Los antiniños son, en realidad, antimujeres

El otro día una amiga, madre de un peque precioso de un añito y poco, me mandó un hilo de twitter. Un vecino se quejaba en unas notas escritas a mano de los niños de otro vecino y amenazaba: “Como me volváis a despertar pongo una queja en la comunidad”. Y apostillaba: “Vuestros hijos son vuestra responsabilidad”, así enmarcando el “vuestra” para darle más énfasis si cabe, por si no había quedado claro el concepto. La respuesta del padre de las criaturas no tiene desperdicio y os animo a leerla (mi favorita es la número 6: “Estás tardando en poner la queja, porque esta noche también promete. Con un poco de suerte la comunidad contrata a Supernanny y nos resuelva el problema”). Mi amiga y yo estuvimos hablando de lo idiota que puede llegar a ser la gente y de lo poco proactivo que es el vecindario cuando, por ejemplo, las fuentes del ruido son otras. Ahí se quedó la cosa, pero se había sembrado en mí una reflexión a la que no conseguía darle forma. Y esta mañana: ¡eureka!

Estaba revisando facebook, sí, las madres también perdemos tiempo en las redes sociales, y me he topado con un reportaje de La Voz de Galicia: Adultos que quieren a los niños lejos. En él se habla de un fenómeno cada vez más extendido: hoteles y restaurantes a los que no pueden acudir las niñas y los niños, ¡vecinos que exigen un horario en el parque sin peques para tener a los perros sueltos!, ¡gente que propone que el Ayuntamiento de Madrid invierta en que no haya ruido en el patio de un colegio en horario escolar!, y un sinfín de disparates más. El periodista que firma la pieza, Javier Becerra, habla con expertos de distintos ámbitos para abordar el fenómeno desde la sociología o el derecho.

La conclusión viene a ser más o menos que vivimos en una sociedad extremadamente individualista y que no estamos acostumbrados a tener niñas y niños a nuestro alrededor, y que eso puede afectar a la normal socialización de las y los peques. Ajam. Interesante. Me quedo pensando. Juan, mi torbellino de 6 meses, jugando y riendo la mar de animado, yo apurando un café porque vaya nochecita. Y, de repente, lo veo: los antiniños son antimadres, es más, son antimujeres.

¿Qué hay detrás de todo esto? La maternidad debe seguir perteneciendo a lo privado, debe seguir siendo invisible y se debe afrontar como un problema individual. ¿Qué nos hemos creído? Como decía el de la nota: “vuestros hijos son vuestra responsabilidad”. Una responsabilidad que en realidad sigue siendo de las madres. A finales del año pasado, un padre fue detenido por violar a su bebé y transmitirle el papiloma y, sin embargo, las iras de los opinadores de aquí y de allá eran contra la madre “por no haber hecho nada”, así, tal cual. “Los hijos son de las madres” es también una frase muy arraigada en nuestra cultura.Si los hijos son de las madres, la responsabilidad es de las madres, el trabajo invisible de cuidados es de las madres y todo lo que sea salirse del papel de madre abnegada es una irresponsabilidad y un despropósito.

Si los hijos son de las madres, entendemos entonces que muchos padres se nieguen a dar pensiones alimenticias a sus hijos cuando se separan y que prácticamente ninguno dedique ni un solo minuto de su existencia a pensar qué ropa le ponemos al bebé para que esté abrigado, pero no pase calor. Y claro, si la maternidad nos relega, aún más, a lo doméstico, ¿cómo vamos a ir voluntariamente al matadero? He ahí uno de los grandes problemas que los Casado de turno no entienden o, peor aún, sí entienden pero obvian.

La clave está en controlarnos, en objetivarnos, en negarnos la condición de sujetos; bien quitándonos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, bien recluyéndonos e impidiéndonos formar parte de la res publica. Ya no es que nos humillen sistemáticamente en las entrevistas de trabajo, invadiendo nuestra privacidad con preguntas incómodas en las que nos vemos abocadas a mentir; ya no es que las bajas de maternidad sean una absoluta vergüenza y nos hagan dejarnos el cuerpo y la salud mental para rozar siquiera el ideal de wonderwoman que llega a todo, ya no es que no respeten ni nuestros procesos naturales ni las necesidades de las y los peques, ya no es que la maternidad nos condene al tiempo parcial y a la precariedad, ya es que ni siquiera podemos tomarnos un café, ni siquiera tenemos derecho a viajar y a seguir disfrutando de las cosas que nos gustan como personas que somos más allá de ser madres, ya es que ni siquiera nos dejan estar tranquilas en los espacios concebidos por esta sociedad para “los niños”.

Pues no, señores y señoras, no son antiniños, ni son individualistas ni ninguna de esas cosas, lo que ustedes son es antimujeres, así con todas las letras. Pero las madres también somos sujetos políticos y estamos dispuestas a dar la pelea porque, como bien gritamos las feministas, la calle y el ocio también son nuestros.

Antonia Ceballos Cuadrado

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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