Andaluzofobia

Este texto está en la sección La Corrala, el patio de vecinas de La Poderío donde cada una charlotea, cascarrilla y pone colorá lo que sea mientras le da el fresquito o el sol en la cara. Más agustito que te quedas, oú. Eso sí, La Poderío no tiene nada que ver con lo que se pone aquí, solo apoya la participación de las lectoras. Puedes enviar tus artículos a ole@lapoderio.com. Otra cosa, antes de hacernos las propuestas pedimos que leas nuestro ideario.

Por Lúa.

Mi imagen de Madrid siempre fue mágica. Una hermana y un hermano de mi madre se mudaron aquí jóvenes y veníamos a verlos de vez en cuando; también a mis primos. Me gustaba estar despierta cuando entrabamos a Madrid con el coche. Me quedaba perpleja mirando las vallas publicitarias, las luces, los edificios que rozan el cielo…eran muchos estímulos difíciles de digerir para una niña que venía de una provincia de Andalucía. Lo mío era más jugar en los charcos de las calles sin asfaltar de Cabo de Gata, comer vinagretas y construir casetas, en un lugar donde las casas eran bajas y de cal blanca y donde moraban, en su mayoría, familias de pescadores y gentes amantes del mar y la tranquilidad. Y digo eran, porque con el boom inmobiliario los lugares crecieron tanto que lo que aquí narro queda ya de forma residual y parece la excepción, ya que la norma es la avalancha de turistas que ocupan el espacio sin preocuparse de su memoria y de su naturaleza.

Incluso nuestra ciudad es muy diferente a lo que en Madrid podía ver. Nuestra cotidianeidad no la marca el trasporte público, somos más de andar, y nos paramos mucho por la calle a hablar porque es un lugar chico y muchas nos conocemos. Nos conocen por nuestro apellido porque nuestros padres, madres, abuelos y abuelas crecieron juntas. Somos más morenas porque hace sol todo el año. Nos rodea desierto y playa, aunque también sierra, y el vínculo con el mar lo traemos desde chicas, sin querer.

Cuando llegó el momento de irme a la universidad no lo dudé, quería irme a Madrid. Aquello de vivir en la capital y tener tantas oportunidades era una idea que me seducía. Perdí mi acento y los localismos propios de mi tierra de forma sutil. La gente no me entendía cuando hablaba y tenía que repetir más de una vez las frases. Además, se reían de que no pronunciase las “eses” al final de las palabras. En mi intento por encajar, y sin entender que en el fondo de mí había vergüenza, empecé a disimular mi acento. Mientras me movía en espacios de movimientos sociales, y concretamente feministas, que cuestionan las opresiones y las relaciones de dominación, no encontré espacio donde amigarme con andaluzas con las que poder hablar de la andaluzofobia. No estábamos. Y tampoco yo era consciente entonces de lo que me estaba sucediendo. Fueron años de mucho aprendizaje para mí, pero también fueron años donde negué de donde venía porque aquí no era valioso, no tenía ni tiene lugar. Fue más que perder el acento, fue perder parte de mi identidad.

Y claro que es normal llegar a un espacio e impregnarte de sus maneras, forma parte de la convivencia y el intercambio, pero si es a través de procesos de homogeneización, amparados en relaciones de dominación- sumisión (no deseadas ni consensuadas), que intentan negar las diferencias, estamos reproduciendo formas estructurales y perversas. Y más cuando esas diferencias se tornan en relaciones de desigualdad entre el norte y el sur del Estado Español. Por eso no es casualidad que sintiese vergüenza, sino que es el resultado de una política que quiere que les andaluces pasemos por el rasero de la norma. Y esa vergüenza se multiplica si somos mujeres, ya que históricamente hemos cargado con ella tanto como con el sentimiento de culpa. Así que aquí estaba yo, en la gran urbe, negando quien era. Cada vez más lejos de Almería y de sus formas.

“Porque lo que pasa en el sur no importa. Hay mucha invisibilización además de pobreza. Sus gentes somos vulgares, paletas y graciosas. El sur es maravilloso para ocuparlo en verano y no dejar vivir a sus habitantes, pero para el resto de cosas no importa”

Tuvo que venir un amigo de mi tierra a darme un toque de realidad y a decirme que si en Andalucía no hay más lucha social es porque muchas nos hemos ido y las que quedan hacen cosas que no tienen convocatoria ni atractivo, no son tan importantes. Porque lo que pasa en el sur no importa. Hay mucha invisibilización además de pobreza. Sus gentes somos vulgares, paletas y graciosas. El sur es maravilloso para ocuparlo en verano y no dejar vivir a sus habitantes, pero para el resto de cosas no importa…Si acaso Sevilla o Granada tienen un poco más de eco pero tampoco tanto. Ni si quiera Murcia que es nuestra prima hermana está teniendo mucha repercusión con la importante lucha que está llevando a cabo para el soterramiento del AVE. Nuestras luchas son igual de invisibles que nuestras identidades y formas.

Yo no crecí en Vallecas o Carabanchel, no frecuentaba el 2 de mayo ni viví los buenos años del punk pero crecí con otro tipo de ambientes que no forman parte de la “historia contrahegemónica” y que son igualmente válidos. He aprendido mucho de ellos y quiero rescatarlos del cajón del olvido.

Alzar la voz por el patio interior de mi casa para pedirle sal a mi tía o gritar por la calle para hablar con mi vecina por la ventana era lo normal y me ha dado un sentido de comunidad y una forma de relacionarme que me encantan. Emprender cualquier tipo de acción con gente muy diversa y poco afín forma parte de la idiosincrasia de lugares más pequeños, ya que no tenemos el privilegio de tener grupos afines tan grandes que se puedan permitir el lujo de actuar de manera independiente. Así que, en la medida de lo posible, aprendemos a lidiar con ello. Nuestras agendas no funcionan como en Madrid, los ritmos son más tranquilos y disfrutamos de ello. Y muchas llevamos mal las formas tan agresivas de las grandes ciudades. Bucear con tubo y gafas y dormir al raso es lo que yo había hecho toda mi vida hasta que llegué a Madrid, donde me dijeron que aquello se llamaba snorkel y vivac. En mi tierra no hacemos “laismos”, dejad de corregirme cuando hablo.

Es curioso porque pasado el tiempo hay gente que me dice que sí tengo acento del sur y otra que me dice que no. Quizás porque no aspiro la “j” o no suavizo la “ch”. Esto es otro topicazo. El andaluz es bastante más diverso de lo que la gente se imagina y poco tiene que ver el acento de Almería con el de Cádiz o Sevilla.

Estuve tiempo cantando sin mi acento, me parecía lo normal, lo correcto. Cada vez me ardía más la panza con el tema del andaluz, me molestaba que me hiciesen ecos al pronunciar determinadas palabras o que juzgasen mi manera de hablar. También que me pusiesen en los carteles de los conciertos que era de Madrid, sin preguntar. Y, casi sin querer, hice mi primera canción con aires sureños: Cantares. Cuando quise darme cuenta había escrito una oda a mis raíces y a todo lo que me habían enseñado. No se trataba de menospreciar lo que Madrid me había dado sino de poner en valor lo que había aprendido antes. Fue bonito entenderlo y asumirlo como propio y reinventarme desde ahí. Poco a poco fui haciendo más canciones desde este lugar y cantándolas con mi acento. Después de transitar de nuevo por mi forma de “habláh” entendí que no importaba tanto cantar con acento hegemónico, lo que importaba era no menospreciar las demás canciones y no dejar de cantarlas.

Me faltaba que el feminismo de aquí hablase de las desigualdades norte-sur dentro del Estado Español y eso no lo he conseguido aún. Al viajar por el norte global entendí otro tipo de relaciones de dominación donde yo soy exótica y parezco egipcia, mediterránea. Viajando por el sur global comprendí que soy blanca y tengo unos privilegios de los que me tengo que hacer cargo para no relacionarme desde la dominación. En todos estos lugares me reafirmé en que mi cuerpo es leído como mujer, y por tanto, es violable, y se puede agredir y matar por el simple hecho de ser. Se asume más vulnerable que los cuerpos leídos como hombres. Igual que las fronteras no son un impedimento para quien puede cruzarlas con determinados pasaportes (si tienes la suerte de tener uno), las fronteras de mi cuerpo no han supuesto un impedimento para quien creía tener un pase VIP, y como yo, tantas mujeres han vivido muchas violencias en su territorio- cuerpa.

Al viajar por el norte global entendí otro tipo de relaciones de dominación donde yo soy exótica y parezco egipcia, mediterránea. Viajando por el sur global comprendí que soy blanca y tengo unos privilegios de los que me tengo que hacer cargo para no relacionarme desde la dominación.

 

Desde los feminismos del estado español debemos repensarnos para ser diversas ya que en la diferencia reside la riqueza. También porque es este territorio y no otro el que habitamos. Nuestra mirada debe ser hacía a fuera y hacia dentro. Global para que nos ayude a entender el mapa- mundo y qué posición tenemos en él y local para generar desde aquí ciertos cambios.

Desde Andalucía debemos de empezar a pensarnos como la mezcla que somos, no como algo puro. Si bien encontramos mezclas en todos los lugares, más las hay en el sur. Nuestros antepasados son cristianos pero también judíos y musulmanes y nuestra lengua y nuestras formas mucho tienen que ver con la memoria que nos han robado. Andalucía tiene una historia que en muchos casos nada tiene que ver a la de Asturias o Navarra, el problema es que no sabemos cuál es, no la aprendimos en la escuela como tantas otras cosas, así que sería enriquecedor y necesario empezar a hacerlo.

La Poderío

Acerca de La Poderío

Una revista parida en el sur, con los aires frescos, reivindicativos, inclusivos, diversos, plurales y feministas de Andalucía, pero sobre todo, con las ganas de visibilizar las historias de personas reales olvidadas en los medios de comunicación y de desgranar el sistema heteropatriarcal que las victimiza y/o criminaliza en la mayoría de los casos.

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