Soy Carolina y he salido de un cáncer de mama

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no se hace responsable de lo que opinan las autoras y autores, solo apoya la participación de las lectoras como espacio de libre expresión. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Carolina Rivas Pozo

Soy Carolina, tengo 39 años y en septiembre de 2018 mi vida cambió radicalmente y mi YO se tambaleó, me rompí en mil pedazos. Me detecté un bultito en mi pecho izquierdo que resultó ser un tumor de mama con resultado de mastectomia radical.

Un 4 de septiembre por la noche, mientras veía la tele, me palpé el pecho y noté un bulto pequeñito y duro en mi pecho izquierdo y me alarmé. Jamás había tenido quistes. Solía explorarme los pechos con cierta frecuencia y en ese momento de mi vida aún los tenía mas controlados. Mi buena hija tenía un año y hasta los cinco meses estuve con lactancia materna y me obsesioné un poco con el aspecto de mis pechos.¡Bendita obsesión! Mi tumor era Her2+ de rápida expansión y fue vital la detección precoz.

Al día siguiente acudí a mi ginecóloga y me hizo una ecografía, su cara ya delataba la terrible noticia y sentenció diciéndome: «esto no tiene buena pinta, ojalá me equivoque, pero parece un tumor maligno. Hay que hacer una biopsia cuanto antes”. En aquel momento me derrumbé y lloré, no recuerdo mucho más, lloré sin consuelo mientras en mi cabeza me repetía sin parar «¿tumor de mama?, ¿Yo?, ¿por qué yo?, ¿Por qué?». A partir de ese momento sentí miedo y mucha angustia, mi vida cambió de repente, sin planearlo pasé de ser una mujer sana con una vida normal a ser una enferma, rodeada de médicos, pruebas, hospital un día si y otro también y así estuve durante 14 días, los peores de mi vida,  en los que me hicieron todas las pruebas necesarias para operarme y quitarme ese bichito malo. Fueron días muy angustiosos esperando resultados, pero estoy muy agradecida del personal sanitario que me atendió en esos días por la rapidez con la que actuaron y me llevaron de la mano, guiándome en ese camino y dándome tranquilidad con su cara más amable y sensible, pues en esos duros momentos, una no está para pensar ni tomar decisiones.

«A día de hoy sé que fue la mejor decisión, pero fue muy dolorosa esa pérdida, es como cuando pierdes a un ser querido, igual lo sentí».

La biopsia confirmaba lo que ya sabía y se convertía en mi peor pesadilla. Tenía un tumor de mama que había que extirpar, algo sencillo en principio, pues mis ganglios no estaban afectados y eso era muy buena noticia. 

Llegó  el 19 de septiembre y volví a nacer, así lo sentí al salir del quirófano, me habían quitado el bichito malo, pero también la mama entera. Hubo un revés de última hora y mi cirujana me lo comunicaba justo antes de ir a quirófano, cosa que le agradecí muchísimo. En la resonancia salieron dos bultitos más, muy pequeños, eso implicaba perder la mama entera, aunque intentaría hacerme cirugía conservadora. Aquello fue un mazazo, lloraba y lloraba en el camino a quirófano sin consuelo y pidiéndole que por favor limpiara sin quitarla, pero no pudo ser y todo acabó con una mastectomía radical. A día de hoy sé que fue la mejor decisión, pero fue muy dolorosa esa pérdida, es como cuando pierdes a un ser querido, igual lo sentí.

Tras la operación, vino una etapa complicada que era la aceptación de lo que había ocurrido. No lo había asimilado aún, todo había ocurrido en muy poco tiempo. Era incapaz de mirarme al espejo y ver la ausencia de mi pecho. A veces pensaba que era un mal sueño y eso no me podía estar pasando a mí.

Llegó el temido tratamiento: la quimio. Algo que me aterraba por los efectos secundarios que había oído que tenía, pues por suerte no tenía antecedentes familiares, yo era la primera en mi familia en padecer esta enfermedad. Me dieron ocho ciclos, un total de seis meses de tratamiento con sus sesiones fuertes y otras más flojitas. La primera sesión fue muy dura, lloraba al verme sentada en el butacón y enchufada a la maquinita de tratamiento. Tengo que decir que el trato que recibí del personal sanitario que me atendía fue increíble, tienen una calidad humana y una sensibilidad que es para quitarse el sombrero, te lo ponen más fácil. 

«Mi niño recibió tan bien el mensaje que el primer día que me vio sin pelo, aunque le impactó mucho al principio, rápidamente reaccionó […] «Venga mamá, ya podemos jugar». Me emocioné. Ya éramos dos piratas en casa».

Tras esa primera sesión, llegó otro momento doloroso y duro de afrontar, la caída de pelo, fue la primera pregunta que hice a las doctoras tras mi operación: ¿se me caerá el pelo? Me asustaba mucho enfrentarme a ese momento, sabía que era tan sólo algo estético y todo mi entorno me decía para animarme que no pasaba nada, el pelo crecería y es de lo que menos me tenía que preocupar, pero a mi me angustiaba ver esa imagen mía y, además, hacía más visible la enfermedad. 

Tengo dos buenos hijos. Por aquel entonces tenían uno y cinco años respectivamente, le daba muchas vueltas a como se lo tomaría mi niño con cinco años, era difícil ocultar algo así durante tanto tiempo. Siguiendo el consejo de mi cirujana, contacté con ASAMMA (Asociación de Mujeres Operadas de Cáncer de Mama de Málaga), y la psicóloga me asesoró y me dijo que  tenía que contárselo, lo entendería de un forma tan natural que hasta me sorprendería. Y así fue, sentí una paz que no sé ni explicar. Una noche le conté a mi hijo un cuento que tienen en la Asociación para estos casos. Mi niño recibió tan bien el mensaje que el primer día que me vio sin pelo, unque le impactó mucho al principio, rápidamente reaccionó. Se fue unos minutos a su habitación y salió a recibirme vestido de pirata con un pañuelo en la cabeza diciéndome: «Venga mamá, ya podemos jugar». Me emocioné, ya éramos dos piratas en casa, de eso trataba el cuento.

Comencé a utilizar peluca y no fue nada fácil, me costó mucho hacerme a la idea y salir a la calle sin pensar «todos me miran, todo el mundo se ha dado cuenta de que llevo una peluca». Nada más lejos de la realidad, es algo que yo veía en mi cabeza, pero no era real. Pasadas unas semanas, le fuí dando normalidad y me acostumbré, en eso me ayudó mucho la psicóloga de ASAMMA. Es primordial buscar ayuda en todos los sentidos, por muy fuerte que te sientas, hay ciertas cosas que no puedes gestionar tú sola. 

«El cáncer te sacude como un terremoto y te hace ser diferente. Siento que soy otra persona, ni mejor ni peor, distinta a la que era antes de la enfermedad».

Mi día a día continuaba entre tratamiento, analíticas, médicos, pruebas de control, y paralelamente, me dedicaba a cuidarme y a mimarme. Era fundamental tener mi mente y cuerpo fuertes para afrontar todo el tratamiento. Caminaba a diario, hacía yoga, meditación, reiki y buscaba todo aquello que me hiciera sentir bien, tranquila y relajada. Es muy importante mantener una actitud positiva y estar bien rodeada: el apoyo y cariño que he recibido de mi familia, amistades y conocidos ha sido un aporte de energía muy necesaria, pues la mayor parte del tiempo te encuentras como subida a una montaña rusa, a veces muy arriba, y otras, tirada por el suelo, casi reptando y en esos momentos están ELLAS para levantarte. 

Y el 1 abril por fin llegó la última sesión del tratamiento. Recuerdo ese día con una gran felicidad. Lo celebré con mucha ilusión, no me lo podía creer, ya había pasado lo peor. Poco después me hicieron la reconstrucción del pecho y la colocación de los implantes, otro gran día. Sentía que volvía a ser yo, me sentía más completa.

A día de hoy, me siguen poniendo una vacuna de inmunoterapia cuya función es fortalecer mi sistema inmunológico, aunque y sigo con secuelas por todo el tratamiento recibido, un: cansancio físico y mental. Tras acabar la quimioterapia noté un bajón general muy fuerte, todo este año tan duro pasaba factura. Poco a poco voy mejorando, sigo recibiendo terapia psicológica, me dan respuesta a todas mi preguntas y síntomas y eso me hace sentir mejor. Continúo cuidándome mucho, hago ejercicio, cuido la alimentación y miro por mi bienestar por encima de todo y de todos. 

El cáncer te sacude como un terremoto y te hace ser diferente. Siento que soy otra persona, ni mejor ni peor, distinta a la que era antes de la enfermedad, pero me gusta lo que veo, cambió mi orden de prioridades y me enseñó a ver la vida con otros ojos. 

Afortunadamente se sale, se cura y aunque desgraciadamente somos ya muchas sufriéndolo, somos las “Bellas de Rosa”, mujeres luchadoras y optimistas que miran al frente con la mejor de las sonrisas, aunque a veces cueste hasta levantarse…

Artículo publicado en colaboración con el Club de las MalasMadres

*Malasmadres es una comunidad emocional 3.0 de madres que tenemos mucho sueño, poco tiempo, alergia a la ñoñería y ganas de cambiar el mundo o al menos de morir en el intento… Nace hace dos años en una cuenta de twitter @malasmadres con el objetivo de desmitificar la maternidad y romper el mito de “la madre perfecta”.

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Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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