Las gitanas de mi calle. Feminismo, maternidad y cultura.

Maldomado: @e.maldomado
Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no se hace responsable de lo que opinan las autoras y autores, solo apoya la participación de las lectoras como espacio de libre expresión. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Julia Cañero Ruiz. /@juliacaru

En este barrio en el que vivo, donde las mujeres hablan en melodías, el feminismo no se conoce. Se conoce la vida, la calle, las penurias, la alegría, el sálvese quién pueda siempre al calor de la familia. Las mujeres llevan a sus criaturas en la cadera en una sintonía perfecta que permite el movimiento. Ellas sostienen la vida desde edades tempranas, participan en la crianza de sus hermanos y hermanas y la mayoría son aún niñas o adolescentes cuando deciden formar su propia familia.

Mis vecinas gitanas reciben un bombardeo publicitario exterior que transforma algunas costumbres: empiezan a dar biberones cuando ellas mamaron varios años; la comida basura se mezcla con los pucheros; hacen compras por internet pero venden en el mercadillo; escriben whatsapp con fluidez pero apenas manejan el bolígrafo; van a la compra con sus batas y zapatillas de casa, pero frecuentan los centros de cirugía estética (quién puede permitírselo); engalanan sus casas para después hacer vida en la “cocina de leña” (o en “el corral” e incluso en la calle con el buen tiempo); etc. Esa mezcla de costumbres que tiene lo bueno de la diversidad, pero lo malo de la globalización.

Las culturas, incluso sin influencias externas, no son estáticas, y hoy muchas madres gitanas ya no sonríen cuando sus hijas se casan tempranamente, cuando dejan de estudiar y su sueño de ser (como me contaban las niñas, hoy adultas) peluqueras, maestras… a pesar de que el colegio-gueto homogeneizador y poco participativodonde, más que estudiar, se producía la aculturación- era un espacio al que se acudía por obligación y para que no les quitasen las ayudas. Pero todas las madres coinciden: no pueden hacer nada.

El feminismo es sororidad, por eso no hay recetas ni un único camino de liberación, no podemos hacer hegemónica una visión del mundo.

Y ahora es cuando algunas personas vienen con sus argumentos paternalistas y moralizantes (en muchas ocasiones racistas): “quién quiere puede, pero es que ellas no quieren salir de ahí”. ¿Salir de dónde? ¿de sus vidas? ¿de su cultura? ¿de su familia?  Y yo, desde otra realidad diferente (también con mis herencias culturales), solo puedo escuchar y comprender. Porque ningún pueblo necesita ser salvado. Nuestro papel es ser conscientes de que pertenecemos a una sociedad que oprime y eso nos hace responsables. El feminismo es sororidad, por eso no hay recetas ni un único camino de liberación, no podemos hacer hegemónica una visión del mundo.

Por otro lado, entramos en argumentos que de nuevo culpabilizan a las mujeres y machacan a una cultura y a una etnia. Individualizar las responsabilidades y hacerlas víctimas de su entorno más cercano lo único que consigue es negar la responsabilidad social e institucional: el patriarcado, la opresión, el racismo, el rechazo, la desigualdad, la construcción de guetos y las políticas de integración. Porque no es solo una cuestión de cultura, la desigualdad en el acceso a diferentes formas de vida está condicionada por la clase social, la etnia, el lugar donde resides, el sexo, la orientación sexual, etc.

Aquellas personas que, desde su moral hegemónica, exigen esa responsabilidad de “buen ciudadano”a todo un colectivo suelen ser ignorantes de la historia de ese pueblo (bajo un yugo de 500 años y una escasez real de recursos), imponiendo modelos de actuación ejemplarizantes que ni siquiera muchos individuos que están hoy en la esfera pública  cumplen, aun siendo considerados una “referencia” social.

Las feministas no debemos olvidarnos del lugar que ocupa cada una, de las relaciones de poder, del sistema opresor y racista y ser conscientes de la diversidad, por eso nuestros planteamientos jamás deben ser paternalistas ni tener una visión sesgada según nuestras propias vivencias subjetivas.

Normalmente las políticas públicas centran su intervención con “colectivos en riesgo de exclusión” (el término da para otro debate) en la educación y el acceso a la información. Efectivamente, son elementos cruciales, pero si nos centramos exclusivamente en ellos estaremos obviando los aspectos estructurales de la desigualdad.

El colegio de mi barrio, ese “espacio de progreso”, era diverso hace muchos años. Sin embargo hoy padres y madres con posibilidad de desplazamiento llevan a sus hijes a otros centros, convirtiéndose en un gueto de apenas cinco niñes por curso, donde el profesorado va y viene sin posibilidad de mantener un proyecto educativo continuado. El racismo en espacios de convivencia es realmente desolador y se transmite a las criaturas, encontrando segregacionismo incluso en los parques infantiles. Si empezamos a poner barreras en los primeros años de la vida, cómo podemos pretender que la sociedad adulta no construya un muro infranqueable. Un muro que separa dos espacios a distinta escala donde los de arriba tienen el poder de las leyes, la moralidad y el “consenso” social.

El racismo aquí es ejercido por las propias instituciones “democráticas”: cuando dejan sin agua corriente a la zona más empobrecida y el ayuntamiento lo soluciona poniendo una fuente; cuando se silencia la voz de una de las partes en las intervenciones policiales; cuando los medios de comunicación hacen documentales sensacionalistas como si esto fuera el lejano oeste, la ciudad sin ley, la imagen de la decadencia. Las feministas no debemos olvidarnos del lugar que ocupa cada una, de las relaciones de poder, del sistema opresor y racista y ser conscientes de la diversidad, por eso nuestros planteamientos jamás deben ser paternalistas ni tener una visión sesgada según nuestras propias vivencias subjetivas.

Hay algunas madres en mi barrio que esperan ansiosas la miserable prestación por menor a cargo (“los puntos”) para poder comprar unos zapatos nuevos.

En el ámbito de la maternidad, se está cometiendo ese despropósito: todas las medidas planteadas para la conciliación se centran en modelos economicistas y para un determinado modelo de familia (principalmente de clase media-alta). No tienen en cuenta a mujeres con trabajos precarios o desempleadas, ni a madres que crían solas (con padre ausente o presente). Por ello estas mujeres seguirán en la pobreza o dependiendo económicamente de sus parejas. Y junto a ellas, las criaturas, aumentando las tasas de pobreza infantil.

Hay algunas madres en mi barrio que esperan ansiosas la miserable prestación por menor a cargo (“los puntos”) para poder comprar unos zapatos nuevos. Que no vengan luego las personas bien situadas a cuestionar algunas actividades ilegales que son el sustento de muchas familias.

Pongamos soluciones. Por ese motivo, un feminismo inclusivo debe pensar en todas las mujeres. Propuestas de la Plataforma PETRA Maternidades Feministas sobre prestaciones desmercantilizadas, como una prestación básica universal por menor a cargo decente dotaría de una mayor  independencia económica a muchas mujeres. Que, si bien no reduciría la brecha social o cultural, acabaría con muchos casos de exclusión por pobreza.

Si la maternidad gozase de un amplio reconocimiento, estas mujeres tendrían más posibilidades de ascenso social y más independencia. Y, al fin y al cabo, ¿no es esto por lo que lucha el feminismo?

Por otro lado, la invisibilización de la maternidad genera aún más desigualdad en aquellas mujeres que no tienen una carrera, una profesión, un empleo remunerado… poner el valor del individuo solamente en su desarrollo profesional convierte a estas mujeres, para las que ser madres tiene un alto valor, en ciudadanas de segunda (o de tercera o cuarta si se une a clase social, etnia..).

Con esto no estoy haciendo una exaltación de la maternidad, que gracias al feminismo en muchos casos puede ser elegida libremente, ni mi discurso se debe relacionar con aquellos tiempos donde la mujer debía ser madre para ser alguien en la vida. Pretendo que se den las herramientas necesarias para que todas las mujeres puedan elegir sin que se discrimine o ningunee el trabajo de aquellas que desean ser madres. Si la maternidad gozase de un amplio reconocimiento, estas mujeres tendrían más posibilidades de ascenso social y más independencia. Y, al fin y al cabo, ¿no es esto por lo que lucha el feminismo?

Por otro lado, hablar de corresponsabilidad en determinados entornos, donde no se entiende ni dicho vocablo, es bastante ingenuo. Las medidas para conseguir una mayor descarga de la mujer en las tareas del hogar viene de la educación y jamás se conseguirá en entornos segregados y oprimidos. Centros educativos diversos que impliquen a las familias (comunidades de aprendizaje efectivas), con medidas educativas no unidireccionales y que respeten las diferencias culturales, pueden ser un buen punto de partida.

La misma convivencia en un barrio de diferentes culturas puede transmitir valores en ambas direcciones si no está llena de prejuicios y estereotipos. Sin imponer modelos y sin que sientan sobre ellas la carga de la transformación del mundo, muchas mujeres pueden descubrir otras opciones al arrimarse a la diversidad. Aunque después deben tener la posibilidad de llevarlas a cabo, si no, esas aspiraciones se convertirán en un saco de frustraciones.

Una sociedad capitalista y tecnocrática, que no tiene en cuenta el mantenimiento de la vida, jamás dará oportunidades a todas aquellas que nos salimos de la norma establecida.

Mis vecinas gitanas están de acuerdo con muchas de mis costumbres (tener un trabajo remunerado fuera del hogar, poder tener varias parejas a lo largo de la vida y no tener que casarme tan pronto, incluso no tener que casarme, que la pareja realice al 50% las tareas del hogar, etc), sin embargo sienten que “eso no es para ellas”. Por el mismo motivo que yo siento que con mis dos criaturas (y sin querer dejarlas) me va a costar mucho trabajo ascender en mi vida profesional. Y no es porque no queramos. Una sociedad capitalista y tecnocrática, que no tiene en cuenta el mantenimiento de la vida, jamás dará oportunidades a todas aquellas que nos salimos de la norma establecida.

Sería muy fácil si hubiera voluntad política preguntar a las mujeres qué quieren, en lugar de imponer medidas etnocéntricas y paternalistas.  Lo que no puede ser es que algunas vecinas de mi edad sean analfabetas aún deseando aprender a leer y escribir. O que muchas adolescentes se arrepientan de sus decisiones cuando ya son madres de varias criaturas. Pero en todas esas situaciones deben tener ellas la voz cantante, porque son sus vidas, y la sociedad debe ofrecerles las herramientas necesarias para que puedan acceder a sus aspiraciones. Preguntar a las niñas qué quieren ser de mayores.

Para terminar, yo misma sería incoherente si hablando de relaciones bidireccionales solo hiciera mención a lo que mis vecinas querrían cambiar en función de mis costumbres. Son muchas cosas las que podría yo cambiar en función de las suyas. Cuando una es madre se da cuenta de la enorme soledad a la que se ve expuesta. En nuestra sociedad individualista la ausencia de tribu se hace más patente durante la maternidad y procesos que deberían ser una experiencia agradable se convierten en pesadas cargas envueltas en depresiones y catarsis. Madres que antes de serlo jamás habían cogido un bebé en brazos, que no habían visto nunca amantar, que no estaban rodeadas de niñes.

Por eso admiro esa crianza en comunidad, donde incluso hermanos y hermanas mayores tienen responsabilidades con las criaturas, niñas de apenas seis años con bebés a la cadera, niños dando de comer a sus hermanos pequeños… También es una crítica a les actuales niñes de cristal, que siempre están bajo la supervisión de una persona adulta, impidiendo el juego libre (en los parques es peor, porque la mirada controladora de adultes es masiva). Por eso emociona ver las puertas de las casas abiertas y niñes que salen y entran. Y también que las criaturas tengan cabida en todos los espacios familiares y sociales, porque desde que nacen son una parte muy importante de la sociedad. Eso permite a las madres salir de la esfera doméstica a otros espacios donde sus criaturas serán bien recibidas y cuidadas en comunidad.

La construcción de una identidad basada exclusivamente en las tradiciones limita la capacidad transcultural y la posibilidad de enriquecerse con la diversidad sin abandonar la propia cultura, incluso fortaleciéndola.

A diferencia de nuestra cultura, donde les niñes son una carga, llevado al extremo se puede observar en la aparición de “espacios libres de niñes”, que no solo es enormemente discriminatorio para las criaturas como personas, también para sus cuidadores/as. Por eso siempre digo: mi barrio es el mejor sitio para criar a niñes, pero el peor para que les adolescentes tengan alternativas. Porque las instituciones las han abandonado y su ascenso social desgraciadamente depende del grado de alejamiento (apayamiento) que tengan de su propia cultura.  Por eso es normal que en muchos casos no haya ruptura generacional, porque anclarse en determinadas tradiciones es un salvavidas que garantiza una identidad de resistencia propia de colectivos oprimidos, ese sentimiento de pertenencia que toda persona necesita tener.

Sin embargo, la construcción de una identidad basada exclusivamente en las tradiciones limita la capacidad transcultural y la posibilidad de enriquecerse con la diversidad sin abandonar la propia cultura, incluso fortaleciéndola. En el caso que nos ocupa, la única relación con nuestra cultura viene de imágenes sesgadas que ofrece la publicidad, la televisión o las redes sociales, y del rechazo (natural) a instituciones que lxs oprimen y donde no están representadxs. Y nuestra única relación con su cultura también viene de imágenes sesgadas de la televisión (como los crecientes y ficticios programas de gitanos) y de unos estereotipos muy arraigados. Porque a pesar de que somos culturas vecinas, no hay mezcla ni igualdad de trato y un enorme desconocimiento.

Hay personas que son capaces de viajar miles de kilómetros para conocer otras culturas y no son capaces de conocer la cultura de un barrio de su localidad. También hay feministas (normalmente dentro de un feminismo institucional) que defienden la diversidad y a las mujeres racializadas, pero siempre y cuando no esto no incomode a su estatus social (una gitana con estudios universitarios, una mujer negra que esté en el mismo entorno cultural, etc.).

No seamos hipócritas. Intento escribir este texto desde la humildad que debe tener no ser la parte protagonista, más bien como crítica porque formo parte de esta sociedad intolerante. También desde la sororidad y convivencia que desde hace más de diez años mantengo con mis vecinas, considerando nuestras conversaciones como experiencias personales dentro de su entorno y no como representantes de toda una cultura. Espero que la sociedad en general y el feminismo en particular empiece a transformar su discurso paternalista y consiga dar voz a las principales protagonistas de cada realidad social y cultural. Un feminismo inclusivo, anticapitalista, antifascista y decrecentista.

Dedico este artículo a mis vecinas: La Viky, la Desi, la Leo, la Yumi, la Isa, la Miguela, la Emi, la Pecho y a las madres del cole de la Estación Linares-Baeza. También a Sheila, mi compañera de Acción Feminista Linares, maestra, gitana, feminista y antifascista, por aportarme su enorme conocimiento. Y a PETRA, por ser el único espacio donde las madres feministas podemos luchar por nuestros derechos y los de nuestras criaturas.

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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