Las mujeres negras importan

Keeanga-Yamahtta Taylor afirma que “la organización del movimiento #BlackLivesMatters es feminista y queer”

Son las siete de la tarde pasadas. En el patio de La Casa Invisible, el centro social y cultural malagueño que desde el 22 de junio está amenazado por una orden de desalojo, continúan goteando mujeres: un grupo de jóvenes, que alguna activista reconoce como miembros del Café Feminista; una que se quita las gafas de sol mientras pregunta por el espacio no mixto; tres mayores que se saludan a la entrada, mientras otro grupo de cinco terminan de hablar de una investigación sobre migración y refugio, recogen ordenadores y bebidas y suben por las escaleras de piedra hasta el primer piso.

Soraya y Laura son miembros del Café Feminista desde hace unos meses. Ambas son estudiantes de Historia del Arte y, aunque explican que las primeras reuniones del colectivo fueron a principios de este curso académico en distintas facultades, están de acuerdo en afirmar que la Casa Invisible ha sido un catalizador de este movimiento que cuenta con casi cien personas en su grupo de WhatsApp. “Es imprescindible para nosotras reunirnos en un lugar seguro y feminista”, afirma Laura. Soraya asiente mirando a su amiga: “No se me ocurre otro espacio abierto donde se puedan escuchar otras voces, a veces silenciadas y ponernos en común. [La Casa Invisible] es un punto de encuentro muy importante y apropiado” comenta la joven sentada en el patio mientras espera a sus compañeras.

“No se me ocurre otro espacio abierto donde se puedan escuchar otras voces, a veces silenciadas y ponernos en común. [La Casa Invisible] es un punto de encuentro muy importante y apropiado”

En una de las habitaciones de la primera planta de este espacio de gestión ciudadana, medio centenar de mujeres dibujan un círculo seguro de confianza mutua, similar al que las feministas estadounidenses del siglo pasado promovían para escuchar y compartir entre mujeres. “En los espacios no mixtos se genera una dinámica diferente, donde se elimina el rol que normalmente asumen los hombres en el espacio público y, por ello, nos sentimos más cómodas”, afirma Simona Frabotta, del colectivo Pariendo Deseos, una de las participantes en esta actividad organizada por el Café Feminista y por la editorial Traficantes de Sueños, miembro de la Fundación de los Comunes.

Participantes del taller no mixto con Keeanga-Yamahtta Taylor. Leonor Jiménez

Keeanga-Yamahtta Taylor (1950), profesora del Departamento de Estudios Afroamericanos de la Universidad de Princeton, escritora y activista social, está sentada en el extremo opuesto a la puerta de este cuarto rectangular, en el que no cabe una silla más lo que obliga a las últimas participantes a sentarse en el suelo. Su voz retumba en la sala. Serena y concisa, solo las pausas de Ciara, su intérprete, marcan el ritmo de una conversación que fluye entre inglés y castellano.

Una de las asistentes pregunta a la autora de Un destello de libertad: De #BlackLivesMatter a La Liberación negra (Traficantes de Sueños, 2017) antes de cambiar de lugar, abandonar el suelo y escoger una silla roja cercana a la salida: “¿Cuál es la relación entre el feminismo negro y blanco? En España, por nuestra tradición, lo vemos como una novedad, pero seguro que en Estados Unidos ha dado lugar a conflictos. No sé si tendría algún consejo…”.

La profesora y escritora Keeanga-Yamahtta Taylor tomando notas durante el taller. Leonor Jiménez

La escritora sobre movimientos sociales, políticas urbanas y desigualdad racial apunta unas notas en su cuaderno blanco antes de responder. Observa a través de sus gafas a su interlocutora y afirma seria tras reconocer con humildad que no tiene sugerencias: “El movimiento feminista negro nació en Estados Unidos en los años sesenta y setenta [del siglo pasado] por dos razones principales. En primer lugar, el movimiento negro se basó en la denuncia de cómo la raza afectaba a la población afrodescendiente y las mujeres sintieron que esto no representaba sus propias vulneraciones y, en segundo, los hombres fueron quienes controlaron los movimientos, lo que provocó que tampoco se ocupasen de los problemas específicos de las mujeres”.

Daltonismo en la “pesadilla estadounidense”

El daltonismo es uno de los conceptos clave del libro, por el que Taylor ha recibido el Premio a la Libertad Cultural en 2016 de la Fundación Lannan. En él, la académica y escritora analiza críticamente las consecuencias de “la pesadilla estadounidense” para la población afrodescendiente, como describió Malcolm X a la situación de subempleo, viviendas de baja calidad, brutalidad policial y representación política de los negros en Estados Unidos.

Taylor analiza críticamente las consecuencias de “la pesadilla estadounidense” para la población afrodescendiente, como describió Malcolm X a la situación de subempleo, viviendas de baja calidad, brutalidad policial y representación política de los negros en Estados Unidos

En la sala hace cada vez más calor. El debate continúa entre abanicos. Una mujer de mediana edad argumenta la importancia de deconstruir una sociedad que, si bien no tiene una intencionalidad racista, promueve un racismo estructural de facto. Desde su silla en el lateral derecho de la sala, observa los paralelismos entre este daltonismo estadounidense y “el que se desarrolla en algunos países de Europa del Sur, como España, en los que los contextos capitalistas han generado procesos que, bajo su punto de vista, son similares”. La exposición termina planteando a Taylor si este daltonismo puede considerarse un aglutinador de otras opresiones.

La escritora espera a que la intérprete finalice y explica que el término “daltonismo” es muy específico de Estados Unidos en una época en la que los negros no podían votar y donde las tasas de encarcelaciones de esta población y, sobre todo, de afroamericanos pobres, eran mucho mayores a las de los blancos. Tras ello, vuelve a adentrarse en las consecuencias para las mujeres: “además, el problema de los encarcelamientos masivos que afectan a los hombres negros es que hace que las mujeres tengan que asumir todas las responsabilidades sociales”.

Raza, clase y sistema policial

A diferencia de Judith Butler, quien plantea la triada raza, clase y género, Taylor profundiza en este libro sobre la “la brutalidad del sistema policial en Estados Unidos”. “No es solo un sistema basado en la discriminación de clase, sino también existe un problema de raza”, afirma la también autora del libro How we get free: Black feminism and the Combahee River Collective (2017), quien critica que el feminismo que impera en su país busque más oportunidades de trabajo dentro del sistema y no critique las raíces sistémicas de la desigualdad.

Precisamente esta desigualdad se agudiza con los salarios. Así, cuando Taylor debe responder sobre las consecuencias de la ausencia del sistema público sanitario en su país, resume la situación de manera concreta: “Cuanto más dinero tienes, más acceso a la sanidad posees. Abortar, por ejemplo, es muy caro, por lo que las mujeres negras pobres tienen menos acceso. Además, las mujeres cobran 76 céntimos por cada dólar que ganan los hombres, esta cifra desciende a 67 céntimos si son mujeres negras y, en algunos estados, baja hasta 47 céntimos. Esto significa que no existe el mismo acceso a la sanidad pública porque no hay los mismos salarios”.

Una de las participantes puntualiza y recurre para ello a la ley de los cuidados inversos: “el acceso de las personas al sistema sanitario es inversamente proporcional a sus necesidades y esto pasa tanto en Estados Unidos [en la que es privada], como en países como España, en los que existen sistemas públicos”. Este comentario hace que Taylor se interese por el sistema sanitario español, así como por los orígenes del feminismo en nuestro país, dada la naturaleza de las preguntas previas, por lo que algunas de las asistentes, tanto jóvenes como mayores, le ofrecen distintas perspectivas sobre las luchas de género y la desigualdad en el Estado español.

De Obama a Trump

Si bien el libro Un destello de libertad relata las principales políticas que han llevado a esta situación de vulnerabilidad, dedicando especial atención a los gobiernos de Reagan, Nixon y Clinton, las mujeres que participan en el espacio no mixto una tarde de verano en Málaga están más preocupadas por los mandatos de Obama y Trump.

Que una familia afroamericana habitase desde el 20 de enero de 2009 hasta el 20 de enero de 2017 en un edificio construido por población esclava negra en 1795 fue un ejemplo de transformación de actitudes, pero también de desafección, según se desprende de las palabras de la autora.

“¿Cuáles son los efectos del Gobierno Obama?”, pregunta en esta línea una mujer con gafas rojas, mientras bebe una cerveza. Taylor frunce el ceño. “Obama tuvo durante su primer y segundo mandato un apoyo enorme de los negros, especialmente de los jóvenes y las mujeres, y fue muy decepcionante puesto que las reformas que planteó generaron un cataclismo en la vida de las comunidades negras (…). Las reformas promovidas por Obama generaron una crisis y su administración fue muy decepcionante”.

“Las reformas promovidas por Obama generaron una crisis y su administración fue muy decepcionante”

El “fracaso colectivo”, como define a este período la propia activista social en otra intervención, generó un clima de frustración que fue canalizado a través de distintas vías, según la autora: “Hubo jóvenes negros que se radicalizaron, derivándose hacia corrientes socialistas o anticapitalistas, mientras que otros que se volvieron más cínicos, desinteresándose por la política”. Este catalizador o “efecto radicalizante”, como define la politóloga Cathy Cohen al resultado que tuvo la gestión del Huracán Katrina sobre la población negra estadounidense, es tratado durante toda la hora y media que dura este encuentro.

Participantes del taller no mixto con Keeanga-Yamahtta Taylor. Leonor Jiménez

Si bien la legislatura de Donald Trump no es abordada en el libro, algunas de las mujeres que acuden al espacio no mixto se interesan específicamente por las consecuencias para las estadounidenses negras del mandato republicano que comenzó el 20 de enero de 2017. La académica es lapidaria: “La mayor parte de políticas de austeridad de ese Gobierno, que atentan contra el Estado de bienestar, dañan aún más las mujeres negras (…). Solo hemos podido canalizar los movimientos contra Trump en las elecciones de 2018 y en las de 2022, por lo que no es tiempo suficiente”.

¿De arriba abajo o de abajo a arriba?

Cerca de la mujer que planteó la anterior pregunta se encuentra una joven con el pelo corto y gafas. Otra compañera le pide que hable más alto. Sus problemas de oído le dificultan modular el volumen de su voz y acomodarlo a las necesidades del auditorio, pero sonríe y vuelve a sugerir los conflictos entre sexualidad y género dentro del movimiento feminista negro estadounidense.

Tras ella, otra asistente prefiere repreguntar en inglés. Taylor se interesa por la cuestión y responde: “La marcha de las mujeres [Women’s March] que aconteció en enero de 2017 fue eminentemente blanca. Pero no nos engañemos, fue la manifestación más grande de los Estados Unidos, con tres millones de personas. El problema de este tipo de movimientos es que no tienen una capacidad real, al no estar organizados”.

“La marcha de las mujeres [Women’s March] que aconteció en enero de 2017 fue eminentemente blanca. Pero no nos engañemos, fue la manifestación más grande de los Estados Unidos, con tres millones de personas. El problema de este tipo de movimientos es que no tienen una capacidad real, al no estar organizados”

Algunas participantes se revuelven. En particular, una de las que están sentadas sobre los azulejos marrones y rojos que dibujan en suelo de esta sala aprovecha para esbozar un esquema en su cuaderno a vuelapluma y plantear dos preguntas a la escritora cuando llega su turno. “Entonces, ¿no está cohesionado el movimiento feminista estadounidense o se refiere a un nivel más institucional?”.

Participantes del taller no mixto con Keeanga-Yamahtta Taylor. Leonor Jiménez

La profesora mira hacia el techo y reflexiona: “No estoy segura de lo que significa institucional pero el #MeToo, por ejemplo, es solo un hashtag. Si quieres unirte al movimiento de mujeres negras no hay un lugar donde puedas acudir, no existe una organización como tal (…). Hay algunos grupos pequeños, sí, y también organizaciones no gubernamentales que profesionalizan el activismo y reciben mucha financiación para ello, pero articulan una dinámica de arriba abajo y no de abajo a arriba”.

“La organización del movimiento #BlackLivesMatter es feminista y queer, pero no es representativa de todo el movimiento”, reconoce en una entrevista para La Poderío al día siguiente. La autora expone que los liderazgos informales sí lo son, pero que el movimiento se relaciona mucho más con la propia lucha de clase y de raza, como se comentaba en la sesión no mixta.

Keeanga-Yamahtta Taylor mira el reloj. Mañana tiene la presentación del libro y quiere preparar su intervención. Las asistentes de este taller no mixto aplauden tras la última respuesta de la activista estadounidense y poco a poco, van abandonando la red de cuidados creada en un espacio cultural y social con orden de desalojo.

Ruth de Frutos

Acerca de Ruth de Frutos

Periodista. Escribo sobre derechos humanos en @LaPoderiofem. El 14 de noviembre nos reconocerán con el Premio de Periodismo Social "Alberto Almansa" por el artículo "Málaga no se vende, se alquila al mejor postor".

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