Nadie puede pasar el duelo por ti. Nadie puede maternar por ti

Maternidad y duelo parecen dos procesos opuestos. Sin embargo, si una presta atención se da cuenta de que hay muchas mujeres que viven este proceso en paralelo. Mi madre perdió a su madre al día siguiente de yo nacer después de 3 días de un parto terrible. En mí el duelo desencadenó el deseo de ser madre. Ahora que he superado lo “peor” de cada proceso me doy cuenta de que la soledad en la que se viven es una característica de ambos. 

Cuando escribo esto es 2 de octubre. Hoy mi padre hubiera cumplido 82 años. Y, sin embargo, este año con el trajín de los cuidados y de intentar llegar a todo, lo había olvidado completamente. No sé si ha sido un mecanismo de mi cerebro para protegerme o qué me ha pasado, pero había olvidado a mi viejito. Hasta que ayer me preguntó mi hermana qué íbamos a hacer hoy, el 2 de octubre era un día más en una agenda repleta de cosas. No entiendo cómo he podido olvidar algo así.

Mi padre murió el 18 de febrero de 2015, después de dos semanas de agonía. El mismo día que le dio el ictus estuvo trabajando en su huerto. Yo iba a bajar a verlo esa semana porque nos gustaba celebrar San Valentín juntos. La última vez que lo vi fue en la Nochevieja en la que Canal Sur se olvidó de dar las uvas. Él no paraba de decir que se iba a morir, pero era imposible creerlo con esa fuerza que gastaba. El invierno anterior acumuló una cantidad de leña tal que, 4 años después de su muerte, todavía queda. “Si me muero, ya tenéis leña”. En el verano vino a visitarme a Francia y recorrimos su querida Normandía recordando su juventud. “Ya me puedo morir tranquilo, lo único que me duele es lo mal que lo va a pasar mi Antonia”, dijo (y yo he olvidado tu cumple, lo siento mucho, papá). El 2 de octubre de 2014 ocurrió algo insólito y es que todos sus nietos vinieron a celebrar con él su cumpleaños. “Que barruntáis que me voy a morir”. Yo pensaba que me iba a decir que no cuando le propuse pasar la Nochevieja en Sevilla, pero no opuso ninguna resistencia. Aquellas no-campanadas me dieron mala espina, pero preferí acallar la voz interior que me decía que si el año empezaba así, algo malo iba a pasar. Y pasó. Nunca más he vuelto a tomar las uvas y procuro irme a la cama pronto con cualquier excusa.

Mi padre murió el 18 de febrero de 2015. El 31 de marzo de 2015 cumplí 30 años. Fue el cumpleaños más triste de mi vida. Desde entonces, me comí, literalmente, la pena. 

Mi padre murió el 18 de febrero de 2015. El 31 de marzo de 2015 cumplí 30 años. Fue el cumpleaños más triste de mi vida. Desde entonces, me comí, literalmente, la pena. Llegué a pesar 85 kilos. Comía y comía y comía para olvidar, pero no lo conseguía. Dos años después de todo aquello, me levanté una mañana, me miré al espejo y no me reconocí. No era capaz de entender de dónde había sacado las fuerzas para el día a día. No era capaz de entender cómo me levantaba cada mañana después de no haber dormido. No era capaz de entender cómo iba a trabajar cada día y lidiaba con problemas que no eran míos, creo que sonriendo, pero no estoy segura; tengo todo aquello muy difuso. No era capaz de entender de dónde sacaba las fuerzas para ir a clase y ponerme a filosofar sobre literatura y arte. Y, sobre todo, no era capaz de entender cómo puede sobrevivir un ser humano a una tarde tras otra con ataques de ansiedad. Viví todo aquello en soledad, en una soledad absoluta.

La pena me distanció de todo el mundo. Era nueva en una ciudad que me había recibido con cierta hostilidad, mi pareja y mis amigos estaban lejos. Pero, ante todo, yo no quería vivir. No entendía qué sentido tenía la vida si al caer el día no podía llamar a mi viejito y contarle mis logros, mis fracasos, mis penas y mis alegrías. Y no me podía quitar de la cabeza aquel olor a medicina de sus manos hinchadas, ni su cara de tristeza en aquella camilla, ni su vulnerabilidad. Ni siquiera podía llegar a saber si él se fue de este mundo sabiendo que había sido la persona más importante de mi vida, a la que más quería, la única que me quería incondicionalmente.

En paralelo, nació en mí el deseo de ser madre. No podía vivir sin el amor de mi vida, tenía que hacer algo con todo ese amor que se me había quedado enquistado, un poco desnortado por perder de repente y de aquella manera a mi padre. Era huérfana. Aquella palabra pesaba casi tanto como los kilos que irremediablemente fui añadiendo a mi dolor. La naturaleza, que es sabia, no quiso que me quedara embarazada. En aquel momento lo vivía con rabia, con ira, con rebeldía. Hoy lo agradezco porque aquella persona no era yo, era un monstruo triste incapaz apenas de sobrevivir.

Tenía que hacer algo con todo ese amor que se me había quedado enquistado, un poco desnortado por perder de repente y de aquella manera a mi padre.

A los dos años de búsqueda decidí pedir ayuda profesional, sumida aún en mi proceso de duelo. Ser gorda e ir al ginecólogo no es nada agradable, pero eso da para otra Corrala. Me pusieron a dieta para hacerme las pruebas y ver por qué no me quedaba embarazada (para poder hacerte las pruebas tu IMC tiene que ser menor a 32, aunque al final resulte que tú estés sana como una pera, que no era el caso, y tu pareja sea el que tenga los problemas de infertilidad, que tampoco era el caso). Perdí bastantes kilos muy rápido y con los kilos se fue yendo la pena opresiva, la que no me dejaba respirar, la que me había convertido en un monstruo. Ahí fue cuando una mañana comprendí que lo peor había pasado, aunque no alcanzara a entender cómo había sobrevivido.

Conseguí quedarme embarazada relativamente rápido cuando mi cuerpo volvía a ser el mío y cuando volvía a sonreír de verdad. Tras 9 meses dulces de espera llegó mi nuevo Juan a casa, un torbellino de energía, de alegría y de amor, igualito que su abuelo, mi padre, que hoy hubiera cumplido 82 años.

La maternidad, igual que el duelo, es un proceso vital que se vive en soledad. Para ninguno de los dos nos prepara esta sociedad en la que parece que todos tenemos que ser blancos, de mediana edad, hombres, heterosexuales, fuertes, sanos, exitosos… En esta sociedad no hay espacio para las madres y sus criaturas y no se permite el dolor, aunque te hayas quedado huérfana de repente.

En el salón de mi casa hay un cuadro con varias fotos de mi padre. A Juan le gusta mucho ese cuadro y me señala para que lo aupe y se lo enseñe. “Este es el abuelito Juan, que ya no está, pero que te quiere mucho”. Y él le toca su carita a través del cristal y sonríe. Yo hago un esfuerzo por no romperme, por no volver a la pena opresora. Me impongo ser feliz para que los dos Juanes estén felices.

La maternidad, igual que el duelo, es un proceso vital que se vive en soledad. Para ninguno de los dos nos prepara esta sociedad.

El día que parí (o que me parieron a Juan), mi madre, que es la mujer menos detallista del mundo, se presentó en el hospital con un ramo de flores y un peluche y me dijo “Te he traído esto porque sé que si tu padre viviera lo hubiera hecho”. Se me partió el corazón en más pedacitos aún, si eso es posible. Y allí estaba yo, sondada en la cama, compartiendo cuarto con unos cafres con cero empatía, rota de dolor por una cesárea no deseada, sintiéndome de nuevo pequeña y vulnerable.

Es cierto eso que me decían al principio del duelo de que el dolor se pasa y que luego lo sigues necesitando todos los días, pero ya no duele de esa forma. ¡Si doliera siempre así no sobreviviríamos! Ahora soy yo la que se lo digo a otras, consciente de que pensarán lo que yo pensaba: “eso es imposible, y aunque fuera así, mientras tanto, qué hago”.

El duelo se pasa, cada una como puede. Pero la pena opresiva es recurrente. Como aquel día que me puse a llorar en una tienda que recoge botes de cristal usados porque soy incapaz de tirar los botes que antes le guardaba a él. O como cuando le pregunto a mi frutera qué tiene de su huerto y no me puedo quitar su imagen de la cabeza.

Es cierto, me hace falta cada día. La maternidad me ha devuelto las ganas de vivir y de sonreír, pero vivirla sin él es muy duro. Me imagino lo mucho que disfrutaría con su Juan, lo mucho que lo querría, las cosas que haría por él. Y no puedo dejar de pensar que también Juan está un poco huérfano.

En ambos, es la vida la que se impone, tu voluntad como individuo no vale nada. Son procesos de los que no se habla en toda su complejidad. La muerte es un tabú y todo lo que rodea a los procesos biológicos de las mujeres también y eso tiene consecuencias en nuestras vidas y en nuestros cuerpos. 

Maternidad y duelo son dos procesos coincidentes en muchas cosas, aunque no lo parezca. En ambos, es la vida la que se impone, tu voluntad como individuo no vale nada. Son procesos de los que no se habla en toda su complejidad. La muerte es un tabú y todo lo que rodea a los procesos biológicos de las mujeres también y eso tiene consecuencias en nuestras vidas y en nuestros cuerpos. Ambos se viven desde la soledad; dependiendo de la red de apoyo, se sobrellevan mejor o peor, pero nadie puede pasar tu duelo por ti (que será diferente al resto de duelos de las personas de la vida de tu ser querido) y nadie puede maternar por ti (tu maternidad también es única como lo sois tú y tu bebé). Por eso, si un día la maternidad te sobrepasa de tal manera que olvidas una fecha tan importante como el 82 cumpleaños de tu padre, no seas excesivamente dura contigo mismo. “La herencia más grande que un padre puede dejar a su descendencia es el recuerdo de su amor, el resto no tiene ningún valor”, leía esta mañana. Y en eso mi padre era experto. Y en eso andamos con Juan.

Antonia Ceballos Cuadrado

Acerca de Antonia Ceballos Cuadrado

Confieso: odio dormir siesta. La vida es tan corta que me la quiero beber a versos y comer a besos. Así que de pequeña me enfundaba la sábana como si fuera una bata de cola y dedicaba mis siestas a cantar la Encrucijá de la gran Marifé de Triana porque, digan lo que digan, la copla empodera. Estudié periodismo para cambiar el mundo, pero la experiencia profesional me enseñó que antes hay que darle la vuelta como un calcetín al oficio, y en eso andamos. Soy coplera, muy de aquí, pero culo inquieto. Nací en un pueblo de Córdoba que se llama Adamuz y mi historia está unida a los sitios que me han acogido: Sevilla, Londres, Padova, Stará Lubovna, Lebrija, París o Madrid; y a las mujeres poderosas que me he ido encontrando en cada uno de ellos. Ahora veo el mundo desde la esquinita de Cádiz enredada en la comunicación corporativa. Casi ná.

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