No son trabajadores esenciales, es mi familia

Reflexiones sobre las consecuencias del Covid-19 desde el confinamiento porteño

“No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”
María Zambrano, citada por Ernesto Sábado en Antes del fin (1998).

Mi familia es pequeña y muy, muy castellana. Desde que me trasladé a Málaga para estudiar el doctorado siempre me han dicho que me he vuelto muy andaluza. Y si eso significa ser más abierta, decirles constantemente que les quiero y no tener miedo a verbalizar lo que siento, es verdad. 

Mi madre trabaja en el servicio de limpieza de una fábrica de alimentación y, desde que el domingo por la noche se publicase el Real Decreto-Ley 10/2020, es una de esas personas que deben continuar con su jornada laboral como si de un día cualquiera se tratase. Pero no lo es. Como ella, la mayor parte de mi entorno familiar es considerado dentro de este cajón desastre de “actividades consideradas esenciales” por la norma para el cese de la actividad empresarial de los trabajos no calificados como tales.

Mis abuelos campesinos, mis padres obreros y yo con estudios universitarios, en casa siempre hemos sido muy conscientes de lo que suponía la educación como ascensor social. La crisis de 2008 enseñó a mi generación que, a pesar de los esfuerzos inhumanos de nuestros padres, no siempre se cumpliría.

Mis abuelos campesinos, mis padres obreros y yo con estudios universitarios, en casa siempre hemos sido muy conscientes de lo que suponía la educación como ascensor social. La crisis de 2008 enseñó a mi generación que, a pesar de los esfuerzos inhumanos de nuestros padres, no siempre se cumpliría.

“No sabes las veces que me lavo las manos”, me repite mi madre en todas y cada una de nuestras conversaciones. El “bicho”, como lo llaman mis comadres de La Poderío, me han hecho abrazar esa rutina que tenía perdida de llamar a diario a una casa en la que no vivo desde hace más de una década. Un hogar que, por cierto, siempre ha estado impoluto por esa sana costumbre de mis antecesoras de tener todo limpio y ordenado. Recuerdo pasar el trapo del polvo a los muebles y la mopa por el suelo de toda la casa, tras hacer la cama de manera escrupulosa como parte de las labores en mi niñez, mientras mi madre y yo cantábamos al son de los 40 principales.

Ahora salgo a uno de los últimos balcones de la calle más larga del barrio obrero de Las Delicias, en Valladolid, por videoconferencia rigurosa desde Buenos Aires, donde me ha recluido esta pandemia mundial.

Encerrados en CABA

Hace un mes me reía con mis padres hablando del coronavirus, mientras me acompañaban en coche al Aeropuerto de Barajas, tras la obligatoria visita familiar antes de cada viaje. Todo nos parecía una exageración. Supongo que a muchas nos pasó lo mismo. No sabíamos que las peores pesadillas de José Saramago en Ensayo sobre la Ceguera se cumplirían. 28 días después todo ha cambiado.

En el barrio porteño* de Devoto, solo somos conscientes de que el Gobierno de Alberto Fernández decretó el domingo pasado que la cuarentena aumentaba hasta el 13 de abril porque, desde hace una semana, el puente que atraviesa la General Paz en dirección a mi casa está custodiado por varias parejas de policías y acordonado del otro lado de esta vena de la ciudad, que la separa del conurbano bonaerense**. Pareciese que estuviésemos encerrados en Capital Federal.

Hasta el pasado domingo, el país sudamericano había registrado 820 casos, de los que 20 personas habían fallecido. Algunas de las medidas, que finalizaron en el “aislamiento social, preventivo y obligatorio” fueron tomadas incluso antes que en España e Italia, como la moratoria de los alquileres hasta septiembre de este año, que venían demandando desde hace días organizaciones y movimientos sociales en nuestro país, como el Sindicato de Inquilinas de Málaga.

La casa de los geranios

Volvamos a los “servicios esenciales”. Mi tío es transportista. Lleva verduras por todo el país y siempre nos hemos enviado notas de audio en las que, desde Huelva a Asturias, le cuesta mucho expresar sus sentimientos, aunque esté solo en la cabina. En la última, justo antes de comer una paella con una pinta excelente, a pesar de que mi madre siempre le corrija la sal, me decía que me quería. Yo siempre le abrazo o le beso cuando le veo, sabiendo que le incomoda, pero también que soy la única en el seno familiar que traspasa esa barrera infranqueable que ha construido durante años. El mayor de cuatro hermanos en una familia en la que mi madre siempre ha sido “la chica”, mi tío es serio y reservado. Solo se emociona hablando de historia. Le recuerdo sentado en la casa de mis abuelos leyendo la Muy interesante durante horas, acompañando a su padre mientras veían los partidos de fútbol o la enésima película del Oeste.

A pesar de la religión maradoniana que me rodea en este momento, “mi tío el mayor” y mi abuelo siempre han sido del Real Madrid y “mi tío el pequeño” del Barça. Él es todo corazón. Nos recuerdo en el corral de mis abuelos maternos hace unos meses, grabando como mi tío le cortaba el pelo a mi abuelo, acariciándole la cabeza con la mano izquierda bajo el sol de septiembre. Junto a ellos, las lechugas y los tomates del pequeño huerto que siempre cuida con esmero. Antes, en el mismo espacio, mi abuela mimaba infinidad de geranios rojos, rosas y blancos. 

Nadie quiere que “el bicho” entre en la casa de los geranios. Mi abuelo sufre de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC, la llaman). Mi madre no quería ponerse la mascarilla al principio de esta locura por no causarle mayor impacto que el propio Covid-19.

Nadie quiere que “el bicho” entre en la casa de los geranios. Mi abuelo sufre de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC, la llaman). Mi madre no quería ponerse la mascarilla al principio de esta locura por no causarle mayor impacto que el propio Covid-19, al ver a su hija menor tomando medidas de seguridad en el espacio más calentito de la casa, la cocina de mis abuelos. La última vez que hice una videoconferencia con ellos, mi madre se había convertido en un pájaro con un pico blanco demasiado grande para su carita. Y mi abuela, normalizando la situación, centraba la atención en la pantalla y me decía que tenía la frente muy grande: “como tu abuelo”, sentenciaba parca. Su marido, un campesino que siempre ha dicho que la tierra se trabaja y no se estudia, quería llevarla a Argentina conmigo. Esa fue una de las últimas conversaciones que tuvimos horas antes de subirme al avión.

Tú también, yaya

Mi otra abuela, la paterna, está recluida en la residencia de ancianos de un pequeño pueblo de Valladolid desde días antes que comenzase el confinamiento. Hija de madre soltera y republicana, al principio se nos partía el alma porque no se aceptaban visitas, después porque no la dejaban ni salir al pasillo a pasear un poquito y ahora no podemos agradecer más estas decisiones radicales.

– “Hija, tienes que cuidarte”, dice mi abuela Merce del otro lado del teléfono, tras regañarme por llamar cinco minutos tarde y fastidiarla porque ya se ha puesto “el cacharro”. Su “cacharro” es un respirador que le ayuda por las noches que, en la residencia de ancianos, comienzan antes de cenar.

– “Tú también, yaya”, le contesto con una sonrisa.

– “Claro, hija. Yo por vieja y tú por joven. Pero cuídate. ¿Estás bien?”, me pregunta una y otra vez. Da igual lo que le responda. Lo importante es siempre que yo esté bien. Es imposible hacerla entender que la única manera de que su nieta esté bien es que ella esté sana y salva.

Sabemos los nombres de todas las trabajadoras y de muchos de los residentes en el “hotel” de mi abuela, como siempre he apuntado en el móvil a los dos centros donde ha vivido después de dejar su casa. Esas personas son oriundas del pueblo y, como en todos los pequeños municipios, todo el mundo se conoce (y sino, alguien comienza una yincana de nombres hasta que puedas identificar a un familiar cercano de la susodicha). Como Belén de Sárraga o Rosa Chacel, cuando dejo Madrid a mis espaldas en el tren para ir a visitar a mi familia, solo siento que vuelvo a casa al zambullirme en el mar de pinos castellano. Me sucede algo similar con los océanos de olivos al llegar a Andalucía. Pertenezco a los dos lugares y, desde el confinamiento porteño, no sé cuál echo más de menos.

Como Belén de Sárraga o Rosa Chacel, cuando dejo Madrid a mis espaldas en el tren para ir a visitar a mi familia, solo siento que vuelvo a casa al zambullirme en el mar de pinos castellano. Me sucede algo similar con los océanos de olivos al llegar a Andalucía. Pertenezco a los dos lugares y, desde el confinamiento porteño, no sé cuál echo más de menos.

Mi tío paterno es uno de los trabajadores en las residencias de ancianos de Valladolid. Está cansado, como sus compañeras –porque ese trabajo, como muchos otros, está fuertemente feminizado-, pero no pierde la sonrisa cuando habla de sus “abueletes”. Tiene algunos “andarines”, como denomina a aquellos mayores que recorren los pasillos y que no entienden porqué ahora no pueden pasear con sus amigos y amigas dentro del recinto o no les dan una muestra de afecto más, pero estos profesionales cumplen con el protocolo y dan aliento a los que más lo necesitan día y noche.

Los tres grandes de la casa

¿Qué clase de sociedad es aquella que se olvida de sus mayores? Será que en mi familia no hay menores y que todos los cuidados se dedican a los tres grandes de la casa, pero esta es la única pregunta que me atormenta desde que comenzó la epidemia.

He tenido la suerte de ver a mi abuelo materno leer el diario más longevo de España, El Norte de Castilla, todos los días, sin excepción, hasta que dejó de leer para siempre, y cada vez tengo más claro que esa es la verdadera razón por la que estudié Periodismo. Antes del viaje, mi abuela me escribió su nombre en una libreta del Sindicato de Periodistas de Andalucía que siempre me acompaña y dibujamos un mapa del mundo para saber dónde iba a estar su nieta los próximos meses. Desde la adolescencia, siempre he contado todos mis secretos a mi abuela paterna, que me besa de verdad solo cuando se convierte en una ametralladora de cariño.

Así es mi familia, no son cifras ni trabajadores de actividades esenciales sino que son esenciales para mí y, como todas, tenemos miedo y exigimos que se esté a la altura de las circunstancias. Mi madre lo está. 

Ayer, 2 de abril, fue el cumpleaños de mi padre. Él, que siempre que puede, me dice rotundo: “Que no se te olvide que eres la hija de un obrero”. No se me olvida. Es una de esas frases que tengo tatuadas en la memoria desde la adolescencia. 

Así es mi familia, no son cifras ni trabajadores de actividades esenciales sino que son esenciales para mí y, como todas, tenemos miedo y exigimos que se esté a la altura de las circunstancias. Mi madre lo está. Después de trabajar, si ninguno de sus hermanos puede, va a cuidar a sus padres con una sonrisa, a pesar del cansancio y de que el primer día de paro total haya sido uno de los más complicados de sus 18 años en la empresa.

Mi alarma está sonando. Son las 14.55 (hasta hace seis días sonaba a las 15.55). Quedan cinco minutos para que sean las 20h. en España y es el momento de aplaudir con mis padres. “Es lo único que nos queda”, me dice mi padre, mientras mi madre parece que se arranca por bulerías. Es el compromiso al que hemos llegado: uno sujeta la cámara y otro aplaude por toda la familia ahora que la luz nos permite ver más allá del túnel del confinamiento.

*Porteño. En este artículo, perteneciente a Buenos Aires, la capital de Argentina.

**Bonaerense. Perteneciente a la provincia de Buenos Aires.

http://lapoderio.com/todas-las-primas-sumais/
Ruth de Frutos

Acerca de Ruth de Frutos

Periodista e investigadora. Enredo sobre derechos humanos en La Poderío. I Premio de Periodismo Social "Alberto Almansa" en la categoría de periodismo ciudadano por el artículo "Málaga no se vende, se alquila al mejor postor" y finalista del IX Premio Internacional Colombine por "Alicia, Carmen y Pilar en la ciudad de las maravillas (para ellos)", escrito con mi comadre Laura Rueda.

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