Ser caucásica en Andalucía

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Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no se hace responsable de lo que opinan las autoras y autores, solo apoya la participación de las lectoras como espacio de libre expresión. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

María Corrales./ lagolondrinamaga

Soy María, tengo 18 años y todos los kilos de menos que la sociedad me dijo que debía perder. Soy ingenua, insegura, ilusionada. Vivo en Londres por una propuesta de trabajo: modelo para todas las tallas (mi 34 todavía no era una 32, pero pasaba el corte). Que si inscríbete en la web del sitio, que es puro trámite y te llaman fijo. Pon tu foto. Vale. Nombre, edad, altura, peso – uf, María, mal rollo, ¿no? que tú no crees en esto, que vas a vender tu cuerpo, que no te hace tanta falta el dinero-. Pon también el color de ojos, color de pelo, etnia… ¿lo qué? De repente, se me aparece al lado del ordenador, una María pequeña, ubriqueña en los 90, que vio por primera vez a una niña en su clase que por lo visto era musulmana o árabe, pero que se parecía en los ojos y en la piel a sus primas.

Sigo con la web: etnia caucásica, ¿no? Se me aparece entonces mi abuelo allí en Londres, año y medio después de muerto con su sonrisa grande y sus labios carnosos, su piel oscura de morisco andaluz, parecida también a la de la niña que llegó a mi clase y que supongo que tendría que hacer click en «árabe», no en «caucásica». Me estoy perdiendo. Vuelvo a ver a mi abuelo con su boca, su piel, sus rizos negros ensortijados pegados a la cabeza como los de mi prima. Sus manos enormes, curtidas y sonoras junto a las de la abuela, pequeñas y trabajadas, como el cuerpo que se terminó haciendo curvo, cansado de llevar el peso de ser madre de seis hermanos, cuatro hijos y siete nietos y de cuidarnos hasta el final de los finales. Su tez blanca, sus rasgos delicados, pura belleza del siglo pasado.

Así, pienso en el abuelo que no conocí, del que llevo el apellido y supongo que este carácter medio encoraginado-medio afable, con su pelo patrás y su barriga oronda que me traen las fotos brevemente comentadas por mi padre. Pienso en mi abuela con nombre de árboles, de la que apenas sé, pero que me pasó las pecas y me gusta imaginar que también la prudencia que ya me diagnosticó mi maestra a los tres años. Pienso en mis bisabuelas que conozco por dos fotos, tan de negro, tan atentas al artefacto que hacía las imágenes eternas, con sus rasgos de mujeres ancianas muchos años antes de serlo.

Miro de nuevo la pestaña «caucásica», y río mirando a mi abuelo, cierro el ordenador, busco en mi incipiente raciocinio de 18 años y encuentro el rechazo a los que clasifican, a los que miran pieles, cabellos, colores o formas únicas, establecidas, concretas.

Mujeres, hombres andaluces que me precedieron se me presentaron allí en mi habitación de Londres, con sus pieles oscuras, sus narices aguileñas que ahora yo porto jugando a imaginar que tienen también un aire judío, sus pecas, sus jornadas eternas, sus jornales insuficientes, su historia de pueblo fronterizo con restos de Ocuri romano, de Um-riqa árabe, de una comarca serrana con castillos altos y preciados conquistados por uno y por el contrario.

Miro de nuevo la pestaña «caucásica», y río mirando a mi abuelo, cierro el ordenador, busco en mi incipiente raciocinio de 18 años y encuentro el rechazo a los que clasifican, a los que miran pieles, cabellos, colores o formas únicas, establecidas, concretas. Ojalá pudiera invitarlos a todos a mi casa, a comer un guiso de tagarninas y enseñarles fotos de toas mis muertas y tos mis muertos, y contarles sus historias, a ver si se les van volando las ganas de clasificar o yo se las espanto. Y espérate tú, que al final hasta somos primos lejanos de cuando mi tío y tu tío se fueron a Cuba, de cuando anduvieron en aquello de las Cruzadas, o de cuando Aníbal montó aquél lío tan gordo en Cartago.

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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