Socorro, primas, mi síndrome de la impostora anda por las nubes

Este artículo es un desahogo, pero también una invitación a reflexionar en colectivo y desde el feminismo sobre cómo diseñar estrategias de resistencia y resiliencia para frenar a nuestro monstruo interior.

*Ilustración de Estefi Vanilla

El síndrome de la impostora. Durante mucho tiempo no sabía ni que eso que yo sentía tenía un nombre. Lo descubrí después de una de esas reuniones de trabajo en la que los hombres no te dejan hablar, te infantilizan y repiten lo que tú has dicho más alto para recibir la aprobación de todo el mundo. Y creo que fue el descubrimiento más liberador desde que leí El segundo sexo, allá por mis 15 años.

El síndrome de la impostora. Eso era lo que me pasaba. Por eso sufría tanto en la facultad cuando me comparaba con el resto. Por eso siempre tenía esa sensación de que cuando algo no iba bien, o como a mí me gustaría, era porque estaba aspirando a algo que no me correspondía.

Soy mujer. Soy andaluza. Soy de la Andalucía rural en la que o eres terrateniente o jornalero, y mi familia no es terrateniente. Mi madre no sabe leer. Mi padre sabía lo justo. A mi bisabuelo lo fusilaron por “ser un poquillo rojillo”, según me cuenta mi madre prácticamente en silencio, aunque estemos solas en mitad del campo en pleno siglo XXI.

En mi casa no había más libros que una enciclopedia, los libros escolares y algún cuento que me regalaba mi hermana por Navidad. Tengo una familia compleja y siempre he estado en mitad de la nada, sintiéndome culpable por cosas que ahora sé que no son mi culpa y profundamente sola y profundamente ignorada. Por parte de padre, soy la segunda persona con una carrera universitaria. Y por parte de madre, la primera. Y, sin embargo, siempre he querido llegar a donde a priori no pertenecemos la gente como yo.

No podía “competir” con la gente con la que entraba en su casa diariamente uno o varios periódicos. ¡Estaba estudiando Periodismo y en mi casa nadie había leído prensa jamás! El telediario sí, que eso era sagrado para mi padre.

Cuando llegué a la Universidad lloraba mucho, pero mucho mucho. De esas películas de las que hablaba todo el mundo yo no tenía ni idea. De las de Paco Martínez Soria me sabía, y aún me sé, todos los diálogos. Pero yo a Kusturica no tenía el gusto. Me puse al día poco a poco, pero siempre con esa sensación de llegar demasiado tarde a la cultura.

Lo mismo con los libros. Yo había leído lo que tenía a mano que no era mucho (benditas bibliotecas públicas, por cierto), pero no podía “competir” con la gente con la que entraba en su casa diariamente uno o varios periódicos. ¡Estaba estudiando Periodismo y en mi casa nadie había leído prensa jamás! El telediario sí, que eso era sagrado para mi padre, pero los periódicos para mí seguían siendo algo a lo que tenía acceso muy de vez en cuando. 

Total, que no tenía ni idea de quién era Joyce y todo el mundo hablaba de él como si fuera su primo de Salamanca. Y os juro que lo intenté, pero yo era incapaz de leerme aquello. Luego descubrí lo del canon y me quedé un poco más tranquila, pero os juro que el disgusto del Ulises me duró bastante. Aún hoy, que relativizo todo y entiendo la cultura de otra forma, lo recuerdo como un gran fracaso. Y de la música ya ni os hablo, que a mí me sacas de Marifé de Triana y a lo máximo que llego es a Sabina.

Luego está el mundo laboral. Ese no-lugar en el que lo mismo te encuentras con un jefe desquiciado que te grita sin que quede muy claro cuál es su criterio o hay “señoros” que se creen con derecho a escribir sobre ti cuando acabas de llegar a un sitio y no te ha dado tiempo ni a ubicarte o que son extremadamente inútiles, pero extremadamente hábiles para darle la vuelta a la tortilla para pasar de victimario a víctima y que la loca seas tú. Un mundo que da para otro artículo, pero hoy no quería hablar de eso.

Una lucha titánica

Hoy quería hablar de mi síndrome de la impostora que anda desatado y me trae por la calle de la amargura. Y me hace volver a sentirme tan vulnerable como cuando no tenía ni repajolera idea de quiénes eran Kusturica o Joyce. A la vejez, viruelas. Y aquí ando: intentando no volverme loca combinando el doctorado con la crianza, casi ná. Y aparte del cansancio (vivo agotada: madrugo mucho para poder estudiar algo, me paso el día cuidando del peque, dándole vueltas a la lista de pendientes y la noche dando teta cada dos horas, y vuelta a empezar), lo que me está carcomiendo por dentro es el síndrome de la impostora. 

A veces gano yo, pero la mayoría gana él: eres incapaz de hacer esto; no has leído lo suficiente; no sabes lo suficiente; dónde vas tan vieja; dónde vas tan cateta; pero si tú eres de pueblo, alma de cántaro, cómo vas a saber hacer todo el papeleo; y un largo etcétera.

Es una lucha titánica. A veces gano yo, pero la mayoría gana él: eres incapaz de hacer esto; no has leído lo suficiente; no sabes lo suficiente; dónde vas tan vieja; dónde vas tan cateta; pero si tú eres de pueblo, alma de cántaro, cómo vas a saber hacer todo el papeleo; y un largo etcétera.

El confinamiento ha sido demoledor. Estar encerrada con un bebé de veintitantos meses no es nada fácil. Intentar madrugar, estudiar y hacer papeleo en esas condiciones es lo más parecido al infierno de Dante. Y el síndrome de la impostora sobre tu cabeza: te está costando tanto porque esto no es lo tuyo, estás aspirando a más de lo que te corresponde, vas muy tarde.

El feminismo, la salvación

Poco hablamos las feministas de que la Universidad es una institución más del patriarcado. Sus lógicas nos dejan fuera. Pondré un ejemplo práctico: los congresos. Ser madre y asistir a un congreso te cuesta la vida. Los tiempos jamás se respetan. Los “señoros” hablan y hablan para no decir absolutamente nada y se comen el tiempo de todo el mundo. Si no se respetan los tiempos es prácticamente imposible organizarte para los cuidados de las criaturas. Al final acabas por no ir o si vas, lo pasas realmente mal. Es una lógica perversa.

A días, ya lo he dicho, consigo ganar yo. Y disfruto mucho leyendo y escribiendo y me siento la más lista y la más poderosa. Suele coincidir con días buenos en la crianza, como si todo se alineara. Esos días dan aliento y te empujan a seguir.

El síndrome de la impostora se te pega a las entrañas y no te suelta, te absorbe tu energía, te impide hasta respirar y no te deja discernir la realidad con claridad.

Pero, sin duda, lo que me salva siempre del síndrome de la impostora es el feminismo. El saber que no es un problema personal, sino que es un problema colectivo, un problema político, que empieza por los cuentos infantiles (¡madre mía, los cuentos infantiles y el lenguaje violento hacia las niñas que encierran!) y sigue por esa socialización que nos hace querer ser de 10 en todas las esferas y que nos engaña diciendo que eso es posible si queremos y que si no lo logramos es porque no nos hemos esforzado lo suficiente.

El síndrome de la impostora se te pega a las entrañas y no te suelta, te absorbe tu energía, te impide hasta respirar y no te deja discernir la realidad con claridad. Te hace sentir que eres lo peor del mundo porque tu sitio es otro y aspiras a lo que no debes.

Y para eso lo único que nos queda es la autodefensa feminista. Contarlo. Contarlo mucho. A todas nuestras amigas que se ven reflejadas también en esas emociones. Verbalizarlo para hacer la carga un poco más liviana. Y no dejar de soñar y de aspirar a lo que nos hace feliz, aunque duela, tenemos que hacerlo por nosotras, para vencer al monstruo, pero también para que las que vengan no sean nunca más presa de sus garras.

http://lapoderio.com/todas-las-primas-sumais/
Antonia Ceballos Cuadrado

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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