar para albergar su indigencia, muchas de ellas se instalan en los alrededores de una mezquita para beneficiarse de una hipotética protección que, sin embargo, no cuestiona los privilegios masculinos dictados por el derecho musulmán.

Pero la calle no alberga solo a aquellas que han perdido el derecho a vivir dignamente. Entre las mujeres que mendigan están las que han sido puestas en la acera por un proxeneta que vigila no demasiado lejos. Tanto si mendigan como si se prostituyen, todas llevan velo para protegerse de la mirada de los demás y no ser reconocidas, o bien  para cubrir las marcas de los golpes que les da el que ha reemplazado al marido.

Un esposo violento que ha rehecho su vida sin tomarse la molestia de notificar el divorcio o el padre de la víctima que, o bien no comparte la lógica por la que su hija pueda reclamar legalmente sus derechos, o bien no tiene los medios para hacerse cargo de la hija y los nietos; o el hermano que desvía la mirada del drama por el que atraviesan su hermana y sus sobrinos, convencido de que merece lo que les está pasando. Las razones que exponen a la injusticia a estas mujeres cuando sus vidas se ponen patas arriba de un día para otro, son múltiples y desvastadoras.

HUELVA/ Clara Aurrecoechea – La declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo y el confinamiento por la pandemia supuso el cierre de fronteras y coincidió con el comienzo de la campaña de este año de la recolección de la fresa, que se ha visto truncada para muchas de las posibles mujeres marroquíes que tenían previsto venir a trabajar en los campos de fresas de Huelva, aunque un grupo importante ya se encontraba aquí y ahora tienen problemas para su retorno.

Pero sin duda alguna, ha sido en los asentamientos de migrantes, en los que se alojan cerca de 3.500 personas, donde más se han sentido los efectos del confinamiento, ya que viven en condiciones de insalubridad, elevadísimo riesgo sanitario y sin acceso acceso mínimo al agua potable.

Además, el pasado 14 de abril, el asentamiento de inmigrantes situado en el término municipal de Palos de la Frontera, ubicado a pocos kilómetros de Trigueros, resultó arrasado de madrugada por un incendio que dejó a unas 200 personas sin refugio. Problema que agudizó su situación en un momento en el que todo el mundo estaba confinado en su casa y con serias restricciones de movimiento para poderles auxiliar, hasta el punto que pocos días después la Asociación de Personas Migrantes Asnuci y una treintena de entidades sociales más, exigieron al alcalde de Palos de la Frontera que auxiliara de forma inmediata a las víctimas del incendio, ya que era injustificable que Palos, uno de los municipios más ricos de la provincia de Huelva, ni siquiera hubiera ofrecido instalaciones alternativas a las personas que lo habían perdido todo en un incendio que se sospecha había sido provocado.

¿Cómo afecta esta pandemia y la situación que genera en la violencia hacia las mujeres? ¿Se ha tomado alguna medida para poder denunciar o ser atendida por violencia de género?

ARGELIA/ Malika Boussouf – En circunstancias normales, cuando son libres de denunciar las violencias conyugales, rara vez lo hacen, para evitar las represalias de aquel al que la sharia islámica le otorga todos los derechos y que dentro del hogar es el titular supremo de la autoridad después de Dios. A fuerza de golpes, coacciones y forzadas a la obediencia por un Código de Familia represivo, la mayoría de ellas aceptan la dominación de un hombre conscientes del poder que les otorga una sociedad tan conservadora como la argelina. Ellas guardan silencio porque lo que se les ofrece a cambio, si denuncian a sus agresores, no les da la seguridad suficiente. 

La pandemia no ha arreglado en nada las cosas para aquellas mujeres que ya estaban reducidas al silencio, hasta el punto de renunciar a los derechos legítimos de un género discriminado hasta la usura y la desesperanza, pero al que no renuncian totalmente, gracias a las asociaciones que siguen defendiendo y reclamando los derechos que les pertenecen.

En realidad, están las mujeres que intentan incansablemente conseguir sus derechos y las que intentan convencer a las demás que no merece la pena porque piensan que la sumisión y el compromiso son la mejor forma de salvarse el pellejo. Así están las combatientes de la resistencia, como se les llama a las primeras porque se reivindican herederas del coraje y el compromiso de sus mayores que sacrificaron su vida por la independencia del país, que optan claramente por la luz y pelean por sacar a las mujeres que cavan sus propias tumbas. Y aquellas otras que, inconscientes del daño que están haciendo a otras mujeres, se sitúan en el bando opuesto boicoteándose a sí mismas.

La pandemia agrava la violencia en una sociedad que finge lo contrario. Una comunidad que no es que no se dé cuenta, sino que no dice una palabra sobre el hecho de que las mujeres estén condenadas desde la infancia a recibir golpes.

Malika Boussouf

Esta violencia, y no es la única, no es una ilusión. Entre quienes piensan que es beneficiosa y la infringen en su entorno femenino, convencidos de que hacen algo útil; y las que la sufren sin atreverse a protestar por temor a las consecuencias, hay un margen difícil de cruzar. La pandemia agrava la violencia en una sociedad que finge lo contrario. Una comunidad que no es que no se dé cuenta, sino que no dice una palabra sobre el hecho de que las mujeres estén condenadas desde la infancia a recibir golpes. La esperanza está en aquellas mujeres que desafían el poder de los hombres y a quienes, sin duda, nos les gustarían ver evolucionar en otros lugares. Pero ellas están ahí y se burlan de todos esos guardianes implacables del templo a quienes les gustaría imponer a las mujeres el tener que pedir autorización para acceder a los espacios, a las áreas concebidas exclusivamente para servir al confort masculino.

Las argelinas que no quebrantan las reglas de la lucha feminista, siguen haciendo inventario de los abusos masculinos para poder denunciarlos. Para aquellas que resisten y contribuyen infatigables a la emancipación de sus conciudadanas y contra la tendencia, siempre de actualidad en el campo femenino, de mantener un perfil bajo frente a los códigos misóginos que nos imponen y que el conservadurismo reaccionario enriquece con el paso del tiempo, no está en cuestión renunciar a la lucha. 

Muchos de los detractores de la libertad a la que aspiran las mujeres basan su desdén en una psicología social de pacotilla que ayuda a construir el discurso antifeminista. La pandemia ralentiza la lucha, pero no impide que intercambiemos y hagamos balance de las luchas  que quedan por librar para que al fin quede consagrada la igualdad  de derechos entre hombres y mujeres. Para que sean severamente abolidas las injusticias cometidas contra las mujeres y que sean corregidas las leyes que reducen la condición de las mujeres argelinas a la de menores de edad de por vida. Muchos políticos no lo dicen en voz alta, pero lo piensan. Les gusta afirmar, en relación con lo que las mujeres denuncian, que se trata de trivialidades y que hay cosas más urgentes, especialmente en estos tiempos de Covid-19 y de crisis social, política y económica. 

Los problemas de igualdad hombres/mujeres son aún más violentos cuando se trata de la religión y cuando son  las mujeres las que intentan tomar el poder que la religión otorga a los hombres.  Desde que estos dijeron «no» al Código de Familia, votado en junio de 1984, y las mujeres protestaron contra un texto que reducía a la nada su voluntad de emancipación, no se ha dejado de considerar que sus expectativas son demasiado agresivas para tenerlas en cuenta de forma inmediata. ¡Expectativas para las que siempre se encuentran razones absurdas para postponerlas hasta las calendas griegas !

Las mujeres han utilizado los recursos que ya conocían de antemano y el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ha triplicado las atenciones a las mujeres víctimas de violencia de género en Huelva durante el primer mes y medio de confinamiento domiciliario.

Clara Aurrecoechea

HUELVA/ Clara Aurrecoechea – Está claro que el confinamiento ha obligado a las mujeres que vivían una situación de maltrato a convivir durante las 24 horas del día con su maltratador durante muchos días, sin embargo, en Huelva, ninguna institución pública ha tomado tomado medidas específicas añadidas a las establecidas por el Gobierno central en el Plan del Ministerio de Igualdad de Contingencia contra la violencia de género ante la crisis de la COVID-19. Aún así, las mujeres han utilizado los recursos que ya conocían de antemano y el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ha triplicado las atenciones a las mujeres víctimas de violencia de género en Huelva durante el primer mes y medio de confinamiento domiciliario.

No hay que olvidar la violencia de género y la desigualdad que es estructural y no sólo la vivimos las mujeres en nuestra vida privada, sino que nos afecta también en nuestro trabajo. Los dos sectores económicos más importantes de Huelva son el agrícola con los cultivos de frutos rojos, los berries, y el de la industria química que, junto con el de Algeciras, convierten a Andalucía en la tercera comunidad española en cuanto a producción de la industria química, pero es en el agrícola donde el papel de las jornaleras es más destacado.

Al comienzo del estado de alarma el Colectivo de Mujeres Jornaleras de Huelva en Lucha denunciaron ante Inspección de Trabajo y la Consejería de Sanidad a más de una decena de empresas de frutos rojos porque no estaban cumpliendo con el protocolo de seguridad y la respuesta del Gobierno ha llegado con una campaña de inspecciones extraordinarias en el sector agrícola, en la que se está constatado graves irregularidades como alojamientos indignos para las temporeras, trato vejatorio e incumplimientos graves del Convenio Colectivo. Una campaña extraordinaria que no ha gustado nada a los empresarios agrícolas y a algunos alcaldes del Partido Popular de la provincia.

¿Cómo están actuando los colectivos de mujeres?

ARGELIA/ Malika Boussouf – No hay actividad partidista. Los partidos políticos aliados o los de la oposición han suspendido sus actividades. Los colectivos de mujeres que normalmente trabajan para ayudar a las mujeres desamparadas han puesto entre paréntesis sus actividades. Algunas se han unido a los grupos de apoyo de las personas sin hogar, que han visto agravada su situación con las restricciones del confinamiento.

El confinamiento no es una réplica de estos típicos encuentros tradicionales en el seno del hogar, sino la continuación de una lucha, mantenida de forma pacífica, iniciada en la infancia entre chicos y chicas que reproducen un patrón sin darse cuenta de su impacto en el desarrollo cotidiano. Desde la noche de los tiempos, las sociedades organizadas sobre el modelo patriarcal no han sido nunca tan explícitas sobre lo que reservan como tareas exclusivas al género femenino.

Ha sido necesario que el coronavirus venga a desafiar los rigores del conservadurismo ambiental. Sobre la marcha, la pandemia se hizo escuchar, incluso donde no se la esperaba. Sin previo aviso, vino a llamar la atención aportando su granito de arena a ese malestar alimentado por las dificultades de la vida. Un duro día a día agravado por las amenazas de una recesión que planea sobre un país en el que los hombres se han reservado, obviamente,  los roles más gratificantes para ello mismos.

Desde el inicio del confinamiento hemos escuchado a los hombres quejarse de su encierro y de la dificultad de limpiar y ordenar por todas partes. Cuando para combatir el aburrimiento aceptan hacer de amas de la casa y compartir las tareas domésticas, te dicen : «Si sigo por este camino, mi esposa tendrá que portarse más que bien. El rey de las tareas de la casa en el que me estoy convirtiendo pronto llevará la gandura (vestido interior que tradicionalmente llevan las mujeres en el hogar)»

HUELVA/ Clara Aurrecoechea – Justo en estos días se ha conocido que Mujeres 24H,  junto con otras 7 organizaciones coordinadas por Women’s Link Worldwide, han presentado una comunicación a distintas relatorías de la ONU denunciando cómo nuestro país y nuestra provincia, sigue mirando para otro lado mientras en los campos onubenses ( y ésto es exportable a otras provincias, pero Huelva tiene la característica de la contratación en origen que el resto no tiene) se siguen vulnerando los derechos humanos, y más concretamente los derechos sociales y laborales de miles de mujeres contratadas en origen.

Es urgente que se revise el modelo de contratación en origen y quizás el COVID-19 nos está dando esa oportunidad, pero lo más inmediato es la vuelta segura de estas mujeres a su país. Están agotadas tras duros meses de su trabajo esencial y quieren volver a ver a sus familias

Clara Aurrecoechea

Esta situación se ha agravado aún más con las consecuencias del COVID-19. El confinamiento ha supuesto para toda la población en general la pérdida de derechos y libertades como el de la movilidad. No hace falta mucho para imaginar la situación de las 7000 mujeres contratadas en origen este año, que, por el cierre de fronteras, no han tenido el relevo de las que llegaban a partir de marzo para el grueso de la campaña, y cómo es su situación actual tras haber terminado el período de confinamiento, y haber terminado sus trabajos en la fincas a las que llegaron vinculadas y a estas alturas permanecer cerrada la frontera con Marruecos. Es urgente que se revise el modelo de contratación en origen y quizás el COVID19 nos está dando esa oportunidad, pero lo más inmediato es la vuelta segura de estas mujeres a su país. Están agotadas tras duros meses de su trabajo esencial y quieren volver a ver a sus familias

Otros colectivos como la Asociación Nuevos Ciudadanos por la Interculturalidad (Asnuci)  y la Red andaluza de la Nueva Cultura del Agua también han actuado desde el inicio del confinamiento, sobre todo en los asentamientos de diversos municipios de la provincia de Huelva denunciando la situación de trabajadores y trabajadoras migrantes. Asnuci ha iniciado una recogida de fondos para la construcción del primer albergue para temporeros sin hogar de la provincia de Huelva. Junto a la Red andaluza de la Nueva Cultura del Agua ha denunciado la falta de acceso del agua y el saneamiento en varios escritos dirigidos al Ministerio de Sanidad y al Gobierno de la Junta de Andalucía y ante la opinión pública.

Gracias a esta movilización se ha conseguido el abastecimiento diario mediante camiones cisternas y se prometió una inversión de más de dos millones de euros para mejorar las condiciones de los asentamientos. Lo cierto es que a día de hoy, los camiones cisternas siguen abasteciendo a los asentamientos y del resto de intervenciones no se sabe nada. Aunque ahora pueden disponer de agua, las condiciones de acceso siguen siendo muy precarias, ya que quienes viven en los poblados están supeditados al horario de los camiones cisterna, tienen que hacer colas para tomar el agua, e incluso en el caso de que no estén en los poblados porque estén trabajando, por ejemplo, se quedan sin acceder a este recurso.  Ante esta situación, diversas organizaciones se organizaron para comprar varios depósitos de 2000-3000 litros para ser instalados en los campamentos y llenados con los camiones. La solución no es ni mucho menos idónea, pero si un paso positivo adelante.

¿Cómo se está informado a la población de la pandemia desde los medios de comunicación y la situación de las y los periodistas?

ARGELIA/ Malika Boussouf – La información en el sentido más amplio, está secuestrada por los que detentan el poder. Su control es aún más severo cuando se trata de la propagación del virus. A las redes sociales les debemos una radiografía de la realidad con testimonios e informes que consideramos más creíbles que los comunicados oficiales. La prensa independiente, por su parte,  hace lo que puede con los medios de los que dispone, es decir,  con muy pocos medios, y cuidando de no exponerse a las represalias. 

Buteflika, el ex presidente depuesto, al que la calle obligó a dimitir, rechazaba violentamente todo lo que representaba la prensa. Una prensa a la que despreciaba y con la que nunca nadie había sido tan violento. Las citaciones al tribunal de los martes se extendió a los demás días de la semana. Pero ya no tiene sentido preguntarle su opinión sobre el tema.

Esa misma prensa que sirvió de muro de contención al integrismo islamista es hoy objeto de maltrato por parte de un sistema que no tiene intención de cambiar y mucho menos de renunciar a sus privilegios.

Malilka Boussouf

Los periodistas, acostumbrados a ser maltratados, no se hicieron ilusiones con el poder que reemplazó a Buteflika porque provenía del mismo sistema. La prueba es que las prácticas represivas no han cambiado, e incluso, se han acentuado; los periodistas de medios independientes han sido arrestados y se consumen en prisión por delitos de opinión, por atentado a la moral de las tropas o por estar a sueldo de organizaciones extranjeras que trabajan para desestabilizar el poder, según este gobierno que es cada vez más autoritario.

Esa misma prensa que sirvió de muro de contención al integrismo islamista es hoy objeto de maltrato por parte de un sistema que no tiene intención de cambiar y mucho menos de renunciar a sus privilegios. No hablo evidentemente de los pseudoperiodistas que trabajan en las cadenas fundamentalistas financiadas por Arabia Saudí y los países del Golfo.

HUELVA/ Clara Aurrecoechea – Este es un asunto al que como periodista no puedo cerrar los ojos, aunque en este caso diría incluso que no puedo capar mis sentidos. La COVID-19 ha generado muchos bulos, mentiras, rumores y fakes news que en ocasiones han acabado difundidos por los propios medios de comunicación, pero que también han servido para que los periodistas nos diéramos cuenta de la importancia de no caer en ellos y del papel que las entidades de verificación como Maldita.es, Newtral o Efe Verifica, pueden tener como herramientas a la hora de desarrollar nuestro propio trabajo.

Las consecuencias económicas de la pandemia considero que, cuando podamos hacer recuento, van a resultar devastadoras para un sector como el de los medios de comunicación que todavía no se había recuperado de la crisis de 2008

Clara Aurrecoechea

Por otra parte, nos han obligado de sopetón, sin preparación mental y técnica alguna, a trabajar a distancia o en remoto. Creo que hemos sabido responder a esa necesidad más urgente que nunca de informar a la población de todo lo que estaba aconteciendo en nuestras vidas y a nuestro alrededor a consecuencia de la pandemia. Pero las consecuencias económicas de la pandemia considero que, cuando podamos hacer recuento, van a resultar devastadoras para un sector como el de los medios de comunicación que todavía no se había recuperado de la crisis de 2008, ya que no ha habido semana en la que no hayamos conocido que un medio, dos o tres, se vieran afectados por un ERTE o clausuraban sus publicaciones o emisiones.

¿Cuál es el papel que están jugando las noticias falsas o fake news en esta alerta sanitaria?

ARGELIA/ Malika Boussouf – Como en todas partes, las fake news tienen como objetivo sembrar la duda en la gente, a las que se les anuncia brutalmente que tendrán que renunciar a su libertad de circular, de trabajar, de abrazarse, de amarse o de ir de vacaciones. A partir del momento en el que se les invita a quedarse en sus casas y a restringir el contacto con el exterior a su expresión más mínima, se van a ir focalizando en cualquier información que, contradiciendo los comunicados oficiales, les tranquilicen.

En Argelia, las fake news están teniendo un impacto importante sobre aquella ciudadanía que querían enfrentarse al poder al que les gustaría derrocar. La información transparente, cuando revela la gravedad de la situación así como los peligros en desobedecer las recomendaciones, se convierten rápidamente en órdenes y no son bienvenidas. El interés que mucha gente tiene en confiar en las noticias falsas es casi como un mecanismo de defensa desarrollado por un instinto de supervivencia. Y cuando las noticias falsas toman un cariz local, ganan en credibilidad causando los estragos previstos por sus creadores.

HUELVA/ Clara Aurrecoechea – En el caso de las redes sociales que es donde tienen su principal caldo de cultivo y pueden difundirse sin freno, creo que están contribuyendo a tensionar mucho a la sociedad española, polarizándola y enfrentando posiciones políticas de forma muy agresiva. No hace falta más que entrar en twitter para ver la agresividad de las personas, una red que para mí es una fuente de información y de compartir información, pues al no ser nada dada a difundir mis opiniones personales, me ha obligado en muchas ocasiones a hacer un ejercicio de contención ante las barbaridades que leía.

Y si hablamos de whatsapp, a muchas persona nos ha obligado (es un asunto del que he hablado con muchas compañeras de profesión) a hacer una labor de pedagogía ante la cantidad de bulos que nos llegaban, y que no siempre eran bien recibidas por las personas a las que dirigíamos esa labor. Aunque por otra parte, también es cierto que en una situación de pandemia como la que estamos viviendo, esa multitud de bulos y mentiras ha obligado al Gobierno, a las instituciones sanitarias y a los medios de comunicación, a alertar más que nunca del peligro que suponen y creo que han ayudado a que la sociedad civil sea más consciente que nunca de la facilidad con la que puede verse contaminada, por lo que buscan fuentes fiables para informarse.

LAS MUJERES DE MI PAÍS

Por Malilka Boussouf

Las mujeres de mi país se construyen, en su mayoría, en el interior de un universo bajo control. El único en el que se les permite expresarse, moverse sin que insistan en sus expectativas ni en sus sueños más profundos. Están las mujeres que construyen sus sueños y luchan para que se hagan realidad, y están las que se someten  y las que adoptan un comportamiento masculino, el de aquellos hombres a los que creen poder parecerse y que no tienen otras perspectivas que las de salir de su situación.

De una manera o de otra y sean cuales sean los medios adoptados, está presente la idea de emanciparse. Sea cual sea el medio para conseguir sus objetivos, incluido el más brutal, detrás de él existe una voluntad de escapar a la sumisión. Las sociedades patriarcales son violentas. La filosofía que construyen y refuerza el poder del mundo masculino, es violenta. La fuerza dominante saca su fuerza y sentido de la energía que cultivan las mujeres para salir adelante, ello explica el retraso en la conquista de los derechos que originalmente les fueron negados.

Redoblar los esfuerzos para que se admitan las capacidades de una mujer y que esta pueda acceder a una parte de este poder es, en los países conservadores como el mío, sencillamente impensable, y de lograrse, solo se obtendría en una parte ínfima. El respeto hacia los derechos de las mujeres seguirá siendo un espejismo mientras el Código de Familia, que reduce la condición de la mujer argelina a una categoría de ciudadana de segunda,  rija sobre sus libertades.

A menudo nos encontramos con un problema, las mujeres que obtienen puestos tradicionalmente reservados a los hombres son las que sirven de garante al poder misógino que impera tanto en el país como en las familias. Es verdad que Argelia ha ratificado los textos internacionales que consagran los derechos de las mujeres. Pero los mismos hombres que dicen adherirse a esos textos, hacen lo que les place en sus casas. Porque en la realidad, los organismos internacionales que apelan al respeto de estas leyes, tienen problemas más urgentes de los que ocuparse que vigilar la aplicación efectiva de esos derechos

Se puede pensar que la pandemia y el confinamiento, que obliga a los hombres a quedarse en casa, les va a hacer tomar conciencia de lo que viven sus esposas, sus madres, sus hermanas o sus hijas, cuando la decisión de encerrarlas no viene de los poderes públicos sino de ellos mismos. Solo aquellos que no explotan en su propio beneficio las odiosas recomendaciones de una sharia enemiga de las mujeres, son los que no tienen por qué sentirse culpables. Pero la mayoría de los hombres no se preocupan por el poder que ejerce la sharía sobre el género femenino, ya que los códigos construidos por y para los hombres no se ven cuestionados. Ellas, las guardianas del templo, están molestas por ser escrutadas en sus hechos y gestos intramuros y contrariadas porque los hombres estén obligados a acompañarlas.

En un país en el que una ministra invita a  sus congéneres que ocupan puestos de alta responsabilidad a donar su salario para  poder ayudar a superar la crisis, ya que de todas formas son los hombres los que sufragan los gastos del hogar, todavía queda mucho camino por recorrer y muchas luchas que conquistar para imponer los derechos confiscados por una organización social arcaica. Esa sociedad inspirada por la sharía islámica que en caso de divorcio o de herencia acude en ayuda de los hombres y que, aunque se vanaglorian de ser abiertos de mente y legalistas, recuerdan  que la religión les otorgó esos derechos y decidió a su favor.

Cuando se produzca el desconfinamiento, las mujeres se darán prisa en salir a respirar otro aire diferente al que están obligadas y entonces dirán, “veis como son libres, van a los centros comerciales con total libertad”. Lo que no se dirá es que el velo, que no es fruto de la tradición de Argelia y contribuye al encierro de las mujeres, las autoriza a salir fuera porque, incluso fuera, están confinadas en un hijab que aprisiona su cuerpo y restringe sus libertades.

La entrevista completa en francés de MALIKA BOUSSOUF, las puedes leer AQUÍ.

Traducción de la entrevista de Malika Boussouf por Antonia Ceballos Civantos.

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La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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