El cunnilingus de la discordia

María Martín, de EVEFem, presenta su primer libro: Ni por favor, ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado); esperamos que sea solo el primero de muchos porque nos encanta su manera de contar las cosas. Una lectura refrescante para el comienzo del verano que da mucho que pensar y aborda un tema tan espinoso como el lenguaje inclusivo desde la reducción al absurdo de cuestiones que solo se explican por motivos ideológicos, no lingüísticos.

En el principio fue la palabra. Y la palabra era cunnilingus: “práctica sexual consistente en aplicar la boca a la vulva”, según la RAE (Real Academia Española). Sí, han leído bien: “aplicar la boca a la vulva”. Este es uno de los muchos ejemplos que se pueden leer en Ni por favor, ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), de María Martín, fundadora de la Escuela Virtual de Empoderamiento Feminista EVEFem. Y fue el ejemplo definitivo que convenció a las editoras de Catarata de que Martín era la persona adecuada para escribir un libro sobre lenguaje inclusivo diferente, alejado de los arduos debates y de las pasiones nada sanas que genera este tema. Ni qué decir tiene que misión más que cumplida: es imposible despegar la vista de la lectura, es imposible no reír a carcajadas y es imposible no cambiar el enfoque de lo que es y lo que no es el lenguaje inclusivo. “Pedir que nuestras experiencias, nuestras hazañas, nuestros cuerpos, nuestras emociones se reflejen de forma adecuada es parte de mi idea de lenguaje no sexista”, explica precisamente a raíz de la definición de cunnilingus de la RAE.

Ni por favor, ni por favora surge de la sororidad y está impregnado de ella de principio a fin. El título en sí es ya toda una declaración de intenciones. “Publicista Feminista en la primera campaña de Golondrinas a la RAE dijo ‘y eso es así y no quiero ni por favor, ni por favora’ y yo le dije ‘hija de mi vida, tan jovencita y te has parecido mi madre’ y desde entonces tengo esa cosa ahí, por una parte es como un homenaje a ella y por otra parte porque yo he estado toda mi vida oyendo esa frase”, nos cuenta Martín delante de un té moruno en la planta baja de la librería Caótica en Sevilla justo antes de la presentación de su libro en la capital andaluza.

“Es un homenaje a nuestras madres y a su conocimiento intuitivo del feminismo”

Martín está en plena promoción de un libro que ha salido en tiempo record, pero que atesora un trabajo minucioso de años. En la Feria del Libro de Madrid ha podido comprobar el acierto de un título que a todas nos conecta con algo que llevamos muy adentro: “incluso gente a la que no le interesaba el libro para nada pasaba y decía ‘mira, mira, qué gracia’ y estoy segura de que hay gente que compra el libro solo por el título”. Sobre todo, explica, Ni por favor ni por favora es un homenaje a nuestras madres y a su conocimiento intuitivo del feminismo, no le saben poner nombre a la teoría, pero tienen interiorizadas más prácticas de las que ellas se creen y de las que nosotras nos creemos”.

Por cierto, lo de “sororidad” ya lo reclamaba Unamuno en La Tía Tula (1921), tal y como recoge Martín en su libro, donde aseguraba que “es extraño que junto a fraternal y fraternidad, de frater, ‘hermano’, no tengamos sororal y sororidad, de soror, ‘hermana’” y añadía “en latín hay sorius, a, um, lo de la hermana, y el verbo sororiare, crecer por igual y juntamente”. Y no es que a las mujeres, en tanto que hablantes de esta lengua patrimonio de todas y todos, nos haga falta Unamuno para nombrarnos, pero sí nos ayuda a argumentar que detrás del lenguaje sexista no hay, como quieren hacernos creer ninguna razón lingüística. “El rechazo al lenguaje inclusivo, no es una posición lingüística, es una posición ideológica”, nos dice Martín. “Cuanta más conciencia tienes de tu posición ideológica más te resistes al lenguaje inclusivo”, añade. Dicen que no podemos ideologizar el diccionario, pero lo que hay que hacer es desideologizarlo porque está lleno de ideología machista. Lo que no quieren es que no lo hagamos feminista, lo que no quieren es que le quitemos el machismo que tiene, que es lo que me parece mucho más fuerte. Si están ahí para registrar lo que hace la masa de hablantes que se callen y nos dejen hablar”, concluye.

Golondrinas a la RAE

En desideologizar el diccionario lleva María Martín desde el año 2013 con la campaña #GolondrinasalaRAE. Cada año, estas golondrinas hacen dos incursiones cibernéticas a las entrañas del poner falolingüístico de la RAE: una en primavera, coincidiendo con el 23 abril, Día del libro, y la otra en septiembre, cuando llegan a las librerías las novedades de la temporada, los libros de texto y se retoma la actividad editora. “Golondrinas a la RAE es una campaña para hacer lo que hace este libro: evidenciar que el sexismo que hay en el diccionario no es solamente porque la sociedad es sexista y hablamos de manera sexista, sino porque, además, quienes se encargan de recoger las palabras, definirlas, poner los ejemplos y añadir las marcas de uso tienen una concepción determinada del mundo que se traslada al diccionario”, explica Martín y añade: “Golondrinas a la RAE lo que hace es ir leyendo el diccionario y buscando dónde están esas marcas sexistas, esos ejemplos sexistas, esas descripciones sexistas. Que no es una cosa que he inventado yo, es una cosa que Eulalia Lledó y Mercedes Bengoechea llevan haciendo desde los años 90, solo que ellas lo hacen desde el punto de vista experto, yo no me puedo comparar, yo lo que intentaba era utilizar las redes sociales como herramienta y decir vale, hemos encontrado todo esto, ahora le vamos a preguntar a la RAE dos veces al año por qué eso es así, por qué no se cambia, qué motivos lingüísticos hay para que se sea más huérfano de padre que de madre, por ejemplo, que ya no está, pero sí estaba en el diccionario”.

La inclusión llega o llega./Foto: Antonia Ceballos Cuadrado
La inclusión llega o llega./Foto: Antonia Ceballos Cuadrado

Lo de “incursiones” se lo sirvieron en bandeja: “coincidiendo con esa idea de hacerlo, de pronto salieron unas declaraciones de Pérez-Reverte, creo que fueron, y sino sería otro, pero igual de señoro, diciendo que éramos como las hordas bárbaras, qué queríamos invadir el idioma, entonces, lo de incursiones es por lo de las hordas bárbaras porque los bárbaros hacían incursiones al imperio, entonces, nosotras hacemos incursiones”. Y lo de “golondrinas” tiene una historia no menos curiosa: existía en el diccionario una palabra que era “alidona” para hacer referencia a “concreción lapídea que se suponía encontrarse en el vientre de las golondrinas” que, según las personas expertas en la materia no existía y así se lo hicieron saber en numerosas ocasiones a la RAE que no se bajaba del burro.

Alidona era un ejemplo perfecto “de hasta dónde puede llegar la cerrazón de gente que no es experta a la que gente experta le está diciendo ‘eso está mal’ y ellos por sus cojones, porque no hay otro motivo, lo han dejado veintitantos años”. Pero, además, había otra razón lingüistíca para escoger esa metáfora: “la palabra golondrina es muy chula porque normalmente lo femenino es lo malo, lo pequeño, lo anecdótico y lo masculino es lo bueno, lo grande, lo general y una golondrina es un ave preciosa y un golondrino es un grano en el sobaco; es que la palabra era perfecta”.

Amor por las palabras

De todo ese trabajo meticuloso, exhaustivo y constante surge este libro tan necesario (y ameno) que irradia amor por las palabras y conocimiento de la lengua por todos los poros. “Me gustan desde siempre las palabras y la experiencia en el activismo feminista en las redes sociales me ha hecho aprender que siempre te piden la fuente. He aprendido a ir con la fuente por delante. Intento no dar argumentos que yo no sepa previamente el razonamiento que hay detrás porque no quiero que me pillen en un renuncio”, confiesa la autora.

“El problema no es que estemos, el problema es que no estamos y nos dicen que sí”

“Incluir a través del lenguaje supone dejar claro que hay mujeres en el marco conceptual que se crea al hablar. Hacerlo mejor o peor depende del manejo del idioma de quien habla, de la riqueza de su vocabulario, de cuán presentes estén las mujeres en su discurso interior y, en último lugar pero no menos importante, de la práctica”, podemos leer en Ni por favor, ni por favora. Y para muestra un botón: Hugo (14 años), Álvaro (12 años) y Cayetano (9 años) consiguen transformar una frase excluyente en una frase en la que queda claro que las mujeres estamos en el discurso sin que suene extraño a oídos del que escucha. Para descubrir cómo lo hacen, os invitamos a leer el libro. Si esos hablantes pueden hacerlo, ¿por qué no podemos el resto? “Yo le pregunto a todo el mundo ‘¿lo has entendido?’ ‘sí’ ‘¿has tenido que buscar traductor simultáneo feministán-español, español-feministán?’ ‘no, no’, objetivo cumplido. Yo creo que es tomar conciencia y practicar sin vergüenza. A la gente le da vergüenza usar el lenguaje inclusivo, es muy fuerte. Ya hay tal carga de que eso está mal que a la gente le da corte, ¿qué me dices?”, reflexiona Martín con ese desparpajo que la caracteriza.

Cuando no estamos

Y es que lo que no se nombra, no existe, pero Martín nos advierte de un peligro aún mayor: “Como dice Celia Amorós, la ocupación del hombre o de lo masculino como genéricamente humano también hace que haya una doble perversión. No es solamente que no estemos, que es preocupante que estemos y no se nos nombre, sino que cuando no estamos parece que sí, entonces no nos damos por aludidas, no nos molesta no estar porque sentimos que estamos todo el tiempo. El problema no es que estemos, el problema es que no estamos y nos dicen que sí. Ese es el problema más gordo para mí.”

Y no, esto no va de miembras, jirafos ni árbolas. “Cuando no hablamos de personas , sino de animales, cosas o partes del cuerpo, no hace falta usar el lenguaje inclusivo”, de tan obvio que es no habría que haberlo dejado dejado negro sobre blanco en el libro de Martín, pero algunos (y este masculino no es genérico) no se quieren enterar: “Las mujeres, por el contrario, sí somos parte de la sociedad (…) y por eso exigimos ser representadas”. Y, para eso, un libro como el de María Martín, en positivo, exhaustivo y lleno de propuestas asequibles para toda la masa de hablantes, es más que necesario. Bendito cunnilingus que lo hizo posible.

Antonia Ceballos Cuadrado

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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