Crónica Jonda: recurrir al flamenco pa’ salvar la vida

Al mal tiempo buena cara
decía mi madre
cuando amanecía.
Tristeza en el alma
Rosario La Tremendita, Romance del Silencio

Puedes acompañar esta reseña con:

De anotaciones he llenado el Crónica Jonda de la periodista Silvia Cruz Lapeña. En cuanto vi la portada me subió al cerebelo como cuando te sube el pajarete de La Casa del Guardia* el día que vas sin haber desayunado fuerte. El trabajo de Martin Elfman me hace ojitos: unos brazos flamencos que se alzan mientras beben de un suero rojo cargaíto de lunares. Podría estar a punto de hacer palmas. Podrían. Ya veremos.

Antes de que llegase este agosto cargado de medusas y humedad, comencé a repetir el mantra de lo afortunada que soy por tener la playa a escasos 15 minutos a pie, parada incluida para tomar la pertinente cañita. Lo repito por no pensar que soy casi la única que no tiene vacaciones en toda la puñetera oficina y que la felicidad consiste en un combate a muerte para coger la primera línea de una playa familiar, al menos para poder alzar la vista y ver agua y no a una familia gritona con altas probabilidades de gastar kilos de aftersun, atrincherada bajo un toldo con Maluma a tó  carajo. Ese es el mantra: mis cuitas con la Costa del Sol van por un lao y mi fortuna por otro, amigas. Y en esa fortuna incluyo todo el acopio de libros que he ido acumulando durante el año y que en agosto me he tragado como si no hubiera un mañana; creo que no ha habido momento del día que no haya aprovechado para seguir leyendo de forma obsesiva y anotar lo interesante del asunto, porque me da coraje que al tiempo se me olvide lo aprendido (por favor, que alguien me diga que también le pasa).

Y de anotaciones he llenado el Crónica Jonda de la periodista Silvia Cruz Lapeña. Admito que soy una fangirl de determinadas editoriales y, a veces, solo con ver la portada, se me va el seso y no paro de pensar en el libro hasta que lo comienzo a leer.  La portada de Crónica Jonda me subió al cerebelo como cuando te sube el pajarete de La Casa del Guardia* el día que vas sin haber desayunado fuerte. El trabajo de Martin Elfman me hace ojitos: unos brazos flamencos que se alzan mientras beben de un suero rojo cargaíto de lunares. Podría estar a punto de hacer palmas. Podrían. Ya veremos.

Qué retrato perfecto de lo que viene; lo jondo del relato de Silvia está en el dibujo pero solo con las claves que da en este libro que es, según ella misma, una  pataíta por bulerías, se entiende bien. Agarraos, porque el periplo de la periodista interpela a quien lo lee, os va a llevar a que os obsesionéis por seguir leyendo sobre cante, baile, toque, por rascar entre la crítica musical para encontrar y ubicar a los especialistas en la materia jonda. Cruz Lapeña, que es periodista freelance, emigró de Barcelona a Baena (Córdoba) cuando era una niña. Escribe para ABCLa Vanguardia, El Español, Rockdelux, Altaïr Magazine, Ctxt, Deflamenco o Vanity Fair  sobre política, sociedad, crimen o cultura. Pero cuando me gusta más es cuando entrevista a gente como Alba Flores o mi admirada Rosario La Tremendita. Amor absoluto.

La autora quiere entender y cuestionarse por qué en algunos sitios todavía huele a alcanfor o por qué la precariedad nos pega una patada en el culo cada vez que intentamos sacar la cabeza para hacer lo que nos gusta y consideramos necesario.

Crónica Jonda es una road movie flamenca de ida y vuelta, como una colombiana o una guajira, y me explico: aquí la música no es la excusa para construir las vivencias, experiencias y trabajos de la periodista catalana, sino que funciona en forma de clave para entenderlo y a partir de ahí, seguir creciendo desde el mismo sitio pero para distintas direcciones. “Blacking decía que la música solo puede entenderse en un contexto social. Yo le he dado a la vuelta a su teoría y he usado el flamenco para entender el entorno. No ha sido una excusa, ha sido una llave. Y también un abrigo.”, escribe Cruz.

Las muertes de sus dos abuelas, Concha y Consuelo, y la de Paco de Lucía son el punto de partida para comenzar a construir un viaje por distintos festivales y ciudades. No busca agradar Silvia: en su recorrido quiere entender y cuestionarse por qué en algunos sitios todavía huele a alcanfor o por qué la precariedad nos pega una patada en el culo cada vez que intentamos sacar la cabeza para hacer lo que nos gusta y consideramos necesario. Aquí hay flamenco, señoras, pero también crítica. Trenza la comunicadora parte de sus experiencias vitales con el trabajo periodístico que no le han dejado hacer, como cuando quiso escribir cómo la clase política gestionan la tarea de cuidados a sus mayores o a las personas dependientes a su cargo. Nadie se lo compró.

Cruz Lapeña escribe también sobre la muerte, que es un tema muy flamenco y que late mucho en el sur, por esa combinación heredada que mezcla la religiosidad y lo pagano. Y lo consigue con la maña de quien hace ganchillo y no tiene que parar para deshacer lo hecho. “A la muerte se la oye, jamás se la ve venir”, dice; y yo la entiendo desde las entrañas. Cuando lees Crónica Jonda subrayas frases que sirven para entender mejor el universo habitado y ofrece pistas y claves para seguir hilando conocimiento. Como cuando dedica un capítulo a Cristina Cruces Roldán, profesora de Antropología de la Universidad de Sevilla que hizo posible la creación del primer doctorado sobre flamenco en España.

Cruz Lapeña escribe también sobre la muerte, que es un tema muy flamenco y que late mucho en el sur, por esa combinación heredada que mezcla la religiosidad y lo pagano. Y lo consigue con la maña de quien hace ganchillo y no tiene que parar para deshacer lo hecho.

 

Luego está la forma en que la periodista es capaz de describir ese lugar que muchas llevamos recorriendo desde desde el inicio de todo esto y que poco a poco vamos re-conociendo y re-cogiendo a nuestra manera. “Porque no es contradictorio quejarse riendo. Ni llorar cantando, como no lo es aparcar la rabia para seguir viviendo. Eso es lo que hace el flamenco tantas veces y lo que algunos tildan de despreocupación, vagancia o falta de esfuerzo […] No es estar siempre de juerga: es convertir la furia en movimiento, en uno que nos impulse hacia otro lado”.  Hurgar en el cante, el toque y el baile porque en ellos muchas hallamos un hilo invisible que nos conecta a la vida y a la parca, en su sentido más material y también en el simbólico.  

Pero no solo del sur andaluz vive la mujer, así que Cruz Lapeña recorre flamencamente Baena, Sevilla, Barcelona, Murcia o Ámsterdam, donde se celebra una Bienal de Flamenco. Aprovecha aquí para darnos dos datos que hicieron que me retumbara el sentío: Holanda tiene un IVA del 6% para los productos culturales y posee una Cátedra Flamenca en el Codarts de Róterdam.  Dice que intentó no comparar desde que puso el pie en el aeropuerto; pero a mí me entraron las siete cosas cuando terminé de leer esta parte. ¿Por qué siempre cuesta tanto encontrar en mi ciudad algo relacionado con el estudio jondo, con el baile, con el toque, con lo flamenco? Porque ya no hablamos de ocio y de tomar un vino escuchando algún cuadro, o de visitar una peña para ver el espectáculo: hablo de profundizar, de entender y de abordar algo que aquí hemos respirado muchas y que no se reduce solo a lo musical. 

Hay un concepto interesantísimo que recoge la obra, una invención de la autora basada en su experiencia personal dentro del universo flamenco y que podemos identificar en algunas personas que lo viven como si no hubiera mañana: el tiempo jondo. Se instalan aquí los aficionados ortodoxos que nada esperan ya del flamenco actual ni de los nuevos talentos que van surgiendo. La palabra divina de lo jondo en la tierra ya es leyenda y solo queda adorarlos y reescucharlos hasta que salte el cromo de la cinta. Esta actitud, que en sí misma nada tiene de malo, paraliza el flujo natural de la creación flamenca, rechaza a la juventud que quiere salir y hacerse un hueco, y se apoltrona en Caracol, la Niña de los Peines o Mairena.

Lean Crónica Jonda y recorran con ella los vericuetos del periodismo musical flamenco, conozcan lo que se cuece entre bambalinas y disfruten de la forma de hacer de la catalana, desde lo personal hasta llegar a un arte tan grande que más que música es un modo de entender el mundo y la vida.

Rocío Santos Gil

Acerca de Rocío Santos Gil

Arrabalera y de clase trabajadora. Rocanrol actitud.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *